Thiago llegó al claro cuando el sol ya se había escondido detrás de los árboles. El bosque olía a tierra mojada, a hojas secas, a algo que se parecía al silencio.
Luna no estaba.
Esperó. Contó hasta cien. Luego volvió a contar.
Cuando estaba a punto de darse la vuelta, una rama crujió a sus espaldas.
—No debiste venir tan temprano.
Se giró. Luna emergía de entre los árboles, con el cabello suelto, un jersey negro que le quedaba grande y los ojos más brillantes que nunca. No llevaba el uniforme. Tampoco la máscara de líder que usaba en el comedor.
—Dijiste al anochecer —respondió él.
—Lo sé. Pero hay gente que vigila. Hay que asegurarse de que nadie nos vea.
Se acercó. Thiago notó que sus manos temblaban. No de frío.
—¿Tienes miedo?
—No. —Hizo una pausa—. Estoy aprendiendo a tenerlo.
Se sentaron en un tronco caído, separados por apenas un palmo. Luna miraba fijamente sus propias manos, como si buscara algo en ellas.
—Cuando era pequeña —dijo de repente—, mi madre me llevaba al bosque. Me enseñaba los nombres de los árboles, de las flores. Decía que la naturaleza era la única religión que merecía la pena.
—¿Qué pasó con ella?
—Murió. Enfermedad. Nunca me dijeron cuál. Mi padre cambió después de eso. Se volvió... oscuro. Como si su luz se hubiera ido con ella.
Thiago no dijo nada. Solo la escuchó.
—Empecé a liderar los rituales porque él me lo pidió. Dijo que era mi legado, mi responsabilidad. Dijo que ayudábamos a los perdidos a encontrar su camino. Y yo le creí. Durante años le cre
—¿Y ahora?
Luna levantó la vista. Sus ojos estaban húmedos.
—Ahora ya no sé qué creer. Porque cada vez que alguien desaparece, mi padre sonríe. Y yo... yo quiero creer que se fueron a casa. Que están mejor. Pero...
—¿Pero?
—Pero en el ritual de anoche, cuando llevaron al chico pelirrojo hacia el sendero, me miró. Y sus ojos no decían "gracias". Decían "ayúdame".
El silencio se hizo más denso.
—¿Qué pasa con ellos después del ritual? —preguntó Thiago.
—No lo sé. Nadie lo sabe. Solo mi padre y los que trabajan para él.
—¿Y tú nunca has querido saberlo?
Luna se llevó las manos al rostro.
—Tuve miedo. Todavía lo tengo. Pero desde que llegaste...
—¿Desde que llegué qué?
Bajó las manos. Lo miró. Estaban tan cerca que Thiago podía sentir su aliento, podía contar las pecas en sus mejillas, podía ver el miedo y la esperanza mezclados en sus ojos.
—Desde que llegaste, tengo menos miedo de saber la verdad que de seguir viviendo en la mentira.
Thiago sintió un nudo en la garganta. Quiso decir algo, quiso abrazarla, quiso besarla. Pero en ese momento, un sonido los sobresaltó.
Campanas. Lejanas, graves, como un latido de piedra.
Luna se puso de pie de un salto.
—Empieza.
—¿El ritual?
—Sí. Y tengo que estar allí.
—¿Vas a seguir participando?
Ella dudó. Por un segundo, Thiago vio en su rostro una lucha interna, un tira y afloja entre lo que debía hacer y lo que quería hacer.
—Si no voy, mi padre sospechará. Y si sospecha...
—Entiendo.
Luna metió la mano en el bolsillo de su pantalón y sacó un cuaderno pequeño, de tapas negras, gastado por el uso.
—Toma.
—¿Qué es?
—Lo que he estado recopilando estos meses. Nombres. Fechas. Los que se fueron. Los que nunca volvieron.
Thiago lo abrió. La primera página decía: "Elías Fuentes, 16 años, ingresó en enero, desapareció en marzo." Debajo, otro nombre. Otro. Otro.
—¿Por qué me das esto?
—Porque si me pasa algo, quiero que alguien sepa la verdad.
—No te va a pasar nada.
—No lo sabes.
Él cerró el cuaderno y lo guardó en el bolsillo interior de su chaqueta, junto a la placa de Javier y la carta.
—No te va a pasar nada —repitió, con más fuerza.
Luna sonrió. Una sonrisa triste, cansada, pero real.
—Espérame aquí. Cuando termine, vuelvo.
—¿Y si no vuelves?
—Entonces ya sabes qué hacer.
Se dio la vuelta y empezó a caminar hacia lo profundo del bosque. Antes de desaparecer entre los árboles, se detuvo.
—Thiago.
—¿Sí?
—No te acerques demasiado. Pero no te vayas. Por favor, no te vayas
Y se fue.
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Thiago esperó unos minutos. Luego, con el corazón latiéndole en las sienes, se levantó y siguió en la dirección que ella había tomado. No se acercaría demasiado. Solo lo suficiente para ver. Para entender.
