Gertrudis y Leticia eran unas desalmadas. ¿Qué extraña predisposición del destino nos colocó en tan disparatadas manos? No lo sé. El destino, al igual que una madrastra malvada, a menudo oculta en sus designios sus más increíbles desatinos. Ni una cárcel de máxima seguridad aplicaría las medidas restrictivas de la libertad con tanto esmero como la anciana nos las aplicaba a nosotras. A los dos días de estar en La Borrascosa ya sabíamos que no éramos bienvenidas.
Gertrudis Zing era tan aburrida como la comunidad en que vivía, tenía una contextura esquelética, joroba pronunciada y un cuello rígido que la hacía parecer como si estuviera enclaustrada en un arnés. Sus modales eran toscos y usaba ropa pasada de moda comprada en tiendas de segunda mano. Su maquillaje exagerado semejaba al de una actriz de teatro y provocaba a su paso un sin fin de habladurías, todas relacionadas con su apariencia física.
Leticia no era muy diferente, de escasa belleza, malcriada, manipuladora y tan superficial como su abuela. Vivía su existencia con un solo objetivo: encontrar un marido cuya fortuna sobrepasara con creces la de otras familias acomodas de la zona para que la mantuviera disfrutando de los mundanos placeres de la vida. Solo por eso, asistía a la Instituto Straton, en busca de un incauto que caminara voluntariamente al altar.
Las Zing vivían de una modesta pensión que heredaron de un familiar lejano. Nunca habían trabajado ni pensaban hacerlo, pero les gustaba ostentar una abundancia de fortuna que ninguna poseía. Expandieron el rumor de una supuesta herencia que incluía, entre otras propiedades, una mina de oro ubicada en un país latinoamericano. ¡Perverso el día en que las mentiras hablan! El temor a que se supiera la verdad mantenía a Gertrudis insomne tres días a la semana y a Leticia embutida en un estado de ansiedad que la preservaba malhumorada todo el tiempo. Sobre la supuesta mina, decidieron mantener su mentira hasta las últimas consecuencias, a pesar de que algunos amigos ya dudaban de que la famosa mina de oro existiese.
Cuando Gertrudis recibió la llamada del Dr. Linares informándole que viviríamos en La Borrascosa, pasó mucho tiempo buscando una explicación que dar a sus amigos que justificara nuestra presencia en la casa. Leticia, en cambio, dejó bien claro que no nos quería en la mansión y Gertrudis le aseguró que nos mantendría alejadas.
La solución le llegó una noche. Estaba en su habitación caminando con la ayuda del bastón, pensando en lo que haría. Serían como las once menos cuarto cuando la brillante idea surgió de la nada: nadie tenía que saber que éramos las nietas de Genaro. No nos conocían, así que sería fácil mantener la mentira. Diría que éramos criadas de la mansión, así nadie haría preguntas incómodas y nos mantendría alejadas del ojo público.
Se asomó a la ventana y vio la titilante luz de los faroles del pueblo. Era tarde, mejor volvía a la cama. Al caminar frente al espejo, observó su silueta encorvada y pensó en lo cruel que la habían tratado los años. Se lanzó a la cama y se puso a maquinar. Tenía el lugar perfecto para las huérfanas: el sótano. ¿Cómo no se le había ocurrido antes? Se felicitó por su impecable juicio e ignoró el criterio moral de semejante acción.
—¡Qué mejor lugar que junto a los trastos inservibles, las ratas y las cucarachas! —pensó para sí.
Una vez que hubo tomado la decisión, se sintió mucho mejor. Minutos después, se durmió sin percatarse que en el alfeizar de la ventana un inmenso gato azabache escudriñaba todos sus movimientos. El animal caminó con sigilo por el estrecho murillo y en dos saltos estuvo de nuevo en el jardín. Se enrumbó hacia los matorrales y se perdió en la negrura de la noche bajo la luna escarbada de nubes.
Cinco días después de nuestra llegada, el milagro se produjo: el espíritu mezquino de Gertrudis se condolió y decidió concedernos la tan ansiada entrevista. Ño Josefina nos dio el mensaje en el desayuno, y como estábamos listas para un paseo, fuimos directo a la salita indicada. Al llegar, permanecimos de pie, como lo dictan las normas de educación y las buenas costumbres esperando la invitación a entrar. Gertrudis alzó la vista y con una seña brusca (mano izquierda alzada con los cinco dedos apuntando hacia arriba) nos indicó que nos detuviéramos; advertencia vana ya que hacía rato que estábamos suspendidas en la frontera entre el pasillo y la sala. Entre tanto, ella seguía mirando un papel que sostenía en su mano derecha, mientras la izquierda continuaba separando su mundo del nuestro. Eso bastó para que Beatrice, que tenía la paciencia del tamaño de un grano de mostaza, se molestara mucho porque la anciana seguía impertérrita extasiada en la hoja, sin tomarnos en cuenta para nada. Decidió tomar cartas en el asunto. Entró sin su permiso arrastrando a Mariana con ella y se sentó en una poltrona Luis XV que yacía al lado de un aparador de roble.
—¡Vamos, Camila! —me gritó desde allí— Toma asiento mientras nuestra abuelita termina su tarea.
Nadie como Beatrice para aderezar la mañana con sarcasmos. Tan oportunos que no sobraba ni faltaba ni un punto ni una coma y con la entonación debida como corresponde a todo buen sarcasmo. De inmediato, la mujer levantó la mirada. La expresión feroz que cruzó su rostro hubiera bastado para amilanar al más pintado, pero no a Beatrice, no, ella continuó impávida sin el más leve indicio de un cese de hostilidades. La mujer la miró como si quisiera mandarla a la última paila del infierno, lo mismo hizo mi hermana y continuaron en esto unos minutos, hasta que los ojos de Gertrudis lagrimearon. Luego de pestañear un par de veces se fue caminando hasta la chimenea, donde colocó el documento sobre una repisa. Se advertía que le disgustaba nuestra presencia, de eso no había duda y no hizo esfuerzo alguno para disimularlo. En el ínterin, me acerqué a mis hermanas. La anciana dijo: