A los albores del día nos reunimos con Leonardo en la terraza ubicada en el punto más alto de La Fortaleza. El viento marino golpeaba con fuerza nuestros rostros, pero la vista panorámica del océano por un lado y la montaña de la Osa Blanca del Norte, por el otro, amainaban en gran medida cualquier molestia que el viento produjera. Azucena nos equipó con atuendos de viaje, así que no tuvimos que pasar por el bochorno de tener que usar las ridículas prendas de odalisca. Beatrice y el genio sostenían la alfombra, ya que usaríamos otro medio de transporte provisto por los magos. Mariana abrazaba con fuerza a Bartolomeo.
Americus llegó justo a tiempo para despedirnos. Nos fue abrazando una a una, y cuando llegó mi turno, me aconsejó:
—Camila, ten paciencia con Leonardo. Me reuniré con ustedes tan pronto finiquite los asuntos que tengo pendientes en la comarca. Mantén la calma. Irán a la casa de la hechicera Zarnia, si encontraste el libro negro de Abramelin allí, es probable que también encuentres el nuestro en esa casa. Sería un hallazgo importante.
—Gracias por todo, Americus. Ojalá así sea.
Y dirigiéndose a Leonardo, prosiguió:
—Aquí está el libro negro de Abramelin. Es posible que lo necesiten. Asegúrate de traerlo contigo cuando regreses —y le entregó el tomo en mano. Leonardo lo guardó en una mochila.
Me sorprendió ver que Duprina llegaba a la terraza. Su hipocresía no tenía límites. Su intención era dejar en claro que Leonardo era su prometido y que ninguna tenía chance de tener una aventura romántica con él. Por tal razón, se despidió dándole un beso impropio, que hizo que me ruborizara y se incomodaran los demás. Americus interrumpió:
—¡Ya es hora! Leonardo hará la transportación. Colóquense en el centro de la estrella —dijo señalando un dibujo tallado en el piso, del cual no me percaté hasta ese entonces.
Así lo hicimos. Mis recuerdos de ese momento son confusos: mi cuerpo flotaba como si estuviera en el mar y tuve la sensación de estar chocando con muchas luces. Caí en un sueño profundo, y cuando desperté, nos hallábamos en el porche de la residencia de la hechicera Zarnia. No sé cómo lo hizo, pero quedé sorprendida por las habilidades mágicas de Leonardo. Quise expresarle lo mucho que apreciaba lo que estaba haciendo por mí:
—Tu magia es mucho más poderosa que mi alfombra. Tardamos todo un día en llegar a Eisenbaum, pero tú nos trajiste en menos de un minuto.
Leonardo me miró sin responder, impermeable a mis avances de buena voluntad. Abrió la puerta de la casa y entró a la sala. Lo seguí. Detrás de mí, entraron Mariana y Beatrice. Esta última comentó:
—Oye, ¿Crees que sea buena idea estar en esta casa? La última vez saliste con un anillo hechizado, qué tal si nos encontramos ahora con alguna otra prenda predispuesta por la bruja para dañar.
—Esta vez tenemos a un mago —dije, al tiempo que seguía a Leonardo, quien avanzaba tan rápido que se me hacía imposible mantenerle el paso. Intuí que estaba tan desagradado con mi presencia que buscaba formas de mantenerme a distancia.
El genio y Bartolomeo se quedaron en el porche. Beatrice y Mariana seguían detrás de mí. Por más preguntas que le hacía, no conseguía que me contestara. Al final me cansé de tanta indiferencia. Lo tomé por el brazo y le grité:
—Mira, no es mi culpa que Americus te haya mandado a cuidarme. ¿Qué he hecho para molestarte tanto?
El mago no contestó y prosiguió caminando hasta la entrada del sótano. Allí se detuvo, ocasión que aproveché para hablarle de nuevo:
—¿No les enseñan buenos modales a los magos? porque es muy mala educación no responder cuando alguien te está haciendo una pregunta.
Beatrice y Mariana se detuvieron a unos pasos de mí. La primera me tomó del brazo y me apartó un poco:
—Deja de atosigarlo Camila, lo que vas a conseguir es que se vaya y no te ayude.
—Yo pienso que es tierno —dijo Mariana con un suspiro.
Los pensamientos de Leonardo estaban muy lejos. El mago meditaba sobre las razones que habría tenido Americus para mandarlo a San André. Duprina estaba histérica, no comprendía por qué lo habían enviado como niñera de unas muchachas que a todas luces eran unas malcriadas. Leonardo sabía que Duprina tenía la tendencia a exagerar y un gusto exacerbado por el dramatismo, pero en esa ocasión, concordó con sus apreciaciones. Esa tarea estaba lejos de las actividades de su rango y aceptó solo porque su padre así lo demandó, pero el trato no incluía que debía ser amable. El problema era que Camila hablaba mucho y se sentía en extremo aturdido. Hasta pensó en usar uno de los conjuros de sus primeros años de estudio para quitarle la voz. Ese hechizo se aprendía en la escuela básica de magia y hechicería, era muy popular entre los muchachos que se entretenían enmudeciéndose mutuamente; incluso hasta los profesores lo usaban para aplacar el bullicio de ciertas clases. Sin embargo, no creyó que Americus lo aprobara, por lo cual se abstuvo.
Como Leonardo seguía en silencio, continué diciéndole:
—-Ya fuiste bastante grosero en el castillo, yo quería que mandaran al otro mago, de mirada afable, Dorian. No es mi culpa que Americus te haya seleccionado. Yo hubiera preferido cualquier otro.
—No hay otro, señorita —dijo, al fin— Yo soy el mejor.