CAPÍTULO 1 — DÍA 1
El viento que no perdona.
El viento en las Malvinas no se parecía a ningún viento que Valentina Ibáñez hubiera sentido antes.
No era el viento cálido del Iberá que le revolvía el pelo cuando era chica, ni la brisa húmeda del Paraná que entraba por las ventanas del hospital de Corrientes en las tardes de verano. Este viento cortaba. Cortaba la ropa, cortaba la piel, cortaba el pensamiento. Era un viento que no pedía permiso y no ofrecía consuelo, como si la isla misma quisiera dejar en claro desde el principio que ahí no había lugar para la ternura.
Valentina lo sintió en la cara cuando la bajaron del camión de un empujón.
Cayó de rodillas sobre la tierra fría y durante un segundo — solo un segundo — cerró los ojos y pensó en su mamá. En el olor a guiso que llenaba la casa los domingos. En las manos de su mamá, grandes y callosas, que siempre sabían dónde dolía. En el sonido del río a la tarde, ese murmullo constante que durante toda su infancia había sido sinónimo de que todo estaba bien. Que el mundo seguía en su lugar.
Pero el mundo en ese momento no estaba en su lugar.
— Levántate.
No entendió las palabras pero entendió el tono. Se levantó.
Tenía las muñecas atadas con una soga gruesa que le había dejado marcas rojas desde hacía horas, desde que los soldados británicos irrumpieron en el improvisado puesto sanitario donde ella trabajaba junto a dos médicos del ejército argentino. Los médicos habían opuesto resistencia. Valentina no supo qué pasó con ellos después porque la habían sacado casi a rastras, con una capucha en la cabeza y el corazón golpeándole tan fuerte que por un momento pensó que ese ruido sordo era el de los cañones.
No eran cañones. Los cañones sonaban diferente. Ya lo había aprendido en esas semanas.
Semanas que habían empezado con una convocatoria urgente en el hospital donde ella hacía su residencia. Necesitaban enfermeras. Personal médico. La situación en las islas era crítica y los recursos escaseaban. Valentina se había ofrecido casi sin pensarlo, con esa impulsividad correntina que su mamá siempre le decía que algún día le iba a traer problemas. Había pensado en Rodrigo, su hermano menor, que ya estaba allá. Había pensado que si ella también iba, de algún modo estarían más cerca.
Rodrigo tenía diecinueve años y desde hacía tres semanas no daba señales de vida.
Valentina apretó los dientes y siguió caminando.
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El campamento británico era más grande de lo que imaginó cuando le sacaron la capucha. Carpas militares dispuestas con una precisión que contrastaba con el caos que Valentina había vivido del otro lado, soldados moviéndose con propósito, generadores que zumbaban, cajas de suministros apiladas contra una pared de piedra. Todo olía a combustible y a lana mojada. Había algo en ese orden que le resultaba casi obsceno, como si la guerra fuera un asunto que podía organizarse en columnas prolijamente separadas.
Del otro lado — el lado argentino, su lado — todo era improvisación, frío y chicos que lloraban en silencio dentro de sus bolsas de dormir insuficientes para ese clima que nadie les había advertido que iba a ser tan brutal. Chicos que le mostraban fotos de sus novias, de sus mamás, de sus perros. Chicos que le preguntaban si creía en Dios con esa urgencia particular de quien necesita que alguien le diga que sí.
Valentina creía en Dios. Pero en las Malvinas había empezado a tenerle miedo a lo que Dios estaba mirando sin intervenir.
La hicieron caminar entre las carpas. Algunos soldados británicos la miraban pasar. Ninguno dijo nada. Valentina miraba al frente, la cabeza alta, el paso firme, aunque por dentro el miedo le subía por la garganta como agua. No sabía qué iban a hacer con ella. No sabía si había un protocolo para las enfermeras capturadas o si simplemente dependía del humor del hombre que estuviera a cargo.
La llevaron a una carpa más pequeña, separada de las otras.
Adentro había una sola lámpara de querosén que proyectaba sombras largas sobre las paredes de lona. Una mesa de madera cubierta de mapas llenos de marcas y coordenadas que Valentina no supo leer pero que desprendían una urgencia silenciosa, como si el papel mismo estuviera a punto de arder. Una silla. Una cantimplora. Y un hombre.
Tenía veinticinco años aunque en ese primer momento Valentina no lo supo, ni le importó. Lo que sí vio fue que era alto, que el uniforme le quedaba recto con esa rigidez que tienen los que se criaron creyendo que la postura es una forma de carácter, y que tenía los ojos del color del mar antes de la tormenta — un gris verdoso, indefinido, inquieto. El pelo castaño oscuro le caía levemente sobre la frente, lo único desordenado en toda su figura. Tenía una pequeña cicatriz sobre la ceja derecha que Valentina notó sin querer y apartó de su mente de inmediato.
El hombre la miró.
Y en ese primer instante, mientras Valentina lo enfrentaba con los ojos encendidos de rabia y de miedo mezclados, algo en la expresión del teniente James Ashworth cambió. Algo muy pequeño, casi imperceptible. Como si hubiera esperado encontrar una prisionera y en cambio hubiera encontrado otra cosa que todavía no sabía nombrar.
— ¿Ella es la enfermera? — le preguntó al soldado que venía detrás, sin sacarle los ojos de encima a Valentina.
— Sí, señor. La encontramos en el puesto médico argentino. Tiene entrenamiento formal.