Pero la búsqueda del mago tuvo que esperar por la ocurrencia de un evento muy doloroso. Filomena era un miembro muy preciado en nuestra familia. Tan querida y amada como cualquier otro miembro. Y es que para pertenecer a nuestro entorno no hacía falta mucho, bastaba con un poco de amor mostrado sin fingimientos. Nosotras no discriminábamos a nadie y el objeto de nuestro afecto bien podía ser una persona o un animal. Con estas consideraciones, veíamos cómo nuestra parentela se iba ensanchando como las márgenes de un río hasta abarcar no solo a los integrantes de sangre, sino a todos aquellos que por afinidad así lo quisieran.
Filomena en reciprocidad a nuestros afectos cacareaba los suyos por el sótano. Quiso la adversidad que mientras buscábamos al libro, la puerta entornada del sótano tentara su espíritu aventurero y a riesgo de su propia seguridad saltó la escalerilla hasta desembocar en el amplio corredor que llevaba a la sala. Hasta allí, todo fue bien. Miró un buen rato los objetos amontonados a lo largo de la estancia; uno en especial llamó su atención, la imitación de una obra de Van Gogh, Primeros Pasos, que colgaba en la pared; quizás los tonos verdosos de la pintura evocaron la remembranza de tiempos pasados, o tal vez le gustó la composición cromática de los tonos pasteles. Nunca lo sabremos. Lo cierto es que Filomena, para su fatalidad, después de contemplar largamente la pintura, se enrumbó al piso superior hacia la habitación de Leticia, sin pensar en las trágicas consecuencias de tan temeraria acción. La muchacha se encontraba de frente a su peinadora admirando su imagen, cuando la vio entrar con un collar de canutillo y las pezuñas escarlatas. Debió parecerle una criatura del infierno que venía por ella para cobrarle sus pecados.
Hasta la cocina llegaron los gritos de Leticia y los cacareos de Filomena. Después, solo silencio. Llegamos de primeras a la habitación, detrás de nosotras, Ño Josefina, y mucho más atrás, algunos miembros de la servidumbre. Leticia estaba sobre su cama en shock con la mirada extraviada y aún con el arma perpetradora entre sus manos. Filomena yacía sobre la alfombra con la mirada vítrea y el pico entreabierto. Quedé petrificada en la puerta, pero Mariana no, abriéndose paso entre los cuerpos, caminó resuelta hasta donde estaba el ave desdichada y desatándose el nudo de su bufanda la envolvió con el mismo cuidado como si estuviera dormida en lugar de muerta. Salió de la habitación, y detrás de ella, nosotras. Ño Josefina se quedó reviviendo a Leticia y sacándola de su soponcio, informándole que la gallina se había escapado del corral días atrás, salvando así nuestra responsabilidad en el asunto.
Ya en el sótano, informamos del deceso a la negrita Salomé y a Batam-Al-Bur, quienes rompieron a llorar con mucho sentimiento. La tristeza de Mariana estaba controlada, solo el hilo de una lágrima rodaba de vez en cuando por su mejilla para caer sobre el plumaje del ave que acunaba entre sus brazos. Colocó el bulto sobre la mesa y le alisó las plumas. Buscó su alfombra de felpa y sus pertenencias y las apiló en una caja de madera que pensaba usar como ataúd. Beatrice dijo:
—Camila, ve por el mago. Yo me quedo con Mariana a buscar un lugar en el bosque para enterrar a Filomena.
—No, Beatrice. Quiero estar con ustedes. A lo sumo tardaremos una hora. Después iré por Leonardo.
De salida, Beatrice tomó del jardín de Gertrudis, dos hermosos claveles y nos adentramos apesadumbradas en la tupida arboleda. El cortejo fúnebre lo componíamos Beatrice, Mariana, la negrita Salomé, Batam-Al-Bur, Bartolomeo y yo. El recorrido estuvo plagado de melancolías. Jamás ave alguna fue más querida y llorada en esta tierra. La salvamos de las verduras y el cilantro, pero no pudimos salvarla de la mano asesina de Leticia. El llanto lento y compungido de Mariana desgarraba el corazón. Dolor impotente nacido ante la incomprensión de la muerte de un inocente que llenó de alegría nuestros días.
Llegamos a una colina en donde una tenue brisa mecía la hierba. A lo lejos, se veían Las Mininas. El rumor de un arroyuelo se escuchaba muy cerca, melodía divina que acompañaría el sueño eterno de nuestra amiguita. La enterraríamos bajo la sombra de un araguaney florecido. El genio cavó, la pala hería la tierra y la desplazaba en tajadas a un costado hasta que quedó una hendidura que recibiría al improvisado ataúd. El cielo compartía nuestra tristeza, encapotado con su vestimenta negra de nubes a punto de soltar las lágrimas de la lluvia.
—¡Agua Bendita! —dijo Mariana— Necesitamos agua bendita o no irá al cielo.
Imaginé a la pobre Filomena cacareando por los terrenos sulfurosos del infierno. Tanto cuidarla para salvarla de los fuegos terrenales para que fuera a perecer ahora en las brasas candentes del infierno. No lo permitiría. Si agua bendita era todo lo que se requería, la conseguiríamos para asegurarle el descanso eterno. Les dije a mis hermanas:
—Son las seis, así que la misa no ha empezado. Ustedes recen un rosario, mientras tanto yo conseguiré el agua. Estaré de vuelta en unos minutos.
Beatrice sacó de su bolso de maquillaje una botellita de perfume que siempre llevaba encima. Se deshizo del líquido y me la dio.
—Toma —dijo— Trae aquí el agua.
Enseguida, el genio se incorporó. Soltó la pala y se sacudió la tierra. Quería prestar su ayuda. Todo lo que había hecho hasta el momento había salido mal, así que se ofreció como voluntario para buscar el agua en el pueblo para reivindicarse ante nuestros ojos.