Los días que nos quedan

Capítulo 26: El Susurro del Dolor

El día comenzaba a desvanecerse lentamente. La luz dorada del atardecer se filtraba tímidamente por las cortinas del hospital, envolviendo la habitación en un resplandor suave, casi tranquilizador. Pero Adriana no podía encontrar consuelo en esa luz. Sabía que, sin importar cuán cálida fuera, nada podía iluminar la oscuridad que se estaba apoderando de su alma.

Ella se sentó junto a la ventana, mirando al horizonte, el cielo teñido de naranja y rosa. Los colores parecían tan vivos, tan llenos de vida, y ella no podía evitar sentirse desconectada de esa vitalidad. En su corazón, todo estaba sombrío, como si la esperanza se hubiera desvanecido con el sol, dejando atrás solo el eco de lo que alguna vez pudo haber sido.

El sonido de la puerta abriéndose la sacó de sus pensamientos. Liam.

Él entró en la habitación con una sonrisa débil, la misma sonrisa que ella ya conocía demasiado bien. Había algo en su expresión que le hizo doler el pecho. No era una sonrisa verdadera, sino una máscara, una fachada que intentaba mantener, pero que no podía ocultar el cansancio y la desesperación que lo consumían.

—¿Qué tal, doctora? —bromeó Liam, aunque su tono era apagado.

Adriana levantó la vista, sus ojos rojos de las noches sin dormir, pero no le importó. No quería ocultar su dolor. Ya no.

—No me llames doctora, Liam —dijo con voz quebrada, levantándose lentamente de su lugar junto a la ventana—. Ya no soy tu doctora. Soy... soy alguien que no sabe cómo seguir viéndote así.

Liam hizo un esfuerzo por sonreír, pero fue fugaz. Su mirada se oscureció, y se acercó lentamente hacia ella.

—Sé lo que sientes, Adriana —dijo con suavidad, casi con pesar—. Pero no quiero que me veas como un paciente. Soy... soy mucho más que eso para ti.

El nudo que se había formado en la garganta de Adriana se apretó más, y por un momento no pudo responder. Las palabras se quedaban atoradas en su pecho, como si un grillete invisible las estuviera oprimiendo.

—Lo sé, Liam. Pero el problema es que ya no puedo verlo de otra manera —susurró, girándose para no mirarlo a los ojos. La última vez que lo hizo, se perdió en su dolor, y no estaba segura de si podría soportarlo otra vez—. No puedo verte como un hombre más, porque ahora eres una herida que no puedo sanar.

Liam no respondió. Se quedó en silencio, observándola, su rostro un reflejo de todo lo que había sentido durante esos últimos días. Su enfermedad había avanzado, pero el dolor de perder a alguien que amaba, aunque no pudiera verbalizarlo, era más agudo que cualquier otro sufrimiento físico.

Adriana volvió a mirar al frente, al horizonte.

—Nunca quise que esto pasara —dijo en un susurro, como si las palabras pudieran aliviar el peso de sus sentimientos—. No quiero ver cómo te vas. No quiero... no quiero perderte.

Liam se acercó más a ella, y cuando sus manos se tocaron, Adriana sintió un estremecimiento en su cuerpo. Pero no era un estremecimiento de amor, sino de dolor.

—No me vas a perder, Adriana —dijo con firmeza, aunque su voz temblaba un poco—. Aunque el tiempo pase, aunque la enfermedad avance... siempre estaré aquí, en ti.

Ella cerró los ojos, luchando contra las lágrimas que amenazaban con escapar. Todo lo que había hecho hasta ese momento, todo lo que había vivido, le había llevado a este punto. Estaba atrapada entre el amor y el dolor, entre la esperanza y la realidad.

—Pero tú no vas a estar aquí, Liam —dijo en un susurro. La verdad era tan dolorosa, tan desgarradora, que la simple mención de ella la hacía desmoronarse aún más.

Liam la observó por un momento, sin decir nada, como si estuviera buscando las palabras correctas. Y cuando finalmente habló, su voz era suave, apenas un murmullo.

—Lo sé... Lo sé. Y me duele más que cualquier cosa que pueda sentir en este momento. Pero te prometo que te voy a amar hasta el último de mis días. No importa cuán cortos sean, te llevaré conmigo.

Las lágrimas de Adriana cayeron sin control ahora. Ella no intentó detenerlas, porque sabía que lo que sentía no podía ser ocultado más.

—No es justo, Liam... —su voz se quebró, casi un sollozo—. No es justo que tengamos que enfrentarnos a esto, que tengamos que decir adiós antes de tiempo. No es justo que te vayas y yo no pueda hacer nada para evitarlo.

Liam la miró, y por un momento, sus ojos brillaron con una tristeza profunda, casi insoportable. Se acercó a ella, y con una suavidad que solo él podía tener, le acarició la mejilla.

—Sé que no es justo, pero este es nuestro momento, Adriana. No quiero que el dolor me arrastre lejos de ti. Quiero que cada segundo que quede... lo vivamos, lo sintamos. Juntos.

Adriana lo miró, sus ojos llenos de lágrimas, pero también de una intensidad que solo el amor verdadero podía crear. No había más palabras que pudieran aliviar lo que sentían, solo la certeza de que, aunque el tiempo se les escapara, ellos se tendrían el uno al otro hasta el último aliento.

En ese silencio profundo, rodeados solo por el sonido de sus respiraciones entrecortadas, Adriana entendió algo. No importaba cuánto sufrieran. No importaba cuán efímero fuera todo. El amor, aunque trágico y doloroso, había sido lo único verdadero que había vivido. Y lo viviría hasta el último segundo, con Liam a su lado, aunque su corazón estuviera destrozado.




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