Americus presidía el conclave. Estaban reunidos los veinticuatro magos de la Cofradía Alejandrina y las catorce hechiceras de la Orden Blanca en el Gran Salón de los Moradores. Este Salón se utilizaba solo en la Convención Anual de Magos que se celebraba a finales de noviembre, o para atender la convocatoria de algún miembro del Concejo en casos de urgencias. Esta vez fue Americus quien los convocó. Leonardo estaba presente y junto a él, su novia, Duprina.
Americus, parado, frente a la amplia mesa de mármol que por siglos acogió a los magos regentes de la Cofradía, se dirigió a los presentes: —Les doy la bienvenida y me imagino que se estarán preguntando el motivo de esta reunión tan apresurada. Muchos hicieron un gran esfuerzo para estar aquí y dejaron asuntos pendientes en sus localidades; así que dejaré las habladurías e iré al grano.
Su auditorio asintió y todos permanecieron en silencio. La ventana estaba abierta y una leve brisa se colaba trayendo consigo su aroma de mar.
—Debemos prepararnos para un inminente ataque de las sombras. Las pitonisas lo vienen anunciando desde hace meses, pero es ahora cuando las evidencias son palpables. Los libros del mal se están activando y esto hace que se debilite el portal del inframundo. Estén atentos en sus regiones y prepárense para combatirlos.
La jefa de las hechiceras preguntó:
—¿Cuándo sucederá esto?
Americus agregó:
—Pronto. Cuando el portal se abra, los demonios vagarán a sus anchas por el mundo. Creemos que tratarán de recuperar los libros de magia negra, así que si tienen ejemplares en su región, envíenlos a La Fortaleza para resguardarlos en la Bóveda.
El mago de la Cofradía americana, preguntó:
—¿Qué hay del Libro Negro de Abramelin?
—Zarnia lo escondió bien, pero ningún libro está oculto para siempre. Pero no todas son malas noticias, el oráculo piensa que el libro que hemos estado buscado por años, Las Llaves del Reino, saldrá a la luz.
Hubo un gran murmullo y todos hablaban entre sí.
—¿Qué te hace pensar que lo hallaremos? —dijo el mago regente del continente europeo.
Americus volvió a tomar la palabra:
—Los libros de magia seleccionan a sus portadores. Es inútil buscarlos si no quieren ser encontrados. Es cuestión de esperar a que el portador llegue hasta nosotros.
—¿Y qué haremos hasta entonces? —preguntó otro mago.
El anciano continuó:
—De los libros, nos encargaremos Leonardo y yo. El motivo de mi llamado es otro. Preparen a sus ejércitos, estén alertas y protejan a la población de los demonios. Los hombres que no conocen la magia son incapaces de defenderse. Es nuestro deber ayudarlos.
Todos asintieron y aportaron ideas para contenerlos. Se acercaban tiempos difíciles.