DEDICATORIA
A los que cruzaron el mar con diecinueve años y una foto en el bolsillo.
A los que prometieron volver y no pudieron cumplirlo.
A los que volvieron, pero dejaron algo allá que nunca recuperaron del todo.
A las madres que esperaron en los puertos con los ojos puestos en el horizonte.
A las que recibieron una carta oficial un martes cualquiera, y ese martes partió su vida en dos.
A las que todavía guardan la ropa doblada, por si acaso.
A los padres que aprendieron a no nombrar un nombre en la mesa.
A los hermanos que crecieron en el silencio de una habitación vacía.
A los hijos que nacieron después y que llevan en la cara a alguien que nunca conocieron.
A los amores que no tuvieron tiempo.
A los que dijeron adiós sin saber que era un adiós.
A los que esperaron diez años, veinte, toda una vida, a alguien que ya no iba a volver por ningún camino.
A los que nunca pudieron decir "sí", frente a un altar.
A los que nunca vieron a sus hijos dar el primer paso, decir la primera palabra, graduarse,
enamorarse.
A los amores imposibles que florecieron en el lugar más inhóspito del mundo y que la guerra apagó antes de que pudieran tener nombre.
A los que quedaron en las islas.
Y a los que volvieron rotos y aprendieron igual, despacio, con trabajo, a seguir.
Esta historia es ficción.
Pero el dolor que la rodea es completamente real.
Y los que lo vivieron merecen que alguien los recuerde no solo en las fechas señaladas, sino en los martes comunes, en los inviernos sin viento, en los patios con limoneros y en los ríos que suenan de noche cuando todo lo demás calla.
Malvinas, 1982.
Nunca más la guerra.
Nunca más el olvido.
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