Beatrice se topó con una botella de vidrio azul escondida detrás del espejo. Su base era ancha y la parte superior se alargaba y curvaba como el estilizado cuello de un cisne. Era bastante pesada para su tamaño. La levantó y me la entregó.
—¡Qué hermosa es!—dije tomándola por el pico y sacudiéndola ligeramente.
Mariana y Beatrice se situaron a mi lado. Escuchamos gritos en el interior, los mismos que escuchamos desde la cocina. Intrigada volví a sacudirla y se repitieron.
—¿Qué es eso? —preguntó Beatrice.
Pensando en que algún animal había quedado atrapado en el interior, aflojé la tapa con sumo cuidado y volví a sacudirla: un zumbido estrepitoso, como de huracán, se escuchó con fuerza. Tan brusco fue el movimiento que caí de espaldas y al hacerlo, lancé la botella contra una pared. Por fortuna, no se rompió. De pronto, entre la niebla, apareció un muchacho de tez trigueña, vistiendo unos bombaches verde olivo, con un turbante fucsia amarrado en su cabeza. Su torso estaba desnudo y lo adornaba un medallón de oro macizo, sus dedos portaban varios anillos. Beatrice y Mariana gritaron y corrieron a ocultarse detrás de un bulto, pero yo quedé de frente a la aparición completamente explayada en el piso, sin posibilidad alguna de huida.
En principio, el mozo parecía aturdido y miraba con obstinación los bultos cubiertos por sábanas que semejaban fantasmas a punto de espantar. No sabía dónde se hallaba. De repente, sus ojos aceitunados bajaron la vista para posarse en los míos. Aún me hallaba tendida sobre los azulejos y durante unos segundos lo miré con expectación, al igual que él a mí.
La escena que siguió a continuación parecía plagiada de una película de Cantinflas. El espíritu revolucionario que invernaba en Beatrice salió a la luz y tomando un zapato rojo que sacó de una bolsa, se abalanzó sobre el joven, quien sorprendido por el ingrato recibimiento salió despavorido para ocultarse detrás de un bulto, que resultó ser el mismo elegido por Mariana como escondite. Lo que siguió fueron gritos de sorpresa proferidos por ambos bandos y la subsiguiente carrera en dirección contraria para alejarse el uno del otro. Mientras la dantesca escena se desarrollaba ante mis ojos, tuve tiempo de incorporarme y sacudir el polvo de mi túnica. Cuando terminé, Beatrice ya había puesto sus manos sobre el perplejo joven, quien pataleaba y vociferaba tratando de zafarse.
—-¿Quién o qué eres? —pregunté.
El aludido se mostraba compungido. Se postró a mis pies, esperando de seguro otra embestida de mi hermana.
—Soy un genio, o eso era antes de que me encerraran en la botella —contestó balbuceante.
Lo miré detalladamente. Nada en su aspecto denotaba que fuera violento. Parecía confundido y dijo:
—Fui encerrado en la botella por la hechicera Zarnia cuando recién aprendía a ser un genio. Disculpen —dijo tomando una bocanada de aire. Luego, agregó:
—Soy claustrofóbico y todos estos años de encierro no hicieron más que acrecentar mis dolencias. Además, empeoraron mis migrañas y mi úlcera estomacal. Sufro de asma, un trastorno respiratorio y un pequeño desorden nervioso. Por todo lo demás, soy bastante sano. ¿Son ustedes aprendices de la hechicera? —preguntó con temor.
Lo miré de arriba a abajo, lo mismo hicieron mis hermanas. La situación era sumamente extraña. Estábamos allí en las profundidades de un sótano hablando con un extraño que se definía como un genio, pero que tenía todas las características de un adolescente. Por lo demás, era lógico que nos hubiera confundido con aprendices de Zarnia, después de todo estábamos en su casa y yo llevaba puesto el traje de bruja. Entonces, aclaré:
—No, no somos aprendices. Entramos a la casa porque estaba vacía y sentimos curiosidad por saber cómo vivía una bruja. Dices que eres un genio, jamás pensé que en realidad existieran. Siempre creí que eran invenciones de Las Mil y una Noche. Ahora que te veo, no sé qué pensar ¿Estás seguro de que eres uno?
Esta vez fue el muchacho quien reflejó su sorpresa, jamás nadie había dudado de sus palabras, así que cruzando sus brazos contestó más tranquilo:
—Bueno, salí de una botella entre una densa nube de polvos verdes, me agrandé ante sus ojos ¿No es eso prueba suficiente de que soy un genio? Mi nombre es Batam-Al-Bur, a su servicio —dijo, inclinándose con una reverencia.
Mariana y Beatrice sonrieron y fueron a sentarse sobre un taburete, mientras el genio y yo permanecimos de pie. Juzgué que no había razones para preocuparse y me presenté:
—Mi nombre es Camila —y alargué mi mano para estrechar la suya, él en cambio la tomó y le estampó un sonoro beso.
—Tu nombre es demasiado largo, te llamaré genio —dije.
Arrugó la frente y encogió los hombros. Estaba muy orgulloso de su nombre y el ritmo sonoro que emanaba de su pronunciación. En modo alguno quería ser llamado genio.
—En tal caso, entonces, yo te llamaré muchacha —respondió.
—Pero ese no es mi nombre —protesté.
—¡Exactamente! El mío tampoco es genio —subrayó.
—Está bien, entiendo tu punto, Batum —contesté.
—Batam-Al-Bur —corrigió.
—En Las Mil y una Noches, la aparición de un genio se traduce siempre en la obtención de tres deseos. ¿Me los concederás, Batum?