Pasé toda la noche con la placa de Javier apretada en la mano. No dormí. No pude. Cada vez que cerraba los ojos veía su nombre grabado en ese metal frío, y las preguntas se arremolinaban en mi cabeza como moscas alrededor de una herida.
¿Mi hermano había estado aquí? ¿Por qué mis padres me mintieron? ¿Qué pasó con él?
Cuando la campana sonó a las siete, ya estaba vestido. Escondí la placa en el bolsillo interior del uniforme, justo donde el corazón, como si eso pudiera mantenerlo cerca. Como si eso pudiera protegerlo.
En el comedor, el silencio seguía siendo el rey. Los alumnos entraban en fila, ocupaban sus sitios, comían sin mirarse. Pero yo ya no era el mismo que el día anterior. Ahora tenía un propósito.
Busqué con la mirada al chico de las gafas. Estaba en la misma mesa de ayer, tres sitios a mi izquierda, masticando despacio, con la vista clavada en el plato.
Me levanté y fui hacia él. Varias cabezas se giraron. El movimiento no estaba bien visto aquí.
—¿Puedo sentarme? —pregunté.
Él levantó la vista. Detrás de las gafas, sus ojos eran cansados, viejos, como si hubieran visto demasiado en demasiado poco tiempo.
—Es libre —respondió, y volvió a su plato.
Me senté a su lado. Durante un rato, ninguno habló. Yo tampoco sabía muy bien cómo empezar. En mi vida anterior, hacer amigos era fácil: unas copas, unas risas, y ya está. Aquí todo era diferente. Aquí todo pesaba.
—Me llamo Thiago —dije al fin.
—Ya lo sé.
—¿Y tú?
Él dudó. Dejó el tenedor, me miró. Por primera vez, alguien me sostenía la mirada sin miedo. Sin amenaza. Solo curiosidad.
—Pablo —respondió—. Pablo Molina.
—¿Cuánto tiempo llevas aquí, Pablo?
—Un año. Ocho meses. Catorce días. —Sonrió sin ganas—. Los llevo contados.
—¿Y cómo es?
Pablo volvió a coger el tenedor. Pinchó un trozo de patata, le dio vueltas.
—Depende de lo que preguntes.
—¿Depende?
—Si preguntas por la comida, es mala. Si preguntas por los profesores, son estrictos. Si preguntas por los que se van... —Se encogió de hombros—. No hay respuesta.
—Ayer viste a esa chica, la de pelo negro, desaparecer —dije en voz baja.
Pablo dejó de masticar.
—Hoy tampoco está —añadí.
Él tragó despacio, con esfuerzo. Cuando volvió a mirarme, su expresión había cambiado. Ya no era curiosidad. Era advertencia.
—No hables de eso —susurró—. No aquí. No ahora.
—¿Dónde, entonces?
Pablo dudó. Miró a un lado, al otro, asegurándose de que nadie nos escuchaba.
—Después del taller —dijo apenas—. Detrás del cobertizo.
Y volvió a su plato como si nada hubiera pasado.
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El taller de carpintería fue tan tedioso como el día anterior. Lijar, lijar, lijar. El hombre de las manos nudosas no decía nada, solo observaba. Pero yo no podía dejar de pensar en Javier, en la placa, en Pablo, en la chica de pelo negro que ya no estaba.
Cuando terminamos, en lugar de volver al edificio principal, rodeé el cobertizo y esperé.
Pablo apareció cinco minutos después, mirando atrás constantemente, como si temiera que alguien lo siguiera.
—Eres un imbécil —dijo en cuanto me vio—. Si nos pillan hablando a solas...
—¿Qué pasa? ¿Prohibido hablar?
—Prohibido todo. Pero sobre todo prohibido preguntar.
—Entonces responde. ¿Qué pasó con esa chica?
Pablo suspiró. Se quitó las gafas, las limpió con el borde de la camisa. Era un gesto nervioso, automático. Lo hacía para ganar tiempo.
—No lo sé —admitió al fin—. Nadie lo sabe. Un día están, al siguiente no. Y cuando preguntas, te dicen que se fueron. Que terminaron el programa. Que sus familias los reclamaron.
—¿Y tú te lo crees?
—No. Pero he aprendido a no preguntar.
Saqué la placa del bolsillo. Se la mostré.
—¿Has visto esto antes?
Pablo la cogió, la acercó a sus ojos miopes. Su rostro se tensó.
—¿De dónde has sacado esto?
—Apareció anoche frente a mi puerta. ¿Conoces ese nombre?
—Javier Salazar —leyó en voz alta—. No. No lo conozco. Pero...
—¿Pero?
Pablo me devolvió la placa. Por un instante, vi algo nuevo en su mirada. Miedo, sí. Pero también otra cosa. Esperanza.
—Llevo un año aquí —dijo—. He visto desaparecer a doce personas. Doce. Y nunca, nunca, ha aparecido nada de ellas después. Ni una placa. Ni una carta. Nada.
—¿Y eso qué significa?
—Significa que alguien quiere que encuentres a ese chico. Alguien, desde dentro, te está ayudando.
Un escalofrío me recorrió la espalda.
—¿Quién?
Pablo se encogió de hombros.
—No lo sé. Pero si yo fuera tú, empezaría a mirar con atención a los que no desaparecen.
—¿A los que se quedan?
—A los que siempre están mirando.
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Esa noche, en la cena, no pude evitar fijarme en ella.
Luna.
La chica rubia. Ahora sabía su nombre. Lo había oído en susurros, en miradas, en la forma en que los demás alumnos se callaban cuando ella pasaba.
Estaba sentada tres mesas más atrás, la misma de siempre. Comía despacio, con elegancia, como si cada bocado fuera un acto estudiado. Y de vez en cuando, levantaba la vista y me miraba.
No era una mirada cualquiera. Era una mirada que preguntaba. Que decía "tú y yo sabemos algo que los demás ignoran".
Cuando nuestros ojos se encontraron, no aparté la vista. Tampoco ella.
Mantuvo la mirada fija en mí durante lo que pareció una eternidad. Luego, sin prisa, sin pudor, esbozó una sonrisa.
No era una sonrisa amable. Era una sonrisa de complicidad. O de advertencia.
No supe distinguirlo.
Y eso fue lo que más me inquietó.
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Después de cenar, Pablo se acercó a mi habitación. Llamó con tres golpes suaves.
—¿Qué haces aquí? —pregunté—. ¿No está prohibido?
—Todo está prohibido —respondió—. Pero he estado prohibido un año entero y sigo aquí.
Se sentó en el borde de la cama. Miró la habitación con desinterés, como si la conociera de memoria.