Los Elegidos de Doomwell

La primera noche

No pude dormir.

No por los nervios, ni por la cama incómoda, ni siquiera por aquellas luces en el bosque. No pude dormir porque el silencio era demasiado perfecto. Demasiado profundo. Como si el edificio entero contuviera la respiración.

Di vueltas en la cama hasta que la noche se hizo eterna. Pensé en Javier. En sus ojos, en su forma de reír, en cómo desapareció sin dejar rastro. Mis padres nunca quisieron hablar del tema. "Está en un lugar seguro", decían. "Es mejor así". Pero yo nunca me lo creí.

Por eso estaba aquí.

Cuando la campana sonó a las siete, ya estaba despierto. Me vestí con el uniforme, guardé la foto de Javier en el bolsillo interior, junto al corazón, y salí al pasillo.

Otros chicos y chicas salían de sus habitaciones. Ninguno me miró. Caminaban con la cabeza gacha, en silencio, como si hablar estuviera prohibido. O como si hubieran aprendido a no hacerlo.

Los seguí escaleras abajo.

El comedor era enorme, con techos altísimos y ventanales que dejaban entrar una luz gris, enfermiza. Mesas largas de madera oscura, bancos a los lados, y al fondo una mesa más elevada donde ya se sentaban algunos adultos.

Profesores. O algo parecido.

Me senté en el primer sitio vacío que encontré. A mi izquierda, un chico pelirrojo comía en silencio, mirando fijamente su plato. A mi derecha, nadie.

—No te sientes ahí.

La voz vino de enfrente. Levanté la vista. Una chica de pelo negro y mirada dura me observaba con el tenedor a medio camino de la boca.

—¿Por qué no?

—Porque ese es el sitio de los que se fueron.

Un escalofrío me recorrió la nuca.

—¿Los que se fueron?

Ella no respondió. Volvió a su plato como si yo no existiera.

Miré a mi alrededor. Nadie hablaba. Solo el sonido de los cubiertos contra la loza, cientos de mandíbulas masticando al unísono. Parecía una coreografía macabra, un ritual silencioso.

Y entonces la vi.

Una chica rubia, sentada tres mesas más atrás, me miraba fijamente. No sonreía. Su rostro era serio, casi triste. Pero sus ojos... sus ojos brillaban con una luz distinta. Como si supiera algo que yo ignoraba. Como si me estuviera evaluando.

Sostuvo mi mirada unos segundos. Luego bajó la cabeza y siguió comiendo.

No supe qué pensar de eso.

Cuando volví a girarme hacia mi plato, el chico pelirrojo había desaparecido. Su sitio estaba vacío. Su comida, intacta.

—¿Dónde está? —pregunté en voz baja.

La chica de pelo negro me miró de nuevo.

—No preguntes.

—Solo quiero saber...

—No preguntes —repitió, más cortante—. Aprende rápido si quieres durar aquí.

Apreté los dientes. Agarré el tenedor y forcé un bocado. La comida era insípida, pero ni siquiera la probé.

Solo pensaba en una cosa: ¿dónde demonios se había metido ese chico?

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Después del desayuno nos dividieron en grupos. A mí me asignaron al taller de carpintería, un cobertizo al fondo del patio trasero. El encargado era un hombre mayor, de manos nudosas y mirada vidriosa, que apenas hablaba.

Pasé dos horas lijando una tabla sin saber muy bien para qué. Nadie me explicaba nada. Nadie me decía qué hacía allí, cuánto tiempo duraría, qué se esperaba de mí.

Solo lijar. En silencio. Mirando de vez en cuando hacia el bosque.

Hacia donde había visto las luces la noche anterior.

A la hora del almuerzo, volvimos al comedor. El mismo silencio. Las mismas miradas bajas. Los mismos platos insípidos.

Pero algo había cambiado.

El sitio del chico pelirrojo seguía vacío. Pero ahora también lo estaba el de la chica de pelo negro.

Busqué con la mirada. Ni rastro de ella.

—¿Dónde están? —le pregunté a un chico de gafas que comía a mi lado.

Él ni siquiera levantó la vista.

—No existen —murmuró—. Aquí, los que se van, nunca existieron.

Y siguió comiendo.

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Esa noche no me atreví a mirar por la ventana.

Me quedé en la cama, con los ojos abiertos, escuchando.

Pasada la medianoche, oí pasos en el pasillo. Lentos. Arrastrados. Deteniéndose ante cada puerta.

Contuve la respiración cuando se acercaron a la mía.

Se detuvieron.

Un segundo. Diez. Treinta.

Alguien, al otro lado, estaba respirando. Podía oírlo. Una respiración leve, irregular, como de quien ha corrido mucho. O de quien tiene miedo.

Luego, un susurro:

—No salgas.

La voz era femenina. Joven. Apenas un hilo de aire.

Esperé a que dijera algo más. No lo hizo.

Los pasos se alejaron. Se perdieron en la oscuridad del pasillo.

Me levanté. Crucé la habitación en tres zancadas. Abrí la puerta de golpe.

El pasillo estaba vacío.

Pero en el suelo, justo delante de mi puerta, había algo.

Una pequeña placa metálica, como las que usan para identificar a los alumnos. La recogí. Tenía un nombre grabado.

Javier Salazar

El aire se me escapó de los pulmones.

Javier. Mi hermano.

Pero no entendía nada. Mis padres dijeron que lo internaron en otro sitio. Nunca mencionaron Doomwell. Nunca hablaron de este lugar.

Entonces, ¿por qué su placa estaba en el suelo, delante de mi puerta?

Oí un ruido a mis espaldas.

Me giré.

Nadie.

Solo el pasillo vacío, las luces parpadeantes, y la niebla presionando contra los ventanales.

Pero entonces la vi.

Al fondo del pasillo, casi oculta entre las sombras, una figura femenina me observaba. Era la chica rubia del comedor. La que me había mirado fijamente.

No dijo nada. No se movió.

Solo me miró.

Y luego, sin prisa, desapareció en la oscuridad.

Cerré la puerta. Me apoyé contra ella, la placa de Javier apretada contra el pecho.

Alguien quería que encontrara a mi hermano.

Alguien, desde dentro, me estaba ayudando.

O quizá... quizá quería otra cosa.

Una cosa estaba clara: en Doomwell, nada era lo que parecía.




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