El sótano de La Borrascosa era un cementerio de cosas inservibles cubiertas de naftalina y polvo. No era inusual que algún miembro de la servidumbre bajara a descargar trastes o se apersonara para organizar cajas y baúles magullados tras largos años de encierro.
Desde el primer día, me percaté de la cantidad de libros que se apilaban allí y me propuse restaurar los que estuvieran dañados. Los colocaba sobre la única mesa del lugar, la que alguna vez presidió las comidas de la familia, los estudiaba con curiosidad, leía el título varias veces como si quisiera grabar en mi memoria las letras para un posterior encuentro, y continuaba hojeando las páginas hasta que la luz del sol se escondía. Mi caja de herramientas consistía en un gastado cepillo de cerdas suaves, dos paños de felpa desteñidos, una bolsa con miriñaques, pega y papeles lustrados. Desde que mis hermanas se dormían hasta muy entrada la noche, me dedicaba a darle vida a los tomos olvidados. Llevaba meses organizando una biblioteca improvisada con los libros que se hallaban en óptimas condiciones.
Cuando llegamos al sótano, sabía exactamente en dónde buscar y me dirigí a la estantería que agrupaba la mayor cantidad de libros. El ejemplar que buscábamos no era uno cualquiera. Muchos hombres mataron por él, fue deseado por magos y hechiceras desde que desapareció del mundo en la época de la inquisición, cuando su tenencia era una sentencia de muerte para el portador.
A pocos pasos de mí, sin que yo la notara, tres seres del mundo mágico hacían su tarea: Cirila, un hada de aspecto gentil, revoloteaba alrededor del libro y quitaba las motas de polvo que cubrían la carátula. Petrarco, un duende gruñón y mal vestido, se afanaba en empujarlo hasta la orilla de la biblioteca para hacerlo más visible y Drefno, un elfo estadounidense de modales exquisitos y andar suntuoso, alejaba a las alimañas que se acercaban. Ninguno medía más de diez centímetros. El libro había elegido a la portadora y el trabajo de los guardianes era hacer posible el encuentro.
Fijé la mirada en un ejemplar forrado en terciopelo rojo con letras doradas que pendía de una estantería. Me atrajo desde el primer momento y presentí la emoción del momento. Mi corazón palpitó con más fuerza. Lo llevé a la mesa y encendí una lámpara de kerosén para examinarlo mejor. Una a una las diminutas partículas de polvo fueron desnudando el conjunto de letras que yacían ocultas. Ni la mugre ni la erosión del tiempo pudieron desvirtuar la majestad del título: Las Llaves del Reino.
—¡Lo encontré! ¡Lo encontré! —grité de emoción. Enseguida mis hermanas y Batam se acercaron.
La sensación de alivio era comparable a la del condenado a quien se le condona la pena de muerte a último momento. Beatrice y Mariana gritaban y se abrazaban.
—No necesitamos al mago —dije con algarabía.
Corrimos al colchón, yo sentada al medio, coloqué el libro sobre mis piernas con la intención de revisarlo. Pero la alegría nos duró poco, hasta que lo abrimos y notamos que estaba escrito en un idioma desconocido. Después de todo, parecía que sí requeriríamos la ayuda del mago y se hizo evidente que tendría que buscar una excusa para salir de La Borrascosa.