Después del sepelio, lejos de las miradas y los oídos indiscretos de los habitantes de la casa, nos reunimos en el patio trasero. Aunque estábamos tristes, retomamos el asunto del anillo. Buscábamos una excusa creíble que explicara mi ausencia mientras iba al pueblo a buscar al mago. Tres días habían transcurrido, y solo me quedaban dos para revocar la maldición. El mago era mi única esperanza. Por mucha antipatía que mi presencia le inspirara, estaba segura de que seguiría al pie de la letra las indicaciones de su padre. Americus dijo que el libro me revelaría sus secretos, pero, o yo estaba sorda, o el libro estaba mudo, porque pasaban las horas y yo no percibía ni un susurro. Y de los guardianes no tenía la más mínima evidencia de su existencia.
Beatrice dijo:
—Creo que lo mejor es que vayas después de la cena, cuando todos estén dormidos. Así no tendrás que explicarle nada a nadie.
Mariana agregó:
—O puedes mandar a Batam por el mago y entregarle el libro aquí.
Después de reflexionar, me di cuenta de que la opción de enviar a Batam era la más sensata, así que le dije:
—No perdamos tiempo. Ve por el mago, Batam. Dile que encontramos el libro y que venga pronto. No tendrá problemas en entrar a La Borrascosa si usa su magia. Nos veremos en el sótano.
Batam-Al-Bur partió. La hora de la cena llegó y los desaforados gritos de Ño Josefina demandaban nuestra presencia. No habíamos comido nada en todo el día. Arribamos al comedor y la mulata y la negrita Salomé cantaban una melodía sureña que tornó mi carne de gallina, como si una extraña premonición alargara su ominosa sombra hasta el presente para enturbiar mis últimos días de felicidad sobre estas tierras. Ellas, ignorantes de la conmoción que produjo su musicalidad en mí, continuaron acomodando los platos sobre la ornamentada mesa al son de los nostálgicos acordes. A mis espaldas, escuché la voz de Mariana repitiendo a modo de súplica:
—¡Que no sea avena! ¡Que no sea avena, por favorcito!
Pero en lugar de avena, había una bandeja de panecillos recién horneados que despedían un agradable aroma que hacía agua la boca, con queso amarillo y lonjas de jamón en cada plato. Y por si esto fuera poco, teníamos una jarra de jugo de naranjas y otra de leche. Nos abalanzamos sin recato sobre las escudillas servidas y devoramos la variedad de exquisiteces. Unas tartaletas de crema y fresas nos fueron servidas como postre.
—Ño Josefina, ¿A qué se debe esta comida tan especial? —preguntó Mariana recelosa con un grueso bigote de leche sobre los labios y masticando aún los restos de la tartaleta.
La mulata la miró indecisa ponderando si revelaba o no lo informado por Gertrudis. Este estado dubitativo duró apenas unos segundos, no le agradaban las injusticias y pensó que lo mejor para nosotras era que supiéramos cuanto antes la verdad. Enseguida dijo:
—Esta noche tendremos la visita del Prefecto Farfán. La Sra. Gertrudis giró instrucciones para que estuvieran bien alimentadas y vestidas a las nueve en punto.
Miré el reloj, iban a ser las siete. Lo último que quería esa noche era recibir visitas, y menos cuando pensaba encontrarme con Leonardo en el sótano.
—¿Pero qué tiene que ver ese señor con nosotras? —pregunté.
La mulata sopesó por un momento su respuesta, tenía sospechas de lo que planeaba su señora, pero hasta no tener la confirmación, no quería trastornar nuestra existencia con simples conjeturas.
—No lo sé, la Sra. Gertrudis y Leticia las están esperando en el estudio para darles más detalles.
Me levanté de la mesa sin terminar el postre. Gertrudis tramaba algo. Nunca en los pasados seis meses tuvo un gesto cordial o una palabra cariñosa para nosotras. Todo lo contrario, no paraba de recriminarnos y repetirnos que éramos una carga, una abominación, que los gastos de nuestra manutención eran exorbitantes y que recurrió a préstamos bancarios para compensar el déficit. Lo cierto era que ella, lejos de destacarse por sus habilidades como administradora, sí descollaba por sus habilidades como derrochadora compulsiva, al igual que Leticia, por lo que la salud financiera de la familia se veía seriamente afectada a intervalos regulares, llegando al extremo de no tener con que pagar los salarios del escaso personal doméstico que aún habitaba la casa.
Las reuniones en la sala o en el estudio de La Borrascosa no gozaban de buena fama en nuestro círculo familiar. Cada vez que éramos llamadas por Gertrudis era para reclamar algo, despojarnos de algo u obligarnos a algo. Sin embargo, sin opción, nos dirigimos como corderitos arreados al estudio en donde una muy amable Gertrudis nos invitó a entrar y a tomar asiento.
La mujer era un dechado de nervios. Agitaba sus manos, sus pasos eran indecisos y su bastón golpeteaba el piso con rudeza. La miramos extrañadas, preguntándonos que era eso tan importante que requería tal esfuerzo de su concentración. Caminó unos pasos más, luego se sentó detrás del escritorio caoba que trajo el abuelo de uno de sus tantos viajes a Europa, y dijo:
—Hay un asunto muy importante que quiero discutir con ustedes. Un asunto tan crucial que cambiará el destino de esta familia —al decir esto caminó hasta la ventana que se encontraba al otro extremo. Se ajustó sus anteojos y prosiguió:
—En la noche de hoy vendrá una eminencia a visitar nuestra humilde morada.