Los Dos Libros de San André

2. Tierra de Magos

Eisenbaum, tierra de magos, era un conjunto de planicies y colinas costeadas por el mar al que solo se llegaba por medios mágicos. Abundaban los riachuelos que desembocaban en el lago Zoromix, de aguas tan plácidas que parecían detenidas en el tiempo. Los abedules alcanzaban alturas inimaginables de más de cincuenta metros y diferentes especies arbóreas convivían bajo un mismo bioma sin que se perturbaran unas a otras. Más allá de los valles se alzaban dos grandes montañas: la Osa Blanca del Norte, nombrada así porque la silueta redondeada del pico bañada en nieve semejaba el rostro de un oso polar y la montaña del Oso Verde del Sur, en donde se encontraba el asentamiento de magos y hechiceras más poderoso del mundo, La Ciudadela.

Entre las campiñas y el mar habitaban los seres mágicos, criaturas sensibles que vivían en perfecta comunión con la tierra, cultivaban verduras y hortalizas de forma rudimentaria y fabricaban sus casas con materiales que obtenían de su entorno. Nada en su ámbito representaba una amenaza para el ambiente. La población de elfos estaba asentada en las faldas de la montaña Osa Blanca del Norte, al mando de Alaris, jefe de la comarca; los duendes, en las orillas del lago Zoromix, al mando de Ducran; y las hadas, representadas por Xanatrix, habitaban los bosques y compartían hábitat con los unicornios alados. No estaban restringidos a esas áreas, sino que cada raza seleccionó el mejor entorno para su especie.

En el pináculo de La Ciudadela se hallaba La Fortaleza, una imponente estructura, con paredes de un metro y medio de espesor, bordeada por una escarpada muralla; y cuando los vientos marinos rebotaban contra ella producían un peculiar sonido, muy parecido a murmullos, que asustaba a los aprendices. La Fortaleza era el hogar del Mago Supremo y algunos miembros importantes de la Cofradía. Funcionaba también un centro de aprendizaje para aquellos estudiantes sobresalientes que querían ahondar en el estudio de la magia. El costado este terminaba en un acantilado, en cuyas faldas rompían las olas estrepitosamente.

Americus, un anciano noble y de linaje puro, era el Mago Supremo que gobernaba La Ciudadela. Era llamado también el Señor de la Cofradía Alejandrina y Rector de los Ancianos del Tiempo, quien con frecuencia se reunía con los jefes de las comarcas para resolver los conflictos domésticos que se suscitaban en el reino. En ocasiones, salía al mundo de los hombres para realizar alguna tarea cuando sus deberes con la magia así lo requerían.

En la barbacana de La Fortaleza, Americus y su hijo conversaban:

—Hay indicios por todas partes, Leonardo. El oráculo, las pitonisas, las hechiceras, todos concuerdan en que pronto el Libro de Magia Negra de Abramelin saldrá a la luz. Es una buena oportunidad para ubicar el tomo y llevarlo a la bóveda de los libros prohibidos.

El joven miró a su padre con asombro. Le costaba entender que después de tanto tiempo y esfuerzo todavía quedaran libros de magia negra deambulando por ahí.

—¿Cómo puede ser eso posible? Pensé que ese ejemplar se había perdido para siempre.

El anciano se frotó la barbilla y contestó:

—Las sombras nunca descansan, hijo mío. Siempre buscan la manera de salir por algún resquicio. Cuando la hechicera Zarnia fue condenada por su mal uso de la magia, escondió el libro y nunca confesó su ubicación —acotó Americus, caminando por la terraza para calentar sus huesos. Anochecía y el viento azotaba con furor, pero el anciano no parecía tener intención de entrar al castillo.

—¿Dónde aparecerá? —preguntó Leonardo, sin contenerse.

Americus se tomó su tiempo para responder:

—No lo sabemos todavía, pero el oráculo lo anunciará; y cuando lo haga, debemos actuar rápido. Cuando este tipo de libros sale a la luz, su radiación debilita el portal del inframundo y es cuando los demonios salen y vagan por la tierra. Si pudiera adivinar, diría que aparecerá en San André.

Leonardo exteriorizó su sorpresa:

—Pero allí estuvimos cuando detuvimos a Zarnia. Registramos todo el lugar y no encontramos nada.

—Zarnia tiene sus mañas y protege a su libro como una leona, seguro realizó algún hechizo de ocultamiento, pero tarde o temprano saldrá a la luz. Los libros no se ocultan por mucho tiempo. El que me preocupa es Zoroastro, su condena está por terminar y volverá a las andanzas.

Leonardo cambió su expresión a una de molestia:

—Entonces, el Tribunal de Magos de La Ciudadela tendrá que juzgarlo de nuevo. Es un mago negro y practicará la magia oscura cuando tenga oportunidad. ¿Zarnia saldrá también?

Americus contestó:

—Ya casi terminó su condena y no podemos retenerla por más tiempo que el indicado en el veredicto. Ahora es discípula de Zoroastro y ambos fueron aprendices de Abramelin. Me imagino que seguirán asociados para cometer sus fechorías.

—Dios los cría y ellos se juntan.

—La suerte está echada, Leonardo. Vienen días difíciles. Ponte al día con las obligaciones pendientes porque me imagino que pasarás mucho tiempo fuera.

Leonardo tenía una pregunta en mente:

—¿Y cómo piensas recobrar el Libro de Abramelin?

Americus sonrió. En los últimos años, Leonardo había tenido una participación más activa en el rastreo de los libros de magia negra. El Mago Supremo se sentía cansado, quizá ya iba siendo tiempo de reunirse con su finada esposa Bela y que su hijo tomara las riendas de La Ciudadela. Lo preparaba en secreto delegándole tareas propias de la posición y a la fecha era muy poco lo que le quedaba por aprender.




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