Sin permiso, como las ratas y las cucarachas, así fue como irrumpimos por primera vez en la mansión de la Hechicera Zarnia. Este súbito impulso explorador cruzó mi mente desde el mismísimo instante en que la estructura enrejada enarbolara los primeros signos de su restauración. ¿Por qué la casa estaba sola? ¿Cómo pudo cambiar tan de repente? ¿Quién vivía allí? ¿La bruja? Las mismas interrogantes que se hacía el pueblo se repetían clandestinamente en mi interior.
Cierto día, en el que caminábamos hacia el Instituto, divisé la explanada de girasoles y margaritas que se extendía frente a la mansión moviéndose rítmicamente con la brisa; parecían niñas alegres tomadas de la mano. Al fondo, sobresalía la mansión como un castillo de sal en un vasto río de espigas. Enseguida, movida por la curiosidad, aminoré el paso. Bartolomeo, quien nos acompañaba siempre en nuestras excursiones, también lo aminoró pero aullaba en tono lastimero. Beatrice y Mariana se callaron de repente, a pesar de que parloteábamos como pericas. De una de las ventanas del piso superior se veía una cortina de encaje abanicada por una fuerza invisible. A lo lejos, la puerta principal se abrió poco a poco como si estuviera jalada por un hilo. Me detuve en seco, con expectación, al igual que mis hermanas. Alargamos el cuello esperando ver a alguien o algo salir, pero nadie ni nada apareció. Solo un intenso olor a chocolate inundó el lugar y los tenues vapores del cacao me hicieron recordar las deliciosas tardes de invierno que compartimos con el abuelo. Él siempre aparecía chirriando sus zapatos por el pasillo, con los bolsillos repletos de chocolates suizos. Para mi fatalidad, el familiar aroma me tentó a tal punto que fui presa de un incontrolable deseo de averiguar su origen. Decidí darles rienda suelta a mis impulsos.
Cruzado el portón de hierro forjado, el camino hasta la puerta fue rápido. Escuchaba los flagrantes gritos de mis hermanas a mis espaldas. Sin embargo, no les presté atención. Al alcanzar el porche, me detuve y me recosté en una columna a recobrar el aliento. Cuando me alcanzó Beatrice, desató su ira:
—¿Es que te has vuelto loca? —dijo tomándome por el codo, tratando de halarme hacia el camino.
Pero yo estaba resuelta a no desviarme. Usé mis fuerzas para desembarazarme de su mano. Mariana, en cambio, contemplaba cautelosa una inscripción metálica colocada a un lado de la puerta. Estaba escrita en un idioma extranjero y mostraba el emblema de un león con las fauces abiertas. En el costado derecho del porche, dos butacas de mimbre blanco se mecían por sí solas produciendo un escalofriante sonido.
—Es el viento —les dije en un tono tranquilizador que ni yo misma me creía. Aunque la puerta estaba abierta, toqué por cortesía, pero nadie contestó. El aroma tentador del chocolate se apreciaba mucho más. Sobre el pestillo de la puerta notamos otra placa enchapada con serpientes y querubines alados, como los mostrados en nuestro portón del siglo XV. Esas formas, en pronunciado relieve y en tonos claroscuros, le daban un aspecto aún más tétrico al portón.
—¿Será que Gertrudis también es bruja? —preguntó Mariana, observando la coincidencia con los adornos de las puertas.
Beatrice contestó mordazmente:
—Yo no tengo la menor duda, al igual que su nieta, Leticia. ¡Brujas, las dos!
Bartolomeo, compañero fiel en nuestras andanzas, que no medía el tamaño del contrincante para batirse en duelos con animales de otra especie, no quiso entrar. Se quedó apostado en el porche, con las orejas turgentes y el rabo erguido en señal de alerta. Con esto mandó un claro mensaje que traducido en su lengua madre sería algo como:
—Están locas si piensan que entraré allí, esperaré aquí su regreso.
Nosotras, que no sabíamos interpretar su lengua, atribuimos su desgano al cansancio de la caminata y lo dejamos retozando. Alentada por la falta de respuesta, me aventuré hacia el interior de la casa, en contra de la voluntad de mis hermanas.
—Buenos días —grité al tiempo que entraba— ¿Hay alguien aquí?
Mi voz rebotaba en las paredes que me devolvían el débil eco de mi propia voz. Tan pronto entramos, la puerta se cerró a nuestras espaldas y todo quedó en silencio. Por unos momentos, permanecimos mudas. El acentuado olor a chocolate marcaba el camino a la cocina. Di unos pasos y detrás de mí, me siguieron mis hermanas, acurrucadas de terror.
—Buenos días —seguía repitiendo en la medida en que avanzaba, pero nadie contestaba. El único sonido presente seguía siendo el de mi propia voz.
—Parece que no hay nadie.
Beatrice perdió la paciencia. Mis arranques aventureros no le hacían gracia alguna. Pensaba que la prolongada permanencia en una comunidad tan aburrida como San André había terminado por trastocarme los sesos. Resentía que en lugar del comportamiento propio de una hermana mayor, exhibiera en cambio la espontaneidad e imprudencia de un travieso niño de tres años.
—Sugiero que nos vayamos de aquí en este instante —insistió Beatrice presa de un extraño sentimiento premonitorio.
—¿No tienes curiosidad por saber cómo vive una bruja? No tenemos nada que temer, aquí no hay nadie.
La sala era muy parecida a la de La Borrascosa, pero sin sus ridiculeces ni excentricidades. Una enorme pintura colgaba encima de la chimenea. La figura vestía de negro prieto a la usanza de las damas del Renacimiento, se hallaba sentada sobre una butaca negra con las manos cruzadas sobre el regazo y un rictus amargo adornaba sus labios completando el maquiavélico cuadro. Su cara era perversa, surcada de profundas arrugas y sus ojos de búho seguían nuestros movimientos. El cuadro estaba pintado en tonos negros y grises. Mi hermana menor miró con terror la imagen y hasta Beatrice se sorprendió de la fuerza macabra que emanaba de ella.