La lluvia no era una llovizna; era un muro de agua que caía sobre la universidad, convirtiendo los senderos de tierra en canales de lodo. Los tres estaban refugiados bajo el alero de una facultad que ya empezaba a cerrar sus puertas. El ambiente estaba cargado de una electricidad estática que hacía daño.
Gina estaba fuera de sí. Había vuelto a reprobar un avance de diseño, y su respuesta ante Cecilia y Teo, que intentaban mediar, había sido un ataque defensivo que cruzó todos los límites.
—¡Ya basta, Gina! —Cecilia dio un paso al frente. Su ropa estaba empapada, pero su mirada era un cuchillo—. Yo no sé qué decirte, Gina, yo no sé cómo ayudarte porque no quieres ayuda, quieres que todos suframos contigo. Nos estás arrastrando a esto y yo ya no puedo más.
El silencio que siguió fue más fuerte que los truenos. Gina sintió que el suelo se le abría bajo los pies. Miró a Teo, buscando esa chispa de complicidad de siempre, pero Teo solo tenía la mirada perdida en el agua que caía. Su rostro, habitualmente el refugio de la alegría, lucía una palidez cenicienta.
—¿Teo? —susurró Gina, con la voz quebrada por el llanto que se mezclaba con la lluvia.
Teo la miró, y no había odio en sus ojos, sino una tristeza que dolía más que cualquier grito.
—Es que ya no queda nada, Gina —dijo él, con una voz opaca—. Últimamente perdiste la sonrisa, y te volviste tan oscura que nos apagaste a nosotros también. Ya no te reconozco.
Cecilia se dio la vuelta sin añadir una palabra más, dejando que la lluvia la envolviera mientras se alejaba. Teo la miró una última vez, con una lástima que fue el golpe final, y caminó en la dirección opuesta, dejando a Gina sola bajo el alero, rodeada por el rugido de la tormenta y el vacío absoluto de haberse quedado sin sus dos únicos pilares.
La tormenta seguía rugiendo afuera, golpeando con violencia el techo de lámina de la caseta, pero dentro, el aire se sentía pesado, cargado de una calma absoluta. Víctor, sentado en su silla de lona y envuelto en la manta que apenas ocultaba la fragilidad de su cuerpo, mantenía la mirada fija en Gina.
Ella, todavía de rodillas en el suelo de tierra, sentía que el peso de todas sus palabras, de toda su rabia contenida y de su soledad, se había derramado finalmente sobre aquel taller.
—Tú misma construiste el incendio, Gina —dijo Víctor, con una voz que era apenas un hilo de aire, pero que cortaba más que cualquier grito—. Te diste el lujo de odiar la realidad porque no se ajustaba a tu capricho. Cecilia, Teo… ellos eran tu ancla. Y tú los usaste como costal de boxeo para tu propio dolor. La “diferencia” de la que tanto presumes no es una virtud si te sirve para pisotear a quien te quiere.
Gina sintió un sollozo profundo, un dolor que venía de los huesos.
—No quería ser así —sollozó ella, con los hombros sacudidos por el llanto—. Pero me siento tan pequeña… tan inútil cuando intento ser como ellos.
—¡Porque intentas ser! —exclamó Víctor, y una tos violenta lo obligó a detenerse, dejando que el aire silbara en sus pulmones—. El que es, no necesita esforzarse tanto para encajar. El que es, simplemente habita su espacio. Tú no quieres habitar el mundo, tú quieres que el mundo se arrodille ante tu forma de ver las cosas. Esa es tu soberbia, Gina. Y te aseguro que es la cárcel más oscura que existe.