La celebración del Solsticio de Verano era una festividad que se conmemoraba la tercera semana de Julio. Los magos y hechiceras de los asentamientos más prestigiosos del mundo se reunían para participar en la ceremonia de apertura, y era considerado un evento de mucha trascendencia.
En esa oportunidad, Leonardo estuvo a cargo de la logística. Se acondicionó el Salón de los Moradores, su techo de cristal abovedado era un portento de ingeniería. Monolitos de mármol blanco adornaban las esquinas y sostenían las vasijas de incienso y mirra que perfumaban el ambiente. El estandarte de la Cofradía y un puñado de ornamentos metálicos adornaban las paredes. Aquella mañana los invitados se agolparon en la galería que precede al Salón, esperando la llegada de Americus para dar inicio al magno evento. Estaban presentes los magos de la Cofradía Alejandrina, las hechiceras de la Orden Blanca y los jefes de las comarcas, Alaris, Ducran y Xanatrix, quienes no se sentían muy cómodos en presencia de los magos, así que mantenían una actitud distante. Leonardo y su prometida, Duprina, estaban en la puerta, de lado a los estandartes. La muchacha, como siempre, colgada del brazo de Leonardo. Era atractiva, no cabía duda, con una larga cabellera negra que aterrizaba en su cintura. Sus ojos pardos miraban todo con recelo. Vestía una ceñida túnica que mostraba sus atributos con excesiva desfachatez. Al cabo de un rato, viendo que su padre no aparecía, Leonardo abrió las puertas para permitir la entrada a los concurrentes. El Salón estaba engalanado para la ocasión y los ventanales se habían dejado abiertos para permitir la entrada de la brisa marina.
El joven miró el reloj de nuevo. Americus no aparecía, lo cual era inusual. Comenzó a preocuparse y, cuando se disponía a buscarlo, vio por la ventana algo grande que volaba. Al principio pensó que era un águila planeando, pero a medida que se acercaba, se dio cuenta de que era una alfombra y había personas en ella. Gritaban con la efusividad de un náufrago a la vista de un barco. Entonces, creyó que se trataba de un ataque de las Sombras y sacó su vara para repelerlos. Pero en cuestión de segundos, la alfombra entró por la ventana, sobrevoló las cabezas de los presentes (dos hechiceros, muy altos, se agacharon para no quedar decapitados), esquivó por centímetros la lámpara en forma de araña del techo, derribó los ornamentos de hierro que adornaban las paredes y tumbó las veladoras de los candelabros preparadas con parafina y esencias con un mes de antelación, y cuando cayeron, incendiaron el mantel.
Todo esto sucedió en segundos y Leonardo lo observó con estupefacción. Enseguida se hizo evidente que había que controlar el fuego. Una hechicera gorda que vestía una túnica azul semejante a una carpa de circo, lanzó unas tímidas gotas de agua con su varita, que pronto se transformaron en un torrente que alcanzó también a otros dos brujos. Estos, en represalia, mojaron a la hechicera, y en menos de un minuto todos se estaban mojando entre sí.
Nosotras, desperdigadas en el piso, viendo la dantesca escena, lejos estábamos de imaginar que el espectáculo se causó a costa nuestra. Estábamos aturdidas por el impacto, pero me levanté como pude y me encontré rodeada de rostros furiosos. Mis hermanas se escondieron a mis espaldas, con un Bartolomeo desubicado quién, percibiendo la conmoción, trató de esconderse debajo de la alfombra. Con el rebote, Batam-Al-Bur salió disparado y chocó con el borde de una mesa. Mientras se levantaba, decía, agarrándose la sien con las dos manos:
—Desde el día en que las conocí los chichones abundan en mi cabeza.
Fue entonces cuando vi al joven con los ojos más azules que había visto en mi vida, los ojos eran bellísimos, pero el rostro era gélido. Vestía el atuendo típico de los magos: un sobretodo negro que cubría su cuerpo hasta las rodillas, una camisa excesivamente blanca, con puños adornados con yuntas de oro, sus botas estaban pulidas hasta la exageración y un sombrero de ala negro cubría su frente, dejando al descubierto solo los ojos índigos. Su presencia me provocó un estremecimiento porque su mirada era cruel.
Los presentes estaban enfurecidos y la expresión de sus rostros era comparable con la de un bulldog a quien le estuvieran arrebatando su alimento. Ciertamente, tal actitud no presagiaba nada bueno. Y así, cuando más aturdida estaba, escuché la voz autoritaria del joven:
—¡Guardias! ¡Vengan! ¡Tenemos intrusos!
Dominada por una extraña excitación entendí que debía calmar los ánimos. No éramos intrusos, sino visitantes en busca de ayuda. Enseguida, quise aclararlo todo:
—Disculpen esta entrada tan aparatosa. Nuestra alfombra se descontroló. No queríamos interrumpir, pero lo cierto es que estoy desesperada y necesito un mago o una bruja con carácter de urgencia. ¿Me pueden ayudar?
Ocurrió, pues, que mis palabras no surtieron el efecto deseado y la muchedumbre vociferaba con indignación. No sabía cómo hacerles entender que no éramos delincuentes, ni una amenaza para su seguridad. Entonces, vi mi imagen reflejada en un espejo.
—¡Oh, por Dios! —pensé.
Mis cabellos estaban enmarañados y un moho verdusco enlodaba mi cuerpo y mis zapatos, haciendo imposible precisar donde comenzaba uno y terminaba el otro. Parecía una indigente ¡Con razón aquellas personas estaban tan molestas!
—¿Será que no hablan español? —preguntó Beatrice.
Vi cómo el barro de nuestra ropa se desprendía y caía sobre el mármol blanco del piso, bajo la mirada atónita del mago que nos miraba con repulsión.