Thiago no durmió en toda la noche. Y ya se le estaba haciendo costumbre.
Cada vez que cerraba los ojos, veía la imagen de su habitación revuelta. La foto de Javier desaparecida. La carta. Alguien sabía. Alguien estaba ahí, entre sus cosas, tocando lo único que le quedaba de su hermano.
Cuando la campana sonó, ya estaba vestido. Salió al pasillo con el corazón latiéndole en las sienes.
Pablo lo esperaba en el comedor con el ceño fruncido.
—Tienes mala cara —dijo.
—Registraron mi habitación.
Pablo dejó el tenedor en el plato.
—¿Qué?
—Anoche, cuando volví. La foto de Javier, la carta... todo había desaparecido.
—¿Y la placa? ¿El cuaderno de Luna?
Thiago se llevó la mano al bolsillo interior de la chaqueta. La placa seguía ahí. También el cuaderno. Por suerte, los había llevado consigo.
—Están a salvo —dijo.
—Por ahora —respondió Pablo, bajando la voz—. Thiago, si saben que tienes eso...
—Lo sé.
—¿Vas a seguir?
Thiago lo miró. Había miedo en los ojos de Pablo. Miedo real. Pero también había algo más. Lealtad.
—Tengo que hacerlo —respondió—. Por Javier.
—¿Y si te desaparecen a ti también?
—Entonces tú te quedas con esto.
Le tendió el cuaderno de Luna por debajo de la mesa. Pablo lo cogió con manos temblorosas.
—¿Qué quieres que haga con esto?
—Si no vuelvo, se lo das a alguien. A la prensa. A la policía. A quien pueda hacer algo.
—No vas a desaparecer.
—No lo sabes.
Pablo guardó el cuaderno en su mochila. Cuando volvió a mirarlo, sus ojos estaban brillantes.
—Eres un imbécil, Salazar.
—Ya lo sé.
—Pero vuelve, ¿eh? No me dejes solo con estos locos.
Thiago sonrió. Era lo más parecido a un "te quiero" que Pablo sabía decir.
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La tarde cayó antes de lo esperado.
Thiago se encontró con Luna en el mismo lugar que la noche anterior. Ella llevaba una mochila más grande, ropa oscura, y una linterna colgada del cinturón. Tenía el rostro tenso, los ojos fijos en el bosque.
—¿Estás lista? —preguntó él.
—No —respondió ella—. Pero igual voy a hacerlo.
Caminaron en silencio. Luna conocía el camino mejor que nadie. Se adentraron en el bosque por senderos que Thiago no había visto antes, entre árboles cada vez más altos, más juntos, más oscuros.
—¿Cuánto falta? —preguntó él.
—Diez minutos. Si es que sigue en pie.
—¿Puede que la hayan destruido?
—Puede. Pero mi madre amaba ese lugar. Mi padre nunca se atrevió a tocarlo mientras ella vivía. Después de que murió... no sé. Tal vez le duele demasiado. O tal vez todavía guarda algo ahí.
La cabaña apareció entre los árboles como un fantasma.
Era pequeña, de madera oscura, con un tejado medio hundido y ventanas cubiertas de polvo. La maleza crecía a su alrededor, abrazándola, como si el bosque intentara devorarla.
Luna se detuvo unos metros antes.
—La última vez que vine tenía doce años —dijo, y su voz sonaba lejana—. Mi madre me traía los fines de semana. Me enseñaba a dibujar las flores. A identificar las huellas de los animales.
—Hace mucho tiempo.
—Una vida.
Se acercaron a la puerta. No había candado. Solo una cuerda envejecida que Luna desató con manos firmes.
Dentro, la cabaña olía a humedad, a madera podrida, a tiempo detenido. Había una mesa cubierta de polvo, sillas volcadas, estanterías con libros cuyas páginas se deshacían al tocarlas. Y en la pared, fotos.
Thiago se acercó. Eran fotos de una mujer joven, de pelo oscuro, con la misma mirada clara que Luna. En algunas aparecía con un hombre que Thiago reconoció al instante: Ignacio Montenegro, más joven, con el rostro más suave, sin la dureza que ahora lo caracterizaba.
—Era feliz —dijo Luna detrás de él—. Mi madre lo hacía feliz.
—¿Qué pasó?
—Eso es lo que voy a descubrir.
Empezaron a registrar la cabaña. Luna revisaba los cajones, los armarios, los rincones donde alguien podría esconder algo. Thiago levantó una tabla suelta del suelo.
Debajo, había una caja metálica.
—Luna —llamó.
Ella se acercó. Juntos abrieron la tapa.
Dentro había documentos. Muchos. Cartas, informes médicos, fotografías. Thiago sacó la primera hoja. Era un informe de laboratorio. En la parte superior, un nombre.
Paciente: Elena Montenegro.
Luna lo leyó por encima del hombro de Thiago. Su respiración se detuvo.
—Esto es... esto es de mi madre.
—Sí.
Thiago siguió leyendo. Los informes hablaban de análisis de sangre, de biopsias. Y al final de cada página, una palabra repetida: Compatible.
—¿Qué significa eso? —preguntó Luna, con la voz quebrada.
Thiago pasó a la siguiente hoja. Era una carta, escrita a mano, con letra temblorosa.
Ignacio:
Ya sé lo que estás haciendo. Ya sé por qué no mejoro. Te lo ruego, por nuestra hija, detente. Ella merece un padre. No un monstruo.
Elena.
El papel temblaba en las manos de Thiago.
—¿Qué hacía su padre? —preguntó en voz baja.
Luna no respondió. Estaba pálida, con los ojos clavados en la carta, como si pudiera arrancarle la verdad con la mirada.
—Mi madre no murió de una enfermedad —dijo al fin—. Alguien la estaba matando.
—Luna...
—Mi padre la estaba matando.
Se dejó caer en una silla, con la carta apretada contra el pecho. Thiago se arrodilló frente a ella, le tomó las manos.
—No estás sola —dijo.
—¿Cómo puede alguien hacer eso? ¿Cómo puede matar a la persona que dice amar?
—No lo sé. Pero ahora sabemos la verdad. Y con la verdad...
—¿Qué? ¿Qué podemos hacer con la verdad? Mi padre es el hombre más poderoso de esta región. Tiene a la policía, a los jueces, a todo el mundo comprado.
—Entonces lo exponemos. A la prensa. A las familias de los desaparecidos. A alguien que no pueda comprar.