Los días de ceniza y grafito

Capitulo 12

Gina levantó la vista, empapada, con los ojos hinchados por la confusión y el alivio.

​—¿Cómo salgo de aquí, Víctor? —preguntó—. Me siento vacía.

​Víctor, con una parsimonia que le costaba un esfuerzo visible, tomó una libreta que descansaba sobre sus piernas. Era una libreta idéntica a la de ella, desgastada por el tiempo, con las esquinas suavizadas por años de uso. La puso en manos de Gina con una lentitud sagrada.

Al abrir la libreta de Víctor, Gina se quedó sin aliento. Las páginas no estaban llenas de manuales de carpintería ni de medidas precisas, sino de bocetos desgarradores: dibujos de la ciudad, trazos de soledad, esquemas de sueños que nunca se construyeron y reflexiones sobre la incapacidad de encajar en un mundo de líneas rectas. Al ver aquella letra, tan parecida a la suya, y aquellos dibujos que reflejaban exactamente la misma angustia que ella había sentido durante años, comprendió la verdad: Víctor no era solo un viejo carpintero, era una versión de ella misma que había sobrevivido al tiempo. Él había librado su misma batalla décadas atrás, había sentido el mismo fuego y la misma soledad, y había logrado transmutar esa tormenta en la paz silenciosa que él habitaba ahora. En esa libreta no solo había apuntes; había una confesión: él también había sido un rebelde que tuvo que aprender a perdonarse para poder vivir.

​—No salgas de ahí buscando que otros te saquen. Deja de pelear —dijo él, cerrando los ojos un instante para reunir fuerzas—. Acepta que la ciudad es gris, que los profesores son mediocres y que tus amigos tienen derecho a estar cansados de ti. Cuando aceptes que el mundo no te debe nada, solo entonces, empezarás a ser libre. Y tu arte… —Víctor hizo una pausa, respirando con dificultad—… tu arte dejará de ser una herramienta de guerra y empezará a ser un espejo.

​Gina apretó la libreta contra su pecho, sintiendo que algo en su interior, esa coraza que había estado apretando durante años, comenzaba a ceder. Víctor no le había dado un mapa; le había quitado la venda. Afuera la lluvia seguía golpeando, pero dentro del taller, el ruido en su cabeza se había detenido por completo.

Gina se inclinó hacia adelante, buscando sus ojos, esperando ver esa chispa de sabiduría que siempre la había guiado, esa mirada crítica que la obligaba a ponerse de pie.

​—Víctor… —su voz sonó como un cristal roto—. Víctor, dímelo otra vez. Dime que el mundo no me debe nada.

​Pero no hubo respuesta. El pecho de Víctor, que hace un segundo subía y bajaba con el esfuerzo agónico del aire, se quedó inmóvil. Gina le tomó la mano, esa mano áspera y llena de cicatrices de trabajo, y estaba perdiendo el calor con una velocidad que la paralizó.

​—¡No! ¡Víctor, no! —el grito le desgarró la garganta, un alarido que se perdió en el estruendo de la lluvia que seguía golpeando el techo de lámina—. ¡No puedes irte ahora, apenas estoy entendiendo! ¡Vuelve, por favor!

El cuerpo de Víctor era solo una cáscara vacía. Gina se quedó de rodillas, con las manos apoyadas en el suelo de tierra, sin atreverse a romper el silencio que de pronto se había apoderado del taller. No hubo gritos, ni lágrimas desatadas. Solo el sonido sordo de la lluvia afuera, pegando contra las láminas de cinc como un recordatorio implacable de que el mundo seguía girando sin él.

Pasados unos minutos, con el alma en ruinas y la respiración convulsa, sus dedos rozaron la libreta que él le había dejado sobre las piernas. Abrió la última página...

​“El dibujo más preciso no vale nada si no aprendes a vivir con el trazo de tu propia existencia. La vida no se mide en ángulos rectos, se mide en la paz de aceptar quién eres frente al espejo. Si no te amas a ti mismo, todo lo que dibujes será solo ruido en un lienzo vacío. No me llores, Gina. Empieza a vivir.”




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