Los Elegidos: ecos del cuaderno perdido

Capítulo 1 “Una calma que no alcanza”

El timbre del recreo sonó como siempre: largo, metálico, demasiado agudo.

Damián ya sabía cuántos pasos había del aula al banco bajo el árbol en el patio. Lo había contado. Lo había medido. Lo necesitaba. Porque aunque todo había cambiado, algunas rutinas seguían siendo su refugio.

Ese banco era su lugar seguro. Y ese día, más que nunca, lo necesitaba.

Tomás y Emilia, por problemas familiares y económicos, ya no iban a la misma escuela que él. Sus horarios no coincidían. Y aunque se veían cada tarde, cada uno tenía su propia vida, con sus propios ritmos. En el colegio, Damián seguía siendo “el raro”. Aunque menos que antes.

Desde la batalla con Severo, algo en él se había aquietado. Sus pensamientos ya no eran un torbellino constante. Su cuerpo, antes tenso y a la defensiva, ahora parecía respirar un poco más profundo. Sentía más control. Más equilibrio.

Pero no paz.

Sentado en el banco, con el cuaderno en la mochila, Damián miraba a los chicos correr y gritar, jugar, empujarse, reír. Él observaba. Como siempre.

Hasta que la mochila vibró.

No por un celular. No por un mensaje. Era… el cuaderno.

Lo sintió, como una pulsación leve, una energía silenciosa. Abrió el cierre con lentitud y lo vio: el cuaderno estaba apenas iluminado por dentro. No brillaba, pero parecía vivo.

Sacó el cuaderno. Lo apoyó sobre las rodillas. La tapa se abrió sola.

Había una nueva frase, escrita en la misma letra que las anteriores. Su letra.

“No se lo digas a nadie. Aún no.”

Damián tragó saliva.

Cerró el cuaderno despacio. Miró a su alrededor. Nadie lo había visto.

Pero algo se había movido en su interior. Algo sutil, pero irreversible.

**

Esa noche, cuando se reunió con Tomás y Emilia en la casa de ella, no mencionó nada.

Hablaban de cosas normales. Una película nueva. Lo mal que cocinaba Tomás. Una prueba de historia. Risas. Miradas cómplices. La cercanía de tres que han sobrevivido al fuego.

Y sin embargo, mientras Emilia servía jugo y Tomás hacía un chiste sobre su “don culinario mortal”, Damián miró el cuaderno guardado en su mochila.

Sabía que ya no había marcha atrás.

El eco del futuro había comenzado a hablar.

Y no iba a callarse.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.