Los Elegidos de Doomwell

No hay salida

El plan tomó forma en los días siguientes.

Se reunían en secreto, siempre en lugares distintos. La biblioteca. El cobertizo de herramientas. Una torre abandonada en el ala oeste. Pablo los acompañaba a veces, haciendo de vigía, aportando ideas.

—Necesitamos algo más que pruebas —dijo Luna una tarde, con los documentos de su madre extendidos sobre la mesa—. Necesitamos un momento. Un lugar. Un acto público donde mi padre no pueda ocultar la verdad.

—¿El ritual? —sugirió Thiago.

—Los rituales son privados. Solo miembros de la secta. Las familias no están invitadas.

—Entonces algo más grande. Una ceremonia. Una celebración. Algo donde haya testigos importantes.

Pablo, que estaba apoyado en la pared, levantó la cabeza.

—¿Y la gala de fin de curso?

Luna lo miró.

—¿La gala?

—Es en dos semanas. Vienen los padres. Los políticos. La prensa local. Todo el mundo que es alguien en esta región. ¿No es el momento perfecto?

Thiago y Luna se miraron.

—Es arriesgado —dijo ella—. Si algo sale mal...

—Si algo sale mal, estamos muertos de todas formas —respondió Thiago—. ¿O crees que tu padre va a dejar que nos vayamos con todo esto?

Luna bajó la vista. Sabía que tenía razón.

—Tenemos que conseguir más pruebas —dijo—. Algo irrefutable. Algo que nadie pueda negar.

—¿Cómo?

—Necesito entrar al despacho de mi padre. La última vez nos detuvo la cerradura. Pero ahora sé que hay un acceso alternativo.

—¿Por dónde?

—El sótano no es el único lugar. Mi madre me habló una vez de un pasadizo que conectaba su cabaña con el internado. Lo usaban para verse cuando eran jóvenes. Si aún existe...

—Te lleva directo a su despacho.

—Directo a sus secretos.

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Dos noches después, Thiago y Luna se adentraron de nuevo en el bosque.

Pablo se había quedado en el internado, con instrucciones claras: si no volvían antes del amanecer, cogía el cuaderno de Luna y las pruebas de la cabaña y huía. Huía lejos, donde nadie pudiera encontrarlo.

—No va a hacer falta —dijo Thiago antes de irse.

—Por si acaso —respondió Pablo, con el rostro más serio que nunca—. Por si acaso.

El pasadizo empezaba detrás de la cabaña, oculto por la maleza. Luna lo encontró gracias a un viejo mapa que su madre había dibujado años atrás, guardado en el fondo de un cajón.

—Aquí —dijo, señalando una pared de piedra cubierta de hiedra.

Thiago apartó las ramas. Detrás, una puerta de madera podrida cedió con un empujón.

Dentro, un túnel estrecho, oscuro, que olía a tierra y a raíces. Caminaron en silencio, con la linterna de Luna abriéndose paso entre las sombras.

—¿Cuánto falta? —susurró Thiago.

—No lo sé. Mi madre decía que era un camino de diez minutos. Pero eso fue hace años.

Avanzaron. El túnel se hacía más angosto, más bajo. Thiago tenía que agacharse para no golpearse la cabeza. El silencio era absoluto, roto solo por el eco de sus pasos.

De repente, el túnel se abrió.

Estaban en una habitación pequeña, de paredes de piedra, con una puerta de madera al fondo. Luna la probó. Estaba cerrada.

—El despacho de mi padre —dijo, señalando al otro lado—. Estamos justo detrás de su estantería.

—¿Cómo se abre?

—Hay un mecanismo. Mi madre me enseñó una vez.

Buscó entre las piedras de la pared. Sus dedos rozaron una que sobresalía ligeramente. La presionó.

Un clic seco. La puerta se abrió con un chirrido.

Entraron.

El despacho de Ignacio Montenegro era frío, ordenado, casi quirúrgico. Una mesa de caoba, ordenadores, archivadores metálicos. En las paredes, títulos universitarios, fotografías con políticos, una colección de objetos antiguos que Thiago no supo identificar.

—Date prisa —dijo Luna—. No sabemos cuándo puede volver.

Registraron los archivadores. Esta vez no había carpetas con nombres. Había algo peor.

Una lista.

Una larga lista de nombres, fechas, cantidades de dinero. Junto a cada nombre, un hospital. Clínicas en Suiza, en Alemania, en Estados Unidos. Y junto a cada cantidad, una palabra:

Extracción completa.

Thiago encontró el nombre de Javier.

Javier Salazar. 75.000. Extracción completa. Destino: Clínica St. Vnue, Suiza.

Sus manos temblaban.

—Esto es —dijo Luna—. Esto es lo que buscábamos.

—No —respondió Thiago, con la voz ronca—. Esto es solo una parte. Esto prueba que venden órganos. Pero no prueba quién está detrás.

—El nombre de mi padre aparece en cada página.

—¿Dónde?

Luna señaló la parte inferior de la lista. Cada página llevaba una firma. La misma firma. Ignacio Montenegro.

—Esto lo destruye —dijo ella—. Esto acaba con él.

Thiago sacó su teléfono. No había cobertura en el sótano, pero la cámara funcionaba. Fotografió página tras página. Cada nombre. Cada fecha. Cada cantidad. Cada firma.

Cuando terminó, guardó el teléfono.

—Ahora sí —dijo—. Ahora tenemos lo que necesitamos.

Pero cuando se dieron la vuelta para salir, la puerta del despacho se abrió.

Ignacio Montenegro estaba en el umbral.

No llevaba chaqueta. Las mangas de su camisa estaban arremangadas, como si acabara de trabajar en algo. Su rostro, impasible, recorrió la habitación. Vio a Luna. Vio a Thiago. Vio los archivadores abiertos.

—Hija —dijo—. Te estaba buscando.

Luna dio un paso atrás. Thiago se puso delante de ella.

—¿Qué hacéis aquí? —preguntó Ignacio. Su voz era tranquila. Demasiado tranquila.

—Lo sabes —respondió Thiago.

—¿Lo sé? —Ignacio sonrió. Una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Hijo, no tienes idea de lo que sé.

—Sé que matas gente. Que vendes sus órganos. Que mataste a mi hermano.

Ignacio lo miró. Por un instante, algo brilló en sus ojos. Curiosidad. Nada más.

—¿Y qué vas a hacer con eso? —preguntó—. ¿Contárselo a alguien? ¿A quién? ¿A la policía que me paga cada mes? ¿A los políticos que me deben favores? ¿A los padres que agradecen que alguien haya puesto orden en sus hijos descarriados?




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