Los días de ceniza y grafito

Capitulo 13 (Fin)

El silencio se hizo denso. Gina dejó de sollozar. El alarido que le quemaba la garganta se convirtió en un suspiro largo, un aire que soltó con todo el dolor acumulado de los últimos meses.

​Miró el rostro de Víctor. Ya no había dolor, ni la urgencia de la tos, ni la lucha por respirar. Había una serenidad que la envolvió como un manto. Por primera vez, Gina no sintió el impulso de rebelarse contra la tragedia. No quiso cambiar el pasado, ni exigió que el mundo fuera diferente.

​Pasó la mano por la frente de Víctor, en un gesto de despedida tan suave como el que él usaba para limpiar el polvo de su madera. Se levantó despacio, con el cuerpo pesado pero con la mente extrañamente despejada. La lluvia afuera había cesado, dejando un silencio profundo en el pasaje de los carpinteros.

​Gina se puso la libreta bajo el brazo, se secó las lágrimas con el dorso de la mano y miró el taller una última vez. El vacío que sentía no era ya una desolación que la destruía, sino un espacio limpio, una hoja en blanco. Víctor se había llevado su sufrimiento, pero le había entregado la libertad de su propia historia. Por primera vez, Gina caminó hacia la puerta no como una fugitiva del mundo, sino como alguien que, finalmente, estaba lista para entrar en él.

Gina salió del taller de Víctor. La ciudad, lavada por el diluvio, ya no parecía esa retícula opresora de líneas rectas, sino un organismo vivo que respiraba bajo la luz mortecina de las farolas. Caminó hasta el campus, pero ya no con la postura encorvada de la derrotada, sino con un paso lento y deliberado.

​Al día siguiente, la universidad era un hervidero de gente que ignoraba su ausencia. Gina no fue a la clase de Diseño. En lugar de eso, se sentó en el mirador, ese mismo lugar donde semanas atrás había sentido que se asfixiaba. Sacó la libreta de Víctor. Sus manos, que antes se crispaban para romper el grafito, ahora acariciaban el papel con una suavidad nueva.

​Comenzó a dibujar. Pero no fachadas, no edificios, no nada que buscara la validación de Vane. Dibujó el rostro de Víctor, con sus arrugas talladas como madera vieja; dibujó la lluvia sobre el asfalto; dibujó, con trazos curvos y desordenados, la sensación de estar sola y, a la vez, por fin, libre.

​Mientras trabajaba, sintió una presencia. No levantó la vista, pero reconoció el olor a café y el sonido de unos pasos vacilantes.

​—Te estábamos buscando —dijo una voz que no escuchaba hace una eternidad.

​Era Teo. Estaba de pie a unos metros, con la mirada puesta en la libreta. Cecilia venía detrás, un poco más atrás, manteniendo una distancia prudente, con los brazos cruzados y esa expresión de quien espera un nuevo estallido.

​Gina cerró la libreta despacio. No había rabia, ni una defensa encendida, ni una excusa preparada. Solo un cansancio limpio.

​—Víctor murió ayer —dijo Gina, sin más preámbulos. Su voz era firme, aunque sus ojos brillaban con un residuo de tristeza—. Él me enseñó que el incendio lo encendí yo.

​Cecilia se acercó un paso más, su máscara de frialdad agrietándose al ver la paz en el rostro de Gina.

​—Gina, nosotros… —Cecilia se detuvo, buscando las palabras—. Nosotros no queremos que sufras, pero no podíamos seguir viendo cómo te autodestruías.

​—Lo sé —interrumpió Gina, mirándola a los ojos por primera vez en semanas. Ya no buscaba su aprobación, ni su lástima, ni que entendieran su visión del mundo. Solo buscaba conexión—. Fui un desastre. Los arrastré a mi propio abismo porque no sabía cómo estar sola. No les pedí ayuda, les pedí permiso para hundirme con ustedes. Y eso no es amistad.

​Teo, al ver que el tono de Gina no era de reclamo, se sentó en el suelo a su lado, en el borde de la barandilla.

​—El campus se siente muy silencioso sin tus dibujos de quejas, ¿sabes? —dijo Teo, intentando esa ligereza que antes ella despreciaba, pero que ahora le sonó a un regalo inmenso.

​Gina sonrió, una sonrisa pequeña pero real.

​—Ya no tengo quejas, Teo. Solo tengo cosas que aprender.

​Cecilia se sentó al otro lado. El silencio entre los tres no era el silencio tenso de la discusión, sino el silencio de quienes han estado a punto de perderse y han vuelto a encontrarse en el mismo punto de partida.

​—¿Qué vas a hacer ahora? —preguntó Cecilia, mirando hacia la ciudad, hacia esa cuadrícula que antes Gina odiaba—. Las materias, el semestre, los planos de Vane…

​Gina abrió la libreta de nuevo y miró el último mensaje de Víctor: “El dibujo más preciso no vale nada si no aprendes a vivir con el trazo de tu propia existencia”.

​—Voy a hacer lo que tenga que hacer para graduarme —dijo ella, con una serenidad que dejó a sus amigos en silencio—. Dibujaré los edificios cuadrados, calcularé los presupuestos y aprobaré las materias. Pero lo haré porque yo quiero, porque yo decido mi camino, y no porque necesite que el mundo me dé permiso para ser quien soy. El arte no es lo que entrego en la facultad, Cecilia. El arte es lo que hago conmigo cuando nadie me mira.

​Teo le dio un empujón suave con el hombro, y por primera vez en mucho tiempo, el peso que Gina cargaba en el pecho pareció disolverse en el viento fresco de la colina. Ya no eran una pieza de un sistema ni una rebelde sin causa; eran tres amigos en un mirador, viendo cómo la ciudad, tan gris y tan perfecta como siempre, empezaba a teñirse de un atardecer que, ahora sí, Gina estaba lista para pintar.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.