Los Elegidos de Doomwell

Mañana

La madrugada del viernes nos encontró a Pablo y a mí junto a la puerta del ala este. Él llevaba una linterna pequeña, de esas de emergencia que apenas alumbraban tres metros delante. Yo llevaba la placa de Javier en el bolsillo, como un talismán.

—No me gusta esto —murmuró Pablo, limpiándose las gafas con el borde de la camisa—. Llevo un año sin venir aquí por algo.

—Puedes esperarme fuera.

Me lanzó una mirada de indignación.

—Ni loco. Si te pillan, me pillan a mí. Es mejor que estemos juntos.

Sonreí. A pesar del miedo, Pablo era más valiente de lo que creía.

La puerta del sótano estaba al fondo de un pasillo que olía a moho y a algo más, algo metálico que no supe identificar. Un candado oxidado la aseguraba. Lo miré, desanimado.

—¿Cómo entramos?

Pablo sacó una horquilla del bolsillo. Me miró con una media sonrisa.

—¿Crees que he estado un año aquí sin aprender algo?

En menos de un minuto, el candado cedió con un clic seco.

—Eres un genio —dije.

—Eres un crédulo. Cualquiera puede abrir esto con una horquilla. No es seguridad, es adorno. Quieren que la gente entre.

—¿Por qué iban a querer eso?

—Porque si entras y te pillan, tienes una excusa perfecta para desaparecer.

El escalofrío me recorrió la nuca. Pero no podía detenerme. No cuando Javier estaba al otro lado.

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El sótano era un laberinto de pasillos estrechos y estanterías cubiertas de polvo. Archivos, carpetas, cajas apiladas hasta el techo. Pablo alumbraba con la linterna mientras yo revisaba las etiquetas.

—¿Qué buscamos exactamente? —preguntó él, tosiendo por el polvo.

—Registros de alumnos. Listas de ingresos, de bajas... cualquier cosa que tenga el nombre de Javier.

Avanzamos en silencio. El único sonido era el crujido de nuestras pisadas sobre el suelo de cemento y el zumbido lejano de algo que parecía una caldera.

—Aquí —dijo Pablo de repente.

Se había detenido ante una estantería etiquetada como *"Registros históricos - Alumnos"*. Mis manos temblaban mientras tiraba de una carpeta tras otra.

Busqué año por año.

Nada.

—No está —dije, con la voz rota—. No hay ningún Salazar. Es como si Javier nunca hubiera estado aquí.

Pablo me puso una mano en el hombro.

—O como si alguien hubiera borrado su rastro.

Me apoyé contra la estantería, sintiendo cómo el suelo se hundía bajo mis pies. Dos años buscando. Dos años esperando. Y ahora esto.

—Espera —dijo Pablo—. ¿Qué es eso?

Señalaba el suelo, detrás de la estantería. Algo blanco asomaba entre el polvo y las telarañas. Me agaché a recogerlo.

Era una carta. Arrugada, manchada, pero legible.

Queridos papá y mamá, decía. Sé que estoy aquí porque me quieren ayudar. Pero esto no es un internado normal. Hay cosas que pasan por la noche, cosas que no deberían...

La carta terminaba en mitad de una frase. Como si alguien la hubiera arrancado.

Miré la firma.

Javier.

—Es de él —susurré—. Estaba aquí. Estuvo aquí.

Pablo me miró con los ojos muy abiertos.

—Y alguien no quería que esa carta saliera.

Guardé la carta en el bolsillo, junto a la placa. Por primera vez desde que llegué a Doomwell, tenía una prueba. Algo tangible. Algo que demostraba que mi hermano había existido en este lugar.

Algo por lo que podían matarme si me descubrían.

—Tenemos que irnos —dijo Pablo—. Ahora.

Asentí. Pero cuando nos dimos la vuelta, la linterna iluminó una silueta al fondo del pasillo.

Alguien estaba ahí.

Paralizado, conteniendo la respiración.

La linterna temblaba en la mano de Pablo, pero la luz era suficiente para reconocer el cabello rubio, los ojos claros, la postura erguida.

Luna.

—¿Qué hacéis aquí? —preguntó. Su voz no era acusadora. Era curiosa. Como si ya supiera la respuesta.

—Nada —dijo Pablo demasiado rápido.

Ella no le quitó los ojos de encima a mí.

—¿Has encontrado lo que buscabas?

—¿Tú qué sabes de lo que busco?

Luna dio un paso adelante. La luz de la linterna le bailaba en el rostro, dibujando sombras que la hacían parecer más joven, más vulnerable.

—Sé que buscas a Javier Salazar. Y sé que tienes preguntas que nadie quiere responder.

—¿Y tú quieres responderlas?

Ella sonrió. Esa sonrisa que podía significar todo o nada.

—Algunas. Pero no aquí. Mañana, después de la cena. En la biblioteca.

—¿Por qué debería confiar en ti?

—Porque si quisiera hacerte daño, ya te habría delatado. Tu placa, la carta... todo eso está en mi mano ahora. Y sin embargo, sigo aquí, hablando contigo.

Pablo me miraba con los ojos desorbitados, señalándome que saliéramos ya. Pero yo no podía moverme. Luna me tenía atrapado con esa mirada suya que parecía ver más allá de lo que mostraba.

—Mañana —repetí.

—Mañana —confirmó ella.

Y sin otra palabra, se dio la vuelta y desapareció en la oscuridad del pasillo.

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Cuando salimos al aire libre, Pablo soltó un suspiro tan profundo que pareció sacarse el alma.

—Estás loco —dijo—. Completamente loco. ¿Vas a ir?

—Tengo que hacerlo.

—Es la hija del director, Thiago. Si su padre se entera de que está ayudándote...

—¿Y si no está ayudándome?

Pablo me miró, confundido.

—¿Qué quieres decir?

—Que no sé por qué me ha citado en la biblioteca. No sé si quiere ayudarme o tenderme una trampa.

—Entonces, ¿por qué vas a ir?

Miré la carta de Javier, que aún tenía en la mano. El papel arrugado, la tinta corrida por el tiempo. Las palabras que mi hermano había escrito antes de desaparecer.

—Porque es lo único que tengo —respondí.

Pablo negó con la cabeza, pero sonrió.

—Eres un imbécil, Salazar. Pero si vas a morir, al menos que no sea solo.

Le miré, sorprendido.




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