Los ecos de luz

Un chico nuevo en el campo de tiro

El viento soplaba cálido ese día, lo justo para rozarme la mejilla y enredar algunos mechones sueltos. Me gusta esa sensación; me ayuda a estar presente, concentrada en el blanco frente a mí.

El campo estaba en silencio. La mayoría de alumnos se habían marchado hace unas horas. Solo quedaban unos cuantos como yo, entrenando a lo lejos o hablando entre ellos. Aún así, el lugar tenía una calma interrumpida solo por murmullos lejanos y el sonido de la cuerda al tensarse. Este es mi momento favorito del día. Cuando nadie miraba. Cuando fallar no significa nada para nadie más que para mi.

Tengo el arco firme entre mis manos. Conozco su peso; incluso suele reconfortarme. El arco no exige emociones, solo presición, y eso al menos puedo dárselo. En cambio, las personas son más complicadas siempre esperan una reacción, algo que muestre debilidad; palabras correctas y gestos adecuados. Con el arco no. Si, fallas es tu culpa. Si, aciertas también. Es una relación honesta, por eso lo prefiero.

Inspire despacio y el mundo se redujo al blanco frente a mi. Nada más.

Solté, el impacto fue limpio. Justo en el centro. Sin embargo, no sonreí. Nunca lo hacía. Nunca me lo permitia. Nada es seguro. No sabes cuándo fallarás ni qué te costará ese error, aunque sea uno mínimo. En este mundo todo tiene un precio.

Volví a cargar otra flecha, repitiendo los pasos que mi cuerpo ha memorizado tras horas de entrenamiento: la postura firme, los hombros alineados, la respiración medida. Todo ocurría sin pensarlo demasiado.

Inspirar. Tensar. Soltar.

Cargué de nuevo, lista para disparar cuando escuché un ruido a lo lejos; apenas un crujido, casi imperceptible, como si alguien hubiera pisado mal la hierba. Trate de ignorarlo, pero entonces el sonido se repitió, más claro, más cerca. Es molesto cuando interrumpen mis rutinas.

Me giré aún con el arco levantado y encontré la imagen de un chico al cual no había visto antes por la institución, pero algo en él me resultaba extrañamente familiar. Era algo alto, solo me sacaba unos cuantos centímetros. Tenía una postura relajada, pero no descuidada. Sus ojos claros, atentos —demasiado atentos— recorrían el campo con curiosidad contenida.

No parecía nervioso ni cómodo. Era una mezcla extraña, podía percibir que no sabía bien en donde se encontraba... pero hacia un esfuerzo por parecer que si.

—Tranquila —dijo con un tono relajado—. No iba a interrumpir.

—Pues ya lo has hecho —dije, con el arco apuntandole. Aún no me fiaba del todo.

—No era mi intención —replicó, mientras su mirada se desviaba a los al rededores del campo—. Solo estaba explorando el lugar.

Explorando. Eso podría significar muchas cosas.

—¿Eres nuevo? —pregunté sin rodeos, bajando solo un poco el arco.

—¿Es muy obvio? —contestó, una pequeña sonrisa apareciendo en su rostro.

—Un poco.

No era nada común ver estudiantes vagando sin rumbo. La mayoría tiene posiciones asignadas, campos donde entrenar, más si ya habían escogido una División. Así que sí, resultaba algo obvio.

—Además —añadí—, este lugar no suele ser para... explotadores. Podrías acabar con una flecha en la cabeza, por ejemplo.

Eso pareció hacerlo gracia en lugar de intimidarlo o algo por el estilo. Había dicho las palabras para ver como reaccionaba, y bueno... no fue lo que esperaba.

Él ladeó la cabeza, observando el campo con más atención; las flechas clavadas en los blancos, unas junto a otras. Luego volvio a mirarme.

—Supongo que tienes razón —admitió, asintiendo levemente—. Todavía me estoy adaptando. Aún no sé cómo funcionan las cosas aquí.

—Eso toma tiempo —dije en voz baja, más para mi.

El silencio que siguió no fue incomodo sino más bien.. raro.

—Soy Kassian por cierto.

Kassian.

El nombre no me dijo nada... Y al mismo tiempo algo en mi intento encajar la pieza. No recordaba a nadie con ese nombre pero tenía la sensación de que ya lo conocía.

—Elise —dije tras un segundo.

No añadi nada más. Volví la mirada hacia el blanco, ignorando su presencia, como si no se encontrará a solo unos pasos. Cargué otra flecóm; el gesto me devolvió algo de calma, aun sintiendo su mirada posada en mí. Me resulta incómodo que me observen de la manera en que él lo hace, como si analizará cada movimiento que hacía, hasta lo más insignificante.

—¿Prácticas sola todos los días? —pregunto, sin quitarme la vista de encima.

—Casi siempre —respondí con cautela.

Tense la cuerda, concentrándome en el blanco. O eso intenté.

—Tiene sentido, es más fácil concentrarse.

Solté la flecha. El impacto estuvo bien; dio en el centro, aún así algo en mi tardo un segundo más en asentarse. Fruncí el ceño. Debería haberse ido ya.

—¿No tienes nada mejor que hacer? —dije sin dureza, pero sin suavizar el tono.

Podría parecer poco amable. No es que me importe mucho. Siempre me cuesta trabajo confiar en las personas. Luego de ciertas eexperiencia, aprendí que confiar demasiado siempre es peligroso. Amaia suele decir que no todas las personas son iguales. Que algunas merecen una oportunidad. Tal vez tenga razón. O tal vez ella es simplemente más valiente que yo cuando se trata de abrir la puerta.

—Probablemente —se rascó la nuca, algo nervioso.

—Y entonces que haces aquí.

El sol comenzaba a descender, creando sombreado largas por el campo. El lugar se preparaba para descansar después de un día largo. Debería hacer lo mismo descansar. Llevaba horas aquí; mis brazos luego sufrirían las consecuencias de exigirle al cuerpo dar más.

—Explorando. Ya lo he dicho —respondió, encongiendose de hombros.

Rodé los ojos ante esa respuesta.

—¿No has terminado? —traté de disimular el hecho de que queria que ya se marchara—. Te aconsejo seguir este lugar es muy grande.

—De hecho, voy empezando.

Al parecer ignoro —o no entendió— la indirecta. Pero que se puede esperar si es hombre.



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En el texto hay: slowburn, found family, sci-fi

Editado: 07.03.2026

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