Los Dos Libros de San André

14. Leonardo, el Mago

A pesar de sus agraciadas facciones, los modales de Leonardo eran francamente hostiles. Su hablar denotaba el refinamiento de largas horas de estudio, pero su trato era orgulloso, como se esperaría de una persona de posición bien acomodada. Intrigada por conocer más de él, visto que tendría que soportar su presencia en los días venideros, decidí recabar toda la información posible.

Me encontraba en la habitación que nos asignaron, esperando a que mis hermanas regresaran de su paseo, cuando vi que entraban dos mucamas para realizar la limpieza. Estuve rato debatiendo si las interrogaba o no. Una se retiró, y la otra se quedó limpiando la mesa de noche. Me acerqué con la firme intención de indagar sobre el mago. No tuve que insistir mucho, porque Diana, la mucama, estaba muy bien dispuesta a la tertulia. Fui directo al grano:

—¿Hace tiempo que el mago vive aquí? —pregunté.

—¿Americus? —replicó.

—¡No! —corregí— Me refiero a Leonardo.

La muchacha dejó entrever que comprendía mi interés por el muchacho y con picardía, dijo:

—Nació aquí. El reino celebró con alborozo la llegada del primogénito de Americus y Bela. Era rollizo y sus mejillas, encarnadas. Las festividades del nacimiento duraron un mes, donde no faltó ni comida ni bebida y los fuegos artificiales alumbraron las noches más que las estrellas. Yo no lo presencié, pero mi madre me lo contó.

Hizo una pausa y me miró indecisa como calibrando mi interés en la historia, así que para motivarla, seguí preguntando:

—¿Y siempre ha estado en Eisenbaum?

La aludida negó con la cabeza.

—Los primeros años fueron tranquilos y apacibles. No mostraba señales de que la magia morara en su interior. Fue en su octavo cumpleaños cuando los primeros indicios emergieron con claridad abrumadora. Enseguida, se hicieron los arreglos para que asistiera a la escuela de magia de Ettonguess en Dinamarca. Como padres, Americus y Bela estaban abrumados por la inminente separación de su único hijo; como magos, conocían demasiado bien la importancia de educar los poderes; y aunque esta resolución de alejarlo era dolorosa, sabían que era necesaria. De joven, era gallardo y considerado. Ni el poder ni la riqueza le impidieron estudiar dos carreras simultáneamente: arquitectura e historia del arte, y más tarde aprendió latín, sánscrito y otros dialectos para leer los textos mágicos en su lenguaje original. Se entusiasmó tanto con los libros que posteriormente se integró al grupo de búsqueda de los tomos sagrados de la Cofradía Alejandrina. En poco tiempo estaba ostentando la posición de Mago Regente, uno de los más distinguidos cargos de la organización, siendo el miembro más joven en ocupar dicho rango —dijo con orgullo.

Los comentarios de la mucama me sorprendieron. Hablaba de él con consideración y respeto. Aparentemente era querido por sus súbditos, aunque yo no entendía por qué. Aproveché la pausa para ir a sentarme en un pequeño sofá. A medida que oía su historia más quería conocer las vivencias que le forjaron el carácter. Me intrigaba el hecho de que una persona tan agraciada en los plácemes del amor y la fortuna, hiciera esfuerzos tan contundentes para hacerse antipático. Diana dio una vuelta para extender las sábanas de la cama y continuó su relato:

—En sus días de universitario convivió con otro mozo, Dorian Parr, quien al igual que él dejó a su familia para ir a la universidad. Era de Sartón, otro asentamiento de magos de menor importancia. No era tan buenmozo como mi señor, pero tenía la labia engañosa de las serpientes. Se hicieron amigos de inmediato y compartieron muchos ratos de ocio y diversión. Sin embargo, hubo un incidente que provocó la ruptura de la amistad y marcaría para siempre el carácter del señor Leonardo.

Entorné los ojos y apresté mis oídos para recibir la información. Me figuré que a esas alturas del relato sería absurdo disimular mi fascinación, y Diana así lo entendió porque su charla se mostró más concisa:

—Se enamoró de una joven, Aurora, cuyos padres no tenían asociación con la magia. Su belleza era etérea, casi de otro mundo. Se comentaba que tenía rizos de oro arremolinados en su cabeza y ojos transparentes como aquellos que portan las muñecas de porcelana. Era hija de un comerciante que poseía una panadería muy cerca de la Universidad. Allí concurrían los estudiantes para pasar el tiempo. Pronto Leonardo se convirtió en un cliente habitual. Le tomó dos meses reunir el valor suficiente para pedirle a la muchacha que saliera con él.

Diana se detuvo para una pausa, luego prosiguió:

—Dorian se extasiaba también en la belleza de la muchacha y a espaldas de su amigo, intentaba obtener sus favores. Poco después, Leonardo y Aurora se hicieron novios y a los meses ya estaban hablando de matrimonio.

La criada acomodó las acolchadas almohadas en su sitio y siguió quitando el polvo de los muebles. Una expresión de complicidad se dibujó en su rostro cuando continuó la narración:

—Tres meses hubo de ausentarse Leonardo de Ettonguess, tras la enfermedad que llevó a su madre a la muerte. Cuando regresó, antes de lo esperado, halló a su novia tumbada en los brazos del infame Dorian. Ese pillo ni siquiera hizo el intento de explicar su canallada y Leonardo estaba demasiado herido para pedirle una aclaración. Esa traición minó la confianza de Leonardo en las personas. Leonardo se encerró en sí mismo, no quiso hablar del incidente. Entonces, murió Bela. Creo que la traición unida al desconsuelo por la pérdida de su madre fue mucho dolor para sus hombros. Americus trató de animarlo, pero no era mucho lo que podía hacer.




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