La biblioteca de Doomwell era un espacio enorme, con techos abovedados y estanterías que se perdían en la penumbra. Olía a papel viejo, a madera encerada, a algo que se parecía a los sueños olvidados.
Llegué quince minutos antes de la hora acordada. Pablo había insistido en venir conmigo, pero le convencí de que esperara fuera. Si esto era una trampa, no quería arrastrarlo conmigo.
La biblioteca estaba vacía. O eso creí.
—Llegas temprano.
Su voz salió de entre las sombras. Luna estaba sentada en una mesa al fondo, con un libro abierto delante que no parecía estar leyendo. Tenía el cabello suelto, sin el moño tirante que llevaba en el comedor. Sin uniforme. Vestía un jersey negro que le quedaba grande y se le escapaba por un hombro.
Parecía más joven. Más humana.
—Tú también —respondí, acercándome.
—Yo nunca me voy de aquí. Es el único lugar donde puedo estar sola.
Me senté frente a ella. La luz de una lámpara de pie dibujaba un círculo cálido en la mesa, dejando el resto de la sala en penumbra.
—¿Por qué me has citado aquí?
Luna cerró el libro. No le puse atención al título. Solo a sus dedos, largos, blancos, moviéndose con calma.
—Porque quiero saber qué sabes. Y qué vas a hacer con lo que sabes.
—Eso depende de lo que tú me digas.
Ella me miró fijamente. Esa mirada que parecía traspasar la piel, llegar a los huesos.
—Javier Salazar estuvo aquí hace dos años. Llegó en las mismas condiciones que tú: hijo de familia rica, con problemas, enviado a enderezarse. Pero Javier era diferente.
—¿Diferente en qué?
—Empezó a hacer preguntas. Demasiadas. Quería saber qué pasaba con los alumnos que desaparecían. Quería saber por qué los rituales nocturnos eran obligatorios. Quería saber por qué el sótano estaba cerrado con candado.
El corazón me latía con fuerza.
—¿Y qué pasó?
Luna bajó la vista.
—Un día dejó de hacer preguntas. Y al siguiente, dejó de estar.
El silencio se hizo tan denso que casi podía palparlo.
—¿Está muerto? —pregunté, con la voz hecha trizas.
—No lo sé. Nadie lo sabe. Pero sé quién lo borró de los registros.
—¿Quién?
Luna levantó la vista. Por un instante, vi algo en sus ojos que no esperaba. Miedo.
—Mi padre.
El nombre de Ignacio Montenegro cayó entre nosotros como un hacha. Supe que no mentía. No porque quisiera creerla, sino porque su rostro se había transformado. Ya no era la chica misteriosa e inalcanzable. Era alguien que también tenía preguntas sin respuesta.
—¿Por qué me cuentas esto? —pregunté—. Si tu padre descubre que estás hablando conmigo...
—Lo sé. Por eso tengo cuidado.
—No respondiste.
Luna se levantó de la mesa. Dio unos pasos hacia la ventana, mirando la noche negra que se extendía tras los cristales.
—Porque necesito saber la verdad tanto como tú. Llevo años viendo cómo desaparecen alumnos. Cómo mi padre dice que se fueron, que los reclamaron, que terminaron el programa. Y yo lo creí. Durante mucho tiempo lo creí.
Se volvió hacia mí.
—Pero luego empecé a notar cosas. Las mismas cosas que notó tu hermano. Y ahora sé que mi padre miente. Solo no sé hasta dónde.
—Quieres que te ayude a descubrirlo.
—Quiero que me ayudes a saber qué pasó con Javier. Y con los demás.
Me levanté también. Ahora estábamos frente a frente, a menos de un metro de distancia. Podía ver las pecas en sus mejillas, el brillo húmedo de sus ojos, la forma en que se mordía el labio inferior cuando esperaba una respuesta.
—Si tu padre descubre que trabajas conmigo...
—Ya lo sé.
—Podrías desaparecer tú también.
—También lo sé.
—Y aun así quieres hacerlo.
Luna dio un paso adelante. Estaba tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo.
—Javier no era el único que quería respuestas, Thiago. Solo fue el único que estuvo lo suficientemente cerca para encontrarlas.
Mis manos temblaban. No de miedo. De algo que no sabía nombrar.
—¿Y si no nos gusta lo que encontramos? —pregunté en voz baja.
Ella sonrió. Esa sonrisa que ya empezaba a conocer. La que podía significar todo o nada.
—Entonces al menos sabremos la verdad. Y la verdad, por dura que sea, siempre es mejor que las mentiras.
No supe quién se movió primero. Si fui yo o ella. Pero de repente estábamos tan cerca que nuestras respiración se mezclaba, que podía ver el reflejo de la lámpara en sus pupilas, que sentía sus dedos rozando los míos sobre la mesa.
—Luna...
—Dime, Thiago.
—¿Por qué me miras desde que llegué?
Ella no respondió con palabras. En lugar de eso, acercó su mano a la mía, entrelazó sus dedos con los míos. Su piel era fría, pero el contacto quemaba.
—Porque desde que te vi supe que no eras como los demás —dijo en un susurro—. Supe que estabas buscando algo. Y supe que si alguien podía ayudarme a encontrar la verdad, eras tú.
—Ojalá tuviera tu confianza.
—No la tengo. Pero tengo esperanza.
Nuestros rostros estaban a centímetros. Bastaba inclinarme un poco, cerrar los ojos, y sus labios estarían contra los míos. Quería hacerlo. Dios, cómo quería.
Pero en el último momento, me aparté.
—Pablo me espera fuera —dije, con la voz ronca—. Si no salgo pronto...
Luna asintió. También ella parecía haber recuperado el control, aunque sus mejillas estaban sonrosadas y sus dedos aún temblaban.
—Mañana —dijo—. En el bosque. Al anochecer.
—¿Para qué?
—Para empezar a buscar.
Me di la vuelta antes de que pudiera cambiar de opinión. Antes de que pudiera besarla.
Pero cuando llegué a la puerta, su voz me detuvo.
—Thiago.
Me volví. Luna seguía en la penumbra, iluminada solo por el débil círculo de la lámpara. Parecía un fantasma. O un ángel.
—Ten cuidado —dijo—. No querría que desaparecieras también.
Salí sin responder.
Pablo me esperaba al otro lado, con el rostro tenso.