Los días pasaban repetidos en San André; y los lunes se parecían mucho a los martes, los miércoles, los jueves, los sábados y los domingos. Los viernes, sin embargo, había un ligero cambio: la taberna abría a las siete en lugar de las nueve, y este pequeño detalle cambiaba por completo la animosidad de sus moradores.
Después de una larga jornada laboral, los parroquianos acudían a la taberna a festejar y se olvidaban de sus problemas personales. Esas noches parecían exhibir un espíritu festivo que no tenían ningún otro día. Así las tertulias transcurrían entre tragos y el humo de cigarrillos. En algunos casos, los cotilleos eran tan fascinantes que se alargaban hasta la madrugada y muchas veces alguna esposa atribulada pasaba por el bochorno de tener que ir a buscar a su esposo impedido de regresar a casa por sus propios medios. Tambaleante, a la vista de todos, realizaba el vía crucis de la taberna al hogar, escoltado por la mujer y los hijos, bajo la mirada recriminatoria de las beatas que agradecían a Dios el no tener que lidiar con semejante marido.
Un día ocurrió un hecho insólito que predispuso a todo el pueblo en contra nuestra. Aunque se suscitaron otros incidentes, también de naturaleza extraña, el hecho es que este se achacó a nuestra autoría. Ese viernes, en particular, la vieja mansión de la Hechicera Zarnia, sumergida en un caos retorcido de matorrales, bejucos y alimañas, se restauró por sí sola. Pasábamos frente a la mansión todas las mañanas, camino al Instituto y todas las veces nos deteníamos a observarla con temor: su vieja estructura carcomida por la humedad, las hiedras trepando por las paredes como manos que estrangulan, las viejas cortinas flameando como banderas de antiguos barcos piratas y el portón encorvado por el peso de los años.
Ese viernes, empero, la hiedra y la maleza desaparecieron, como si una mano invisible las hubiera arrancado durante la noche. Las ventanas relucían con el claror y la brillantez que solo el agua y el jabón dan, y el fétido fango que se asentaba al frente se sustituyó por una alfombra de margaritas y girasoles que danzaban alegremente al son del viento, regalando dadivosas sus perfumes. Un ostentoso césped verde manzana se posó graciosamente sobre todo el terreno. Toda señal de decrepitud fue borrada de la noche a la mañana.
Los lugareños, alarmados como estaban ante este insólito hecho, especularon sobre lo que sucedía. Así que dejando de lado el chisme del embarazo precoz de la hija de la lavandera sin marido ni novio conocido, pasaron a la especulación mórbida de las razones que explicaban el extraño acontecimiento. Por su parte, las beatas de la sacristía entrenadas por la prodigiosa verborrea del Padre Tobías, se inclinaron a pensar que algo diabólico o lujurioso se estaba escondiendo en la mansión. Una de las señoras se atrevió a sugerir que se trataba de un narcotraficante latinoamericano llegado a San André para escapar del dedo acusador de la justicia, otra opinó que era una afamada actriz evadiendo el brutal acoso de los paparazis; pero estos comentarios fueron acallados enseguida por Doña Tula, quien pensaba que la hipótesis del demonio o la lujuria era mejor. Las esquinas, la panadería, el hotel, la plaza y la pulpería, que eran los lugares usuales de reunión, se tiñeron de rumores, dimes y diretes sobre la posible vuelta de la bruja al valle, o tal vez de un familiar lejano que regresó para reclamar su derecho a habitar la casa. Además, la renovación coincidía con la presencia del Verdugo en San André, pero ni él ni un ejército de trabajadores hubieran podido renovar la mansión en tan poco tiempo. Los lugareños se sintieron nerviosos.
Transcurrió una semana y nadie se presentó a reclamar la casa. Preocupado y presionado por los habitantes, el Comisario, quien aspiraba obtener un cargo gubernamental al lado del Prefecto Farfán en las próximas elecciones, se vio obligado a enviar a los dos únicos funcionarios que tenía a su cargo para que investigaran el suceso. A la mañana siguiente, con renuencia pueblerina, se apersonaron en la casa. Se anunciaron con estruendo gritando en alta voz sus nombres, pero nadie les respondió. La puerta estaba sin cerrojo, así que entraron sin problemas, revisaron una a una las habitaciones y salas, pero no encontraron nada sospechoso, todo lo que vieron fue una casa pulcra, con muebles modernos y acabados de primera calidad, pero ni rastro alguno de la bruja u otra persona.
—Deben ser espíritus —comentaba más tarde uno de los guardias en la taberna— Mi tía Clotilde decía que las ánimas en pena pueden mover objetos en este mundo.
—No seas tonto —contestaba el cantinero mordazmente— ¿Cuántos espíritus has visto que les guste limpiar? Ni siquiera para los vivos esa es una tarea agradable. Si yo fuera un fantasma, no estaría en el mundo de los vivos limpiando. Eso te lo puedo asegurar. Estaría en una taberna y de allí ni San Pedro con toda su corte podrían sacarme —concluyó con una risotada.
—Para mí, eso es obra de las muchachas que se están quedando en la casa de Gertrudis —agregó la mujer del tabernero al momento que repartía unas jarras de espumosas cervezas entre los clientes habituales, realizando increíbles malabares.
—Este pueblo ha vivido en paz desde que desapareció la bruja y ahora vienen esas desadaptadas y todo empieza otra vez.
Un ambiente neblinoso pululaba en la cantina producto del humo de los cigarrillos, tierra fértil para la propagación de las habladurías más descabelladas.
—¡Eso es cierto! —convino un hombre flaco con escasez de dientes que se hallaba en la barra bebiendo ron.