Los bosques neblinosos del inframundo están plagados de árboles chamuscados. La noche es eterna y la oscuridad llena todos los rincones. Es un mundo mineral, abundante en rocas, en el que solo habita lo peor del mundo mágico: serpientes aladas, dragones, ogros, gárgolas, hechiceras y magos negros. En esta tierra hostil brota siempre un olor azufrado que se esparce en todas las direcciones y es aquí donde Zoroastro, el Señor de las Sombras, Maestro de la Oscuridad, gobierna a sus anchas.
Zoroastro y la hechicera Zarnia notaron que el portal de acceso al inframundo se estaba debilitando, lo que quería decir que el hechizo de enclaustramiento que los mantenía prisioneros estaba perdiendo fuerza también. De continuar el proceso, pronto serían libres y no habría nada que la Cofradía pudiera hacer.
Zoroastro caminó por la gruta de Argón para llegar al portal y chequear sus avances, la hechicera Zarnia le seguía los pasos. Algunos demonios los observaban desde lejos, pero no se atrevían a acercarse; a su señor no le gustaba ser molestado. La hechicera Zarnia miró a su tutor y consideró que era el momento adecuado para plantearle lo que quería:
—Maestro, llevo contigo mucho tiempo y te he servido con lealtad. Cumplí las tareas que me encomendaste, pero me estoy haciendo vieja y ya no tengo la misma energía de antes. Mi intuición me dice que pronto mi libro y el anillo estarán activos y que tendrás una nueva aprendiz.
Zoroastro seguía caminando. Como era usual, vestía una capa negra que le cubría el cuerpo y una capucha que le ocultaba el rostro, por lo que la hechicera no veía la expresión de su cara. No sabía si la había escuchado o si se hacía el desentendido adrede. No obstante, ella siguió hablando:
—Ya cumplí con mi deber aquí y me gustaría regresar a casa cuando se abra el portal. Extraño San André.
Zoroastro se detuvo de repente y a la hechicera Zarnia se le heló la sangre. Él volteó a mirarla:
—Sabes que eso es imposible hasta que no tenga otro aprendiz. Ninguno de los que hemos encontrado ha dado la talla.
Zarnia se apresuró a decir:
—Lo habrá pronto, Maestro. Percibo el aura del anillo, sé que está listo y hará su trabajo.
—En ese caso, hablaremos cuando se abra el portal —dio media vuelta y se perdió en lo más profundo de la gruta. La hechicera no supo si había aceptado su petición o no.