Los habitantes de San André estaban aterrorizados. Esa mañana aparecieron unas inmensas calabazas en todos los jardines del pueblo, aplastando los claveles rojos que se mecían en los vergeles y que eran el orgullo de los pobladores. ¿Y cuál fue la explicación que le dieron los moradores al fenómeno? Nada más y nada menos que aquello era obra de las brujas de Gertrudis. Les echaron la culpa a las muchachas que venían de la ciudad y no sabían nada de agricultura, ni de cómo sembrar un tubérculo, y mucho menos tomar un asador o un rastrillo; y hasta confundían los espárragos con las alcachofas. ¡Haberse visto semejante desatino! Esa es la clase de razonamiento que hace que los pueblos sigan siendo pueblos y no ciudades.
—¡Fin de mundo! —pregonaba Doña Tula llevándose las manos a la cabeza, mirando la gigantesca calabaza que creció en su zaguán. Con cautela se acercó y la midió con su cuerpo, le llegaba a la cintura. Salió de la casa dando brincos y vociferando, pero en la calle vio a otras calabazas en los jardines de sus vecinos. De inmediato se reunió con sus amigas y formó una comisión para ir a la casa parroquial.
El Padre Tobías, adormecido y lagañoso, las recibió en la salita que precede a su pequeño despacho. La casa parroquial tenía la típica estructura colonial y sus habitaciones olían siempre a alcanfor y kerosén quemado. El padre estaba acostumbrado a las visitas de las beatas. Lo hacían cada vez que aparecía un espanto en el pueblo. San André tenía muchas leyendas. Una de ellas era la del Descabezado del Cafetal, como mentaban los peones a una supuesta aparición que se paseaba por los campos las noches de luna llena, asesinando a todo aquel que se cruzara en su camino. El Silbón de la Esquina del Muerto era otro espectro muy escurridizo que correteaba a sus víctimas con el extraño hábito de silbarles al oído y no faltaba la popular Sayona, mujer de exuberante belleza asidua a frecuentar lugares solitarios en busca de maridos infieles para matar de espanto a los incautos entretenidos en las artes amatorias. En los días en que estas apariciones paseaban por el pueblo, el pánico ensombrecía el buen juicio y los campesinos se encerraban en sus casuchas negándose al trabajo. La intervención oportuna del Padre Tobías realizando una improvisada ceremonia de exorcismo les devolvía el coraje para seguir con las faenas. Sin embargo, jamás habían sido víctimas de una invasión de calabazas, ni habían escuchado que semejante hecho ocurriera en otros pueblos.
El cura rezongó, las invitó a pasar y fue a sentarse en una silla tapizada en cuero, de esas que cuando uno se mueve hacen ruidos bochornosos. Y dirigiéndose a Tula, dijo:
—Pero mujer, apenas si me acabo de levantar. ¿No estarás exagerando?
La anciana negó con contundencia. Se notaba que esa clase de situaciones la satisfacía, ya que le brindaba ocasión de exhibir sus dotes histriónicas. La mujer musitó, abriendo descomunalmente los ojos:
—Claro que no, Padrecito. Algo muy grave está ocurriendo. El mal se está apoderando de este pueblo —dijo señalando con el dedo índice al poquito de pueblo que se veía por la ventana— y si no hacemos algo pronto, hasta el mismísimo Satanás estará dando los sermones de su iglesia.
El Padre se levantó ante la mención del innombrable haciendo una rápida persignación y luego volvió a sentarse.
—No blasfemes hija mía, no seas alarmista, Tula.
La anciana dijo compungida:
—El mal, Padre, el mal vino a este pueblo cuando llegaron esas muchachas de Gertrudis.
El cura alzó la vista hacia el techo como clamando la presencia divina de Dios y un poco de su infinita paciencia. Más, para su desencanto, lo que halló fue una superficie desconchada bramando por la caricia de una mano de pintura. No era fácil ser el capellán de esa comunidad. Bien sea por ignorancia o ineptitud para reconocer los caminos del bien, lo cierto es que sus fieles se apersonaban en su residencia pretextando cualquier motivo y a las horas menos indicadas a fin de procurarse sus sabios consejos, que abarcaban desde lo espiritual hasta cualquier otro tópico surgido de la improvisación.
—Pero mujer, si esas muchachas son unas criaturas. ¿Dónde está tu vocación cristiana?
Tula no sabía dónde estaba su vocación cristiana, pero lo que sí sabía era que la actitud sumisa del Padre los estaba llevando al borde del próximo apocalipsis. Sintió un irreverente deseo de golpearlo. Sus puños se cerraron y casi estuvo a punto de hacerlo, pero se reprimió pensando que esto supondría un impedimento para su entrada al cielo. Tenía la esperanza de encontrarse allí con su marido.
—Ay, Tomás —solía lamentarse— ¡Ojalá, que de verdad estés en el cielo!
Así que controlando sus impulsos, alzó ligeramente la voz y se limitó a responder:
—Fin de mundo, Padre, fin de mundo. No es natural que una casa se renueve por sí sola, eso es obra de malos espíritus. Y hasta crecieron girasoles, Padrecito, de la noche a la mañana. Todo el mundo sabe que estas tierras no son aptas para los girasoles, solo sirven para claveles y petunias, ¿Y el Verdugo? Ahora se pasea por las calles como si fuera nuestro igual, en compañía de ese zarrapastroso gato que tiene la mirada malévola de las criaturas del infierno. ¡Ya le digo, Padrecito, Satanás está entre nosotros!
—Ya basta, Tula, de mentar al innombrable —dijo el Padre Tobías persignándose otra vez, perdiendo ya la paciencia— no sea que se nos aparezca de tanto llamarlo.