Los Elegidos de Doomwell

El despacho

Thiago no pudo dormir esa noche.

Cada vez que cerraba los ojos veía la túnica blanca de Luna, el rostro de piedra, la llama de la antorcha iluminando sus facciones. Pero también veía el momento después, cuando ella dejaba caer la máscara y se convertía de nuevo en la chica que le había entregado un cuaderno lleno de nombres y miedo.

Dio vueltas en la cama hasta que la luz gris del amanecer empezó a filtrarse por la ventana. Solo entonces cerró los ojos.

La campana lo despertó antes de lo que hubiera querido.

En el comedor, Pablo lo esperaba con el ceño fruncido.

—¿Dónde estabas anoche? —preguntó en voz baja, mientras Thiago se sentaba a su lado—. Te busqué después de la cena y no apareciste.

—Estaba con Luna.

Pablo dejó el tenedor en el plato.

—¿Con Luna? ¿La hija del director? ¿La líder de la secta?

—Ella no es como crees.

—Thiago...

—Confío en ella.

Pablo lo miró largamente. Luego suspiró, se quitó las gafas, las limpió con el borde de la camisa. El gesto nervioso que Thiago ya conocía.

—Vas a acabar mal —dijo Pablo—. Pero al menos no vas a acabar solo.

Thiago sonrió. Era lo más parecido a un "te apoyo" que Pablo sabía dar.

—Esta noche vamos al sótano —dijo Thiago, bajando la voz—. Luna tiene la llave del despacho de su padre.

—¿El despacho de Ignacio Montenegro?

—Sí.

Pablo se llevó la mano a la frente.

—¿Y quieres que haga de vigía otra vez?

—Si no te importa.

—Me importa. Mucho. Pero igual voy a hacerlo.

—Eres un buen amigo.

—Soy un imbécil —corrigió Pablo—. Pero bueno. Alguien tiene que avisar a tu familia.

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La tarde se hizo eterna.

Thiago no podía concentrarse en el taller de carpintería. Sus manos movían la lija sobre la madera de forma automática, pero su cabeza estaba en otra parte. En el sótano. En la carpeta de Javier. En lo que pudieran encontrar.

Cuando por fin llegó la noche, el corazón le latía tan fuerte que parecía querer salirse del pecho.

Se encontró con Luna en el patio trasero, junto a la puerta que daba al ala este. Ella llevaba una mochila pequeña, ropa oscura, y el cabello recogido en una coleta. Parecía más joven así. Más frágil.

—Pablo está en la entrada —dijo Thiago—. Si alguien se acerca, avisa.

Luna asintió. Sacó una llave del bolsillo.

—Vamos.

Bajaron las escaleras del sótano con cuidado, pisando en los bordes para no hacer ruido. La linterna de Luna apenas iluminaba un par de metros delante. El aire olía a humedad, a polvo, a algo metálico que Thiago ya había notado la primera vez.

Llegaron a la puerta de metal. Luna introdujo la llave en la cerradura. Giró.

No pasó nada.

Giró de nuevo, más fuerte. Un clic seco. Luego nada.

—No abre —dijo ella, con la voz tensa.

—¿Estás segura de que es esta?

—Es esta. La usé hace un mes para entrar cuando mi padre no estaba. Funcionaba.

Thiago probó a empujar la puerta. No cedió.

—Han cambiado la cerradura —dijo Luna, dejando caer la mano—. Sabe que alguien entró. Sabe que hay alguien que busca algo.

—¿O sabe que has sido tú?

Ella levantó la vista. Había miedo en sus ojos, pero también algo más. Determinación.

—Entonces tenemos que encontrar otra forma.

—¿Otra forma de qué?

Luna se giró hacia el pasillo oscuro, hacia donde se perdían las sombras.

—Mi padre no guarda todas las pruebas en su despacho. Tiene un lugar al que va cuando cree que nadie lo ve. En el bosque. Una cabaña antigua que usaba mi madre.

—¿Crees que ahí hay algo?

—Es la única esperanza que nos queda.

Thiago sintió un peso en el pecho. Habían estado tan cerca. Y ahora, de repente, el camino se cerraba.

Pero entonces oyeron los golpes.

Tres. Secos. Insistentes.

Pablo.

Alguien se acercaba.

—Vámonos —susurró Luna, tirando de él hacia el pasadizo oscuro que habían usado la otra vez.

Corrieron en la penumbra, tropezando con cajas, con tuberías, con el suelo irregular. Las luces del pasillo empezaron a parpadear. Pasos. Alguien bajaba las escaleras.

Salieron al aire libre por la misma puerta del patio trasero. Se quedaron jadeando, escondidos entre los arbustos, esperando.

Los pasos no los siguieron.

Después de un largo rato, cuando el silencio volvió a ser absoluto, Luna se incorporó. Tenía las manos manchadas de tierra, el cabello deshecho, los ojos brillantes.

—No pudimos entrar —dijo, y su voz sonaba a derrota.

—Pero sabemos que algo hay ahí dentro —respondió Thiago—. Algo que tu padre no quiere que veamos. Eso ya es una pista.

—No es suficiente. Necesitamos pruebas. Algo con lo que podamos...

No terminó la frase. Thiago sabía lo que iba a decir. Algo con lo que podamos detenerlo.

Se quedaron en silencio un momento. La noche estaba fría, pero ninguno de los dos hizo el gesto de irse.

—Luna —dijo Thiago al fin—. ¿Qué pasó con tu madre?

Ella lo miró. Por un instante, pensó que iba a esquivar la pregunta. Pero no.

—Se enfermó —respondió—. De repente. Un día estaba bien, al siguiente empezó a adelgazar, a perder el color, a no poder levantarse de la cama. Mi padre la llevaba al hospital todas las semanas. Pero nunca mejoraba.

—¿Y los médicos? ¿No dijeron qué tenía?

—Mi padre decía que era una enfermedad rara. Que los tratamientos no funcionaban. Que había que esperar.

Su voz se quebró.

—Una noche, ella me llamó. Estaba muy débil, apenas podía hablar. Me tomó de la mano y me dijo: "Luna, ten cuidado. No confíes ciegamente en nadie."

—¿Y qué hiciste?

—Lloré. Y al día siguiente, ella ya no estaba.

El silencio se hizo más denso.

—¿Crees que tu padre...?

—No sé qué creer. Pero desde entonces, empecé a mirar con otros ojos. A notar las cosas que antes pasaba por alto. Las desapariciones. Las listas. El sótano.




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