El terreno era abrupto y el destartalado autobús saltaba como una cabra de monte y levantaba el polvo del camino, por lo que era poco lo que veíamos por la ventana. El rostro de Mariana, mi hermana menor, estaba descompuesto y temí que pudiera vomitar en cualquier momento. Mi otra hermana, Beatrice, a quien apodábamos la aristocrática por sus ínfulas de reina, molestó a todos los presentes desde que abordamos la unidad:
—Oiga, conductor ¿Dónde aprendió a manejar tan mal? ¿Sabe que no somos cerdos, ah? ¿No había un autobús menos destartalado en el terminal?
A una señora rolliza que se sentó al frente de ella:
—¿Sería tan amable de cerrar esa ventana? Está entrando el viento y me está despeinando.
Minutos después, a un mozo rubicundo:
—Mira, tú, me muero de calor. ¿Podrías rodarte un poco más allá?
Yo la escuchaba y la dejaba destilar su veneno, porque la verdadera razón de su descontento era que estaba indignadísima por las circunstancias que nos hicieron abandonar las comodidades de nuestra casa en la ciudad para mudarnos con nuestra abuelastra a San André. Iba a ser difícil vivir sin el abuelo Genaro, cuya repentina muerte nos dejó a todas sumidas en una profunda tristeza. Los abogados estipularon que viviríamos con Gertrudis hasta que yo cumpliera la mayoría de edad; y desde entonces sentí un mal presentimiento, un desasosiego, una sensación inexplicable de inminente peligro. Muchos de mis temores provenían del hecho de que en la mansión en la que viviríamos había muerto un mago negro en extrañas circunstancias. En su oportunidad, el abuelo dijo que hubo muchas conjeturas con respecto a la causa del deceso y que nunca se encontró al culpable. De hecho, Genaro compró la casa a precio de gallina flaca porque nadie en el pueblo se atrevía a habitarla.
Por otro lado, hacía años que no veíamos a Gertrudis. Me preocupaba que estuviera tramando algo en contra nuestra, porque el abuelo la dejó sin bienes después del divorcio. Tanto ella como su nieta permanecían en la mansión porque ninguna tenía dónde vivir.
El autobús bajaba la encrespada cuesta a duras penas. En algunos trechos encontrábamos piedras y ramas que obstaculizaban la vía, razón por la cual el viaje estaba tomando más tiempo del debido. El sol de mediodía era torturante; además, había poca ventilación y nos aferrábamos a los asientos para no rebotar como pelotas de ping pong. Y por si esto fuera poco, tuvimos que escuchar los sonidos intermitentes de una radio mal sintonizada.
Saqué la cabeza por la ventana y vi que estábamos descendiendo; en cualquier momento llegaríamos al terminal. Sin embargo, el conductor parecía desesperado por llegar a su destino, no solo por las necedades de mi hermana, que exasperarían hasta al más ecuánime de los monjes, sino por la figura fantasmagórica que abordó el vehículo a último minuto. El hombre se había instalado en los asientos del fondo, manteniendo dominio visual sobre todos los pasajeros.
La señora rolliza nos advirtió:
—Tengan cuidado con ese hombre. Trabajaba para una bruja que desapareció del pueblo hace cincuenta años. No lo habíamos vuelto a ver. ¿Quién sabe qué lo trae de vuelta? ¡Nada bueno debe ser!
Beatrice volteó a mirarlo sin disimulo y yo le di un puntapié. El hombre se percató que lo mirábamos y alzó su sombrero a modo de saludo.
—Lo llamaban el Verdugo. Nunca supimos su verdadero nombre —agregó la señora rolliza, y yo pensé que jamás nombre alguno estuvo tan bien puesto.
Beatrice, por su parte, pensó que su apariencia era extraña: cuerpo encorvado, piel aceitunada y ojos aciagos incrustados en un rostro enfermizo, pero no le prestó mucha atención. En cambio, siguió con su distribución equitativa de reclamos, inmune al acoso del tétrico personaje.
La espesa vegetación bloqueaba a ratos los rayos de sol procurándonos pequeños oasis de frescura y sombra. Al cabo de un tiempo de observar el paisaje, cerré los ojos y me dormí. Minutos más tarde, un bullicio que fue subiendo poco a poco en intensidad, me hizo salir de mi letargo y darme cuenta de que habíamos llegado a nuestro destino. Enseguida, desembarcamos en la rampa cargando nuestro equipaje a duras penas. Estaba atestada de gente que caminaba en todas las direcciones llevando fardos y paquetes. ¡Que ajetreo! Los fardos parecían señoras obesas acinturadas con mecate, pero también había elegantes damas enfundadas en faldas multicolores que se movían a lo largo de la plataforma con bolsas y carteras de extraña confección.
Lo primero que advertí, además de la actividad febril incongruente con el tamaño del pueblo, fue la hostilidad de sus moradores, que nos miraban como si estuviéramos invadiendo un recinto sagrado. No disimulaban para nada su desagrado.
—¿Por qué nos miran así? —preguntó Mariana, un tanto asustada.
Traté de calmarla:
—No lo sé, querida. Vamos, camina, busquemos a Gertrudis.
Beatrice también opinó:
—No les hagas caso, Mariana. Seguro nunca han visto gente con clase como nosotras y eso les causa envidia.
Salimos del terminal y nos acomodamos en la acera, cuidándonos de no interrumpir el paso de los transeúntes. Lo siguiente que advertimos fue que nadie nos estaba esperando y este primer desaire nos bastó para entrever el tratamiento que recibiríamos de Gertrudis.