Mis hermanas me miraban impacientes. Las maletas estaban desperdigadas en el porche. Volví a tocar. El toc-toc retumbó del otro lado y unos pasos apresurados se acercaron; era el ama de llaves que acudía a nuestro encuentro. La primera impresión no fue buena, la mujer tenía proporciones descomunales. Lo más resaltante de su rostro era una inmensa crineja de cabello negro que le daba varias vueltas a su cabeza, como si una corona de serpientes descansara en su frente; la nariz era achatada y delataba sus raíces africanas; su delantal blanco estaba demasiado almidonado y se levantaba en las puntas. Detrás de ella, una cabeza llena de rizos azabaches se asomó, después salió el cuerpo. La niña, como de doce años, tenía una medialuna por sonrisa, con dientes tan grandes que parecían los granos de una mazorca y abarcaban la mitad de su rostro; la otra mitad, la adornaban dos grandiosas paraparas por ojos.
—Ustedes deben ser las hermanas Bell, nietas de la Sra. Gertrudis —dijo el ama de llaves en tono conciliador y así entendimos que nos esperaban. Abrió la puerta de par en par, instándonos a que entráramos. Sin embargo, no ofreció ninguna explicación del porqué no nos habían ido a buscar al terminal y nosotras tampoco la demandamos.
—Mi nombre es Camila y estas son mis hermanas, Beatrice y Mariana.
—Ño Josefina, para servirles, y esta niña —dijo señalando a la dueña de los dientes de mazorca— es mi hija, la negrita Salomé.
La niña adelantó dos pasitos y con una gentil reverencia saludó sin dejar de sonreír. Ese pequeño gesto de simpatía tejería el telar de la amistad que nos uniría por el resto de nuestros días. Y así, risita y todo, volvió a esconderse con timidez detrás de la mole que era su madre.
—Deseo expresarles mis condolencias. Lamenté mucho la muerte de su abuelo. Por estos lares era muy apreciado, por lo menos por los miembros de la servidumbre —dijo con pesar la mulata, mientras recostaba su voluminosa figura contra el borde de la puerta. Su expresión parecía sincera. Luego, agregó:
—Pero lamento mucho más que hayan tenido que dejar las comodidades de su hogar para venir hasta acá. ¡Un lugar tan lejano como este en donde hasta el gato perdió los calzones!
Buscó en nuestros rostros alguna señal de empatía, pero al no hallar ninguna prosiguió con su rebuscado monólogo:
—¿Pero, quién diría que alguien podía morirse de un simple catarro, verdad? Qué bueno que Don Genaro les legó ese montón de dinero, así la Sra. Gertrudis hará frente a los gastos que supone tenerlas aquí. A decir verdad —dijo bajando el tono de voz, casi en susurros— estaba un poco escasa de fondos. Tuvo suerte de que su abuelo muriera y no la hubiera declinado como tutora de ustedes en el testamento después de ese asunto tan desagradable del divorcio. ¡Caramba! —dijo en extremo apenada— No quise decir que fuera bueno que Don Genaro falleciera. ¡Eso ni pensarlo!
Enseguida, hizo algunos intentos para explicar su razonamiento, pero lo único que conseguía era enredar más el entuerto, así que al final remató:
—Olviden lo que dije. Después de cierta edad los viejos desvariamos, por eso es por lo que nos meten en asilos.
La sola mención del abuelo me entristeció. Don Genaro, como le decían sus empleados, era un viejo con la cara pecosa de los andaluces y la barriga redondeada de tanto engullir chorizos y morcillas. Vestía siempre de kaki, con un sombrero de alerón gris con las puntas enroscadas hacia arriba y unos mocasines negros que chirriaban cuando caminaba por los elegantes salones de la casa, y que delataban su presencia mucho antes de que llegara su cuerpo. Su pantalón y su camisa, perennemente almidonados, les otorgaban un toque crujiente a sus abrazos. Su falta de ilustración lindaba a veces en la ignorancia, pero a falta de letras compensaba con astucia. La fortuna le vino casi por azar en la figura de un francés con una veintena de barcos y ninguna maña para los negocios, y Genaro con su veintena de mañas y ningún barco para los negocios. Así, en acordada simbiosis, formaron una asociación que les permitió amasar una considerable fortuna con la importación de especies exóticas, granos, chocolates, adornos chinos y electrodomésticos. Según parece, en los negocios mi abuelo era muy capaz. El éxito fue instantáneo y pronto se encontró disfrutando de las bondades de la clase privilegiada. Pero a pesar de los placeres que le proveía el dinero, nada se equiparaba con el gran placer que le proveía nuestra presencia; nuestro afecto era sincero y él lo devolvía con creces. Y en el caudal de su cariño encontramos siempre sabiduría y valores ¡Y es que todo el amor que conocíamos de este mundo lo recibimos a través de él! —pensé con nostalgia.
Me unía a Beatrice, además del parentesco, una relación de mutuos desencantos. Y es que Beatrice era necia y necia con “N” mayúscula. Y su necedad venía siempre acompañada de rebeldía. De allí nuestra eterna lucha, yo tratando de arrastrarla hasta el terreno de mi racionalidad y ella jalando con igual fuerza en la dirección opuesta; solo el alma mediadora de Mariana lograba situarnos en un punto medio de tensa convivencia. ¿Nos odiábamos? ¡Sí! ¿Nos amábamos? ¡Obviamente! razón por la cual nos veíamos como un mal necesario que soportábamos hasta que las circunstancias dispusieran lo contrario.
El ama de llaves seguía hablando sin cesar, mientras yo buscaba con la mirada a Gertrudis o Leticia, pero ni la una ni la otra aparecieron en el horizonte. Ño Josefina y su hijita terminaron el ritual de bienvenida y pasamos a la sala; ahí me sentí con la suficiente confianza como para hablar: