Los días siguientes en el campus se convirtieron en un ejercicio de esquiva y silencio. El grupo ya no existía; se había fracturado en tres líneas paralelas que nunca volvían a cruzarse.
Cecilia y Gina compartían el mismo espacio en las bancas de la facultad, pero la distancia entre ellas era más grande que el ancho del patio. Cecilia levantaba la vista de sus carpetas de contabilidad solo para lo estrictamente necesario, manteniendo una compostura fría que cortaba el aire. Gina, por su parte, arrastraba los pies con la mirada clavada en el suelo, consumida por el insomnio y por un peso en el pecho que no la dejaba respirar.
El desequilibrio no tardó en reflejarse en sus calificaciones. En la clase de Diseño, entregó un plano incompleto, con las cotas mal calculadas y los trazos sucios. El profesor Vane ni siquiera se molestó en corregirlo en voz alta; solo le devolvió la hoja con una marca roja en la esquina y un rotundo suspenso en el registro. En las demás materias, la apatía la paralizó. Las lecturas se acumulaban sin abrir, las fechas límite pasaban de largo y las notas comenzaron a caer en picada, confirmando el presagio de Cecilia: no estaba rompiendo el sistema, se estaba rompiendo a sí misma.
Una tarde, mientras cruzaba el prado central cargando los libros al pecho, vio a Teo a lo lejos. Él caminaba con su suéter gastado, cargando una carpeta bajo el brazo. Al verla, Teo se detuvo en seco. Sus ojos se iluminaron con el impulso de siempre, con ese reflejo automático de acercarse a saludarla, de ofrecerle una broma o una fruta para aliviarle el rostro. Dio dos pasos hacia adelante. Pero en ese mismo instante, vio venir a Cecilia en dirección contraria; ella pasó a pocos metros de Gina sin voltear a verla, con la mandíbula tensa y el paso firme. Teo se quedó congelado a mitad del camino. Miró a Cecilia, miró los hombros encorvados de Gina, y entendió que el abismo ya era demasiado hondo. Con un gesto de profunda tristeza, bajó la mirada, dio media vuelta y tomó el camino opuesto.
Gina vio de reojo cómo Teo se alejaba. Sintió que el último hilo de calor que le quedaba en el cuerpo se desvanecía. Ya no había amigos que la sostuvieran, ni siquiera para reprocharle nada; solo había un vacío absoluto.
Necesitando desesperadamente esa voz sobria y sin adornos que la pusiera en su sitio, caminó casi por inercia hacia el barrio bajo, arrastrando los pies hasta el pasaje de los carpinteros.
Pero al doblar la esquina, la caseta de Víctor estaba cerrada a cal y canto.
El farol apagado colgaba inmóvil de la viga. La mesa de trabajo estaba vacía, sin virutas frescas de cedro, cubierta por una fina capa de polvo gris. No había sonido de martillos, ni olor a resina, ni rastro de su taburete bajo el alero. Víctor no estaba.
Gina se detuvo frente a la puerta de madera cerrada. La ausencia del viejo le cayó encima como un golpe seco en el estómago. En su interior, la enfermedad silenciosa de Víctor lo había obligado a ceder ante el cuerpo, retirándolo del mundo sin previo aviso; pero para Gina, que ignoraba por completo la gravedad de su salud, aquello se sintió como una estocada definitiva.
Dio un paso atrás, con las manos temblando contra las correas de su bolsa.
—Hasta él se fue —murmuró para sí misma, con la voz rota por el llanto que llevaba días conteniendo.
Se quedó sola en el callejón desierto, bajo el cielo plomizo de la tarde, comprendiendo que los muros que había construido para aislarse del mundo finalmente la habían enterrado en vida.