Los Elegidos: ecos del cuaderno perdido

Capítulo 2 “Miradas que presienten”

—¿Estás bien?

Damián levantó la vista desde su jugo sin responder enseguida. Emilia lo miraba con esa expresión suya tan característica: entre dulce y firme, como si pudiera sostener