Los Elegidos de Doomwell

El último viaje

El coche frenó en seco y el sonido de la grava bajo las ruedas me devolvió al presente. Había dormido todo el trayecto, o quizá solo había fingido hacerlo para no tener que hablar con mis padres. Para no tener que mirarlos.

—Hemos llegado, Thiago.

La voz de mi padre sonó como un golpe seco. Ni siquiera giré la cabeza. Mantuve la mirada al frente, hacia las puertas de hierro que se alzaban entre la niebla como si fueran las fauces de un animal enorme. Detrás, se adivinaba un edificio de piedra oscura, ventanas estrechas, tejados puntiagudos que arañaban el cielo gris.

Doomwell.

El nombre me supo a hierro en la boca.

—Bájate —dijo mi madre.

Esta vez sí la miré. Tenía los ojos hinchados, las manos aferradas al bolso como si de ello dependiera su vida. Llevaba así desde que salimos de casa, dos horas atrás. O quizá desde mucho antes. Desde que encontraron mis pastillas. Desde que papá dijo "ya no podemos con él".

—¿No vas a decir nada? —pregunté.

Ella apartó la mirada. Eso lo dijo todo.

Mi padre ya estaba fuera, hablando con un hombre que nos esperaba junto a la verja. Uniforme oscuro, ademanes precisos, sonrisa de cartón piedra. Uno de esos tipos que parecen amables hasta que te das cuenta de que su amabilidad es solo parte del uniforme.

Abrí la puerta. El frío me golpeó la cara como una bofetada. Olía a tierra mojada, a bosque, a algo podrido que el viento arrastraba desde las montañas.

—Thiago Salazar —dijo el hombre cuando me acerqué—. Te estábamos esperando.

No preguntó cómo estaba, ni si necesitaba algo. Solo cogió mi maleta del maletero y señaló la puerta.

—Pasa.

Miré hacia atrás. Mi madre seguía en el coche, mirando al frente. Mi padre ya había dado la vuelta para ponerse al volante.

Ninguno de los dos me vio cruzar la puerta.

Ninguno de los dos quiso.

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El pasillo olía a cera y a humedad. Las paredes eran de piedra vieja, cubiertas de cuadros con caras que me miraban desde hacía décadas. Hombres serios, mujeres rígidas, jóvenes con uniformes que ya nadie vestía.

El hombre caminaba deprisa, sin esperarme.

—Las reglas son simples —dijo sin volverse—. Silencio después de las diez. Prohibido salir de las habitaciones por la noche. Las comidas son a las ocho, a las dos y a las ocho. Puntualidad. Obediencia. ¿Alguna pregunta?

—¿Dónde estoy?

Se detuvo. Giró medio cuerpo. Su sonrisa seguía ahí, pero ya no me pareció amable. Me pareció un cuchillo.

—En el único lugar donde todavía puedes tener futuro —respondió—. Aprovéchalo.

Siguió caminando.

No pregunté más.

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Me asignaron una habitación en la cuarta planta. Pequeña, fría, con una cama de hierro, un armario metálico y una ventana que daba al bosque. El bosque parecía interminable, un mar de árboles negros que se perdían en la niebla.

—Cena a las ocho —dijo el hombre desde la puerta—. No llegues tarde.

Se fue. No cerró con llave. Eso me sorprendió.

Me asomé al pasillo. Vacío. Silencio. Podría haber sido un hotel abandonado, o un hospital, o una cárcel sin presos.

Cerré la puerta y me dejé caer en la cama. El colchón era duro, las sábanas olían a lejía. En la mesilla, alguien había dejado un uniforme doblado: pantalón gris, camisa blanca, chaqueta oscura.

No había espejos. Eso también me sorprendió.

Saqué del bolsillo lo único que había traído: una foto doblada, gastada. La miré un segundo. Luego la guardé debajo del colchón.

Javier.

Mi hermano.

Dos años sin saber de él. Dos años desde que mis padres dijeron que lo habían internado en un lugar seguro, que necesitaba ayuda, que era mejor no preguntar. Dos años hasta que, rebuscando entre los papeles de mi padre, encontré una carta con un nombre:

Doomwell.

No sabía qué había pasado con Javier. No sabía si seguía vivo. Pero estaba decidido a averiguarlo.

Por eso había dejado que mis padres me internaran. Por eso había fingido estar peor de lo que estaba. Por eso había escondido mis verdaderas intenciones detrás de un silencio de meses.

Javier estaba aquí. O había estado. Y yo iba a encontrar la verdad.

Fuera cual fuera.

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Esa noche, antes de dormir, me asomé a la ventana.

El bosque seguía ahí, negro, infinito. Pero algo había cambiado.

Luces.

Diminutas, parpadeantes, allá al fondo, entre los árboles. No eran luces eléctricas. Tenían un tono anaranjado, vacilante, como de antorchas. O de velas.

Las conté. Siete. O quizá ocho. Era difícil precisarlo con la niebla moviéndose entre los troncos.

Apreté el rostro contra el cristal. El frío me quemó la piel, pero no aparté la mirada. Alguien estaba ahí fuera. Alguien se movía entre los árboles a esas horas.

Y entonces las luces desaparecieron.

Todas a la vez.

Como si alguien hubiera soplado sobre ellas. Como si nunca hubieran existido.

Me quedé mirando el bosque un largo rato, esperando que volvieran a aparecer. No lo hicieron.

Cuando volví a la cama, tardé aún más en cerrar los ojos.

Algo ocurría en Doomwell.

Algo que nadie quería contar.

Y yo, sin saberlo aún, ya estaba dentro.




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