El sendero se abría en un claro más grande de lo que había imaginado. En el centro, una formación de piedras negras formaba un círculo, como un altar rudimentario. Alrededor, jóvenes con túnicas negras sostenían antorchas que danzaban con el viento.
Luna estaba en el centro.
Ahora llevaba una túnica blanca, distinta a las de los demás. El cabello recogido en un moño alto. El rostro impasible, casi de piedra. No parecía la misma chica que momentos antes le había confiado sus miedos entre los árboles.
Parecía una diosa. O una sacerdotisa. O algo que Thiago no sabía nombrar.
—Traed al elegido —dijo.
Su voz era firme. No temblaba. Thiago casi podía creer que aquella era la verdadera Luna, la líder, la hija de Ignacio Montenegro.
Dos miembros de la secta llevaron a un chico al centro del círculo. Era joven, de unos quince años, con el rostro pálido y los ojos bajos. Llevaba una túnica gris, y sus manos estaban atadas con una cuerda blanca.
—¿Sabes por qué estás aquí? —preguntó Luna.
El chico asintió sin levantar la vista.
—Porque he sido impuro. Porque necesito purificación.
—La oscuridad nos tienta a todos —dijo Luna, y su voz resonó en el claro—. Pero los elegidos tienen la oportunidad de redimirse. De dejar atrás el pecado y renacer en la luz.
Thiago sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío. Las palabras de Luna sonaban hermosas. Sonaban a verdad. Pero detrás de ellas, él sabía que había algo más. Algo que ni siquiera ella conocía.
Luna alzó una antorcha. La llama iluminó su rostro, creando sombras que la hacían parecer más alta, más poderosa.
—En nombre de la hermandad, te purifico. Te entrego a la oscuridad para que ella te devuelva limpio.
Los miembros de la secta repitieron al unísono: Purificado. Renacido. Elegido.
El chico de la túnica gris fue conducido hacia el sendero que se adentraba en la parte más oscura del bosque. Luna no lo acompañó. Se quedó en el centro del círculo, con la antorcha aún levantada, el rostro impasible
Pero Thiago vio algo que los demás no vieron.
Por un instante, sus ojos se desviaron hacia el sendero. Y en ellos, solo por un segundo, apareció algo que no encajaba con la líder perfecta.
Miedo.
O tal vez... culpa.
El ritual terminó. Los miembros de la secta se dispersaron entre los árboles, apagando las antorchas, desapareciendo en la oscuridad como sombras. Pronto, el claro quedó vacío.
Luna se quedó sola.
Thiago esperó. Contó hasta cien. Luego salió de su escondite.
Ella estaba de espaldas, mirando el sendero por donde se había llevado al chico.
—¿Qué pasa ahora? —preguntó él en voz baja.
Luna no se volvió.
—Ahora lo llevan al edificio central. Dicen que allí completan la purificación. Que después de unas semanas, el elegido vuelve a casa.
—¿Vuelve?
—Eso dicen.
—¿Y tú te lo crees?
Ella se giró lentamente. Ya no llevaba la túnica blanca. La había dejado caer al suelo, y ahora solo tenía el jersey negro, el cabello suelto, el rostro desnudo.
—He empezado a llevar un registro —dijo—. De los que se van. De los que vuelven.
—¿Y cuántos vuelven?
Luna bajó la vista.
—Ninguno.
El viento sopló entre los árboles. Thiago sintió que el mundo se hacía más pequeño, más oscuro.
—Tengo que saber qué pasa con ellos —dijo ella, y su voz era apenas un susurro—. Tengo que saber qué está haciendo mi padre.
—Y yo tengo que saber qué pasó con Javier.
Se miraron. En sus ojos, Thiago vio la misma determinación, el mismo miedo, la misma esperanza rota que sentía en su propio pecho.
—El sótano —dijo Luna—. No nos quedamos en los archivos viejos. Hay que ir más abajo.
—¿Más abajo?
—Mi padre tiene un despacho. En la última planta del sótano. Es donde guarda lo que nadie debe ver.
—¿Y tú sabes cómo entrar?
Luna asintió.
—He estado esperando a alguien que me ayudara a hacerlo.
Thiago sintió que el destino se cerraba sobre ellos como una trampa. O como una promesa.
—Mañana —dijo—. Después de la cena.
—Mañana —repitió ella.
Caminaron de vuelta al internado en silencio, separados por unos metros, fingiendo que no se conocían. Pero antes de separarse en el patio, Luna se detuvo.
—Thiago.
—¿Sí?
—Lo que viste esta noche... no es nada comparado con lo que hay abajo.
—¿Cómo lo sabes?
Ella sonrió. Una sonrisa triste que no llegaba a sus ojos.
—Porque si fuera solo eso, mi padre no sonreiría tanto.
Y se fue.
Thiago se quedó solo en el patio, con el viento helado en la cara, la carta de Javier en el bolsillo, y una pregunta que le quemaba la lengua:
¿Qué demonios estaba pasando en Doomwell?