Los Dos Libros de San André

5. Forasteras en el Pueblo

Nadie sabía quiénes éramos ni con qué propósito nos instalamos en aquel rincón tan remoto. Doña Tula fue de las primeras en divisarnos en el terminal. De un vistazo dictaminó que éramos maniquíes de ciudad. Desde la muerte de su marido, Tomás, su única ocupación era escuchar las conversaciones de las personas que pasaban al frente de su casa. Ya ni siquiera iba a su panadería, que ahora atendía su hermana Felipa y sus cinco hijos. Doña Tula, flaca como un bambú, pasaba sus tardes sentada en un viejo sillón colocado estratégicamente al lado del ventanal. La ubicación de su casa, frente al hotel, puso en apuros a más de un marido infiel, quienes trataban de pasar inadvertidos con la conquista de turno en brazos. Se dice que fue ella quien delató la aventura del doctor con una fulana de la farmacia y la espectacular golpiza que le propinara la esposa inoculó al pobre contra cualquier otra futura tentación.

Esa mañana, Doña Tula se levantó muy temprano, la curiosidad la mataba. Sus oficios matutinos los realizó sin alejarse mucho de la ventana, siempre pendiente de la calle, esperando avistar a las forasteras. Gertrudis había dicho que las muchachas eran criadas, pero Tula estaba convencida de que mentía. Sin embargo, cerca de las doce, viendo que no pasaba nada, se dispuso a llegar hasta el hotel que era el lugar por excelencia para enterarse de los acontecimientos más recientes acaecidos en la comunidad. Corrió hasta su cuarto y buscó en el viejo armario su camisa de encajes y su falda de gabardina negra. Alisó los pliegues con sus arrugadas manos, buscó su cartera de cuero belga y salió corriendo hacia la puerta principal. El familiar bullicio de vendedores ambulantes la atajó en el umbral. Por un instante, se detuvo, se cuestionó lo arrebatado de su acción, pero esto no duró mucho. Después de unos segundos, continuó sus avances sin arrepentimientos. Cruzó la calle mirando hacia todos lados hasta que llegó a la puerta del hotel.

El Lobby estaba atestado, un contingente de personas se agolpaba en la recepción, otro tanto se hallaba disperso en la amplia terraza. El moderno hotel, el Gran Prince, fue un caserón abandonado, pero a mediados de los ochenta la familia Farfán lo adquirió a precio de gallina flaca y lo restauró hasta convertirlo en el único alojamiento de lujo de la zona. Poseía un amplio terreno que fue aceleradamente poblado con otras estructuras que se adosaron a la construcción original. Las quejas de los moradores no se hicieron esperar, porque veían al mamotreto como una perturbación a la legendaria calma del lugar. Se podría decir que era la única construcción moderna de San André y resaltaba tanto como un elefante en un baile de hormigas.

Una señorita, ubicada detrás de un elegante mueble en la recepción, se dirigió a ella:

—¿La puedo ayudar? —dijo lanzándole una mirada evaluativa. Se notaba de cualquier modo que no estaba muy contenta con la presencia de la señora en su Lobby. Era un pueblo pequeño, por lo tanto la fama de cascarrabias que ostentaba Doña Tula la precedía donde quiera que fuera.

Al momento en que iba a contestar, otra voz a sus espaldas la distrajo:

—¡Caramba! Doña Tula en persona, ¿Usted por aquí? —saludó el Prefecto Farfán, hombre de rostro severo y regordete cuyo principal rasgo consistía en unos bigotes aguijoneados demasiado grandes para el tamaño de su cara. De todos los hijos de Leónidas Farfán, Elías era el más habilidoso en los negocios y el único que aún permanecía en el pueblo. El resto de sus hermanos, siete en total, tres mujeres y cuatro hombres, o se habían marchado, casado o muerto, dejándolo como único administrador de los cuantiosos bienes de la familia. Mucho se decía de la supuesta honorabilidad del caballero y de los chanchullos amañados a los que recurría para salirse siempre con la suya. Recién se había embarcado en un proyecto para desarrollar un centro comercial, cuyos frutos irían a parar directamente a su bolsillo. Los habitantes de San André, recelosos con sus recursos naturales, sabían que semejante desarrollo afectaría la proverbial quietud del pueblo. Sin embargo, el Prefecto, hombre sin escrúpulos, se procuró el visto bueno del Padre Tobías.

El cura se prestó a su juego y en los sermones dominicales promulgaba los beneficios del proyecto de Farfán. Según las propias palabras del clérigo, solo bajo la guía divina (léase del Prefecto Farfán) se alcanzaría un estado de dicha y bienestar permanente. Incluso se llegó al extremo de retirar del oratorio la imagen de San Cipriano donada a principios de 1930 por el entonces fundador, Barrabás Contreras, con el pretexto de realizarle trabajos de restauración. A los pocos días una nueva imagen fue colocada en la Capilla con rasgos sospechosamente semejantes a los de Farfán. La barbilla y los pómulos del santo fueron barridos y sustituidos por la quijada cuadrada del susodicho y el bigote aguijoneado. De nada valieron las protestas de las viejitas del pueblo recalcando que la mirada lasciva del santo las hacía sentir incómodas y que la sonrisa repleta de dientes era impropia para la solemnidad de Cipriano. Y es que esta nueva apariencia nada tenía de divina y con la extirpación del San y la subsiguiente degradación del santo al reino de lo mundano, comenzaron a llamarlo simplemente Cipriano. Al no obtener respuesta a sus súplicas no tuvieron otro remedio que trasladar su devoción a otro mártir, San Antonio, de apariencia más varonil.

Doña Tula se recuperó de la sorpresa.

—-Estaba paseando y se me ocurrió venir a ver las remodelaciones que le ha hecho al hotel —dijo recalcando el comentario con la mirada— De verdad se nota el buen gusto. ¡Se ve su mano metida en todo el asunto, pues! —comentó aduladora.




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