Los días transcurrieron hasta convertirse en meses y se acercaba la hora de regresar a casa. Durante ese tiempo, nos adaptamos a la aburrida rutina de La Borrascosa. Por otro lado, los pueblerinos seguían tratándonos con descortés indiferencia. No teníamos amigos, no obstante la singular belleza de Beatrice le procuró un puñado de admiradores, de los cuales sabía aprovecharse cuando la ocasión lo requería. Y la ocasión lo requería los sábados y los domingos, a las tres de la tarde, únicos días en que Gertrudis consentía que nos ausentáramos de la mansión para evitar las preguntas incómodas de sus invitadas al bridge. Esto nos permitía pasear por el pueblo a nuestras anchas y desobedecer sus dictámenes tanto como quisiéramos.
Una tarde de domingo, la negrita Salomé pataleó para conseguir el permiso de su madre para acompañarnos a nuestro paseo habitual. A las tres en punto estuvimos arregladas y perfumadas. Nuestros atuendos eran un poco exagerados para la vida pueblerina, pero era la única oportunidad que teníamos de usar la ropa que trajimos de la ciudad, porque el resto del tiempo usábamos los trapos usados de Leticia porque Gertrudis decía que debíamos parecer criadas y no herederas.
La negrita Salomé apareció con un exótico vestido de flores naranjas y amarillas, con un descomunal lazo atado en la cabeza que hacía imposible que pasara inadvertida.
Nos adentramos en un bosque expandido de primavera que competía brutalmente con el vestido de Salomé. Las nomeolvides ribeteaban el sendero y junto a ellas, las petunias y las azucenas florecían en desperdigados racimos. El aire fresco y la tierra húmeda alegraron nuestro espíritu.
—¿Pasaremos por la heladería del viejo Torres? —preguntó Mariana.
—No veo por qué no, siempre pasamos —contestó Beatrice alzando la nariz con aires de prepotencia y mueve que mueve el abanico para alejar el calor y los insectos que le surcaban el camino.
La heladería del viejo Torres era un local de techos rojos ubicado al frente de la Plaza San Isidro. Las vitrinas mostraban la variedad de helados existentes e invitaban a una inmediata degustación. No teníamos dinero para comprar los helados y el viejo Torres no tenía misericordia para los clientes que no podían pagar sus productos; pero su hijo se prendó de Beatrice y se las ingeniaba para darnos los helados, cuando la mirada escrutadora del padre se hallaba entretenida en otros menesteres. El muchacho, como pago, recibía la más esplendida de las sonrisas de Beatrice. Con este intercambio comercial nos dábamos por satisfechas ponderando que la cuenta estaba saldada. Mariana no estaba muy de acuerdo con la forma en la que conseguíamos los helados, pero los vigorosos lengüetazos que le propinaba a la barquilla amainaban un poco el peso de su conciencia.
El robusto sobrino de Doña Tula también formaba parte del séquito de admiradores de mi hermana. Este sustraía de la panadería de su tía unos deliciosos bollos rellenos de crema pastelera, cuyo aroma se extendía a todas las casas del pueblo atrayendo a los más exigentes paladares. El mozo nos esperaba en la plaza, pateando la acera de arriba a abajo, en un afán por controlar los nervios que le producía encontrarse con la muchacha más bella del pueblo, como llamaba a Beatrice. De lejos, lo divisábamos con su pantalón de gabardina gris y su camisa de lino blanca, cuyos botones amenazaban con dispararse en dirección a la casa parroquial. Sin embargo, nunca nos importó su vestimenta, siempre y cuando sostuviera en sus manos la acostumbrada bolsa marrón que balanceaba rítmicamente al son de sus pasos. Mientras degustábamos los bollos que aún conservaban la calidez del horno y exudaban un tenue aroma a canela, le brindábamos al muchacho unos minutos preciosos de conversación, antes de emprender el camino de regreso a La Borrascosa. Este ritual se repetía todos los sábados y domingos, pero el dulzor de los helados y los bollos nos duraba toda la semana.
Esa tarde en particular, nos entretuvimos más de la cuenta y seguro Gertrudis notaría nuestra ausencia.
—Es mejor que vayamos pensando en una buena excusa —sugerí a las muchachas mientras atravesábamos el mercado. Estaba atestado, así que arrastré a Beatrice en contra de su voluntad porque quería detenerse a admirar las pulseras de plata de Esther. Aunque sabía que no había dinero para gustos tan estrafalarios, le gustaba probarse las joyas que su imaginario marido le regalaría algún día. Mariana y la negrita Salomé caminaban detrás de mí y por cuenta propia.
Desde la ventana de la Prefectura, Don Elías Farfán, las observaba. El mismísimo Prefecto coqueteó con la idea de convertirse en el esposo de Beatrice, después de que la muerte de su esposa Lucrecia lo convirtiera, según sus propias palabras, en el soltero más codiciado de San André.
Otros ojos las seguían también. Apolinar García, mujeriego confeso, de modales toscos, con tres matrimonios a cuesta y un sinfín de muchachos sembrados por todo el pueblo, conversaba con el dueño de la botica sobre los acontecimientos recientes ocurridos en el pueblo. Con una cerveza en la mano y un improvisado abanico hecho de periódicos en la otra, alejaba el calor.
—¡Esas niñas sí son ángeles! Con qué gusto haría una visita por aquella casa llenita de mujeres bellas —comentó con picardía, entre sorbo y sorbo— ¿Quiénes son? Gertrudis dice que son criadas, pero yo no me trago ese cuento.
El boticario dijo jocosamente:
—¡Desengáñese, compadre, pobre no come carne! Ño Josefina es el propio diablo en persona cuando se trata de proteger a esas muchachas. La semana pasada el nieto de Cipriana intentó llevarle unas flores a la del medio y la mulata, tras las advertencias de rigor y habiendo el muchacho desacatado sus órdenes, le soltó el perro, chiquitito el condenado, pero como ladra. Lo correteó hasta el pueblo y no le quedaron más ganas de seguir buscando lo que no se le ha perdido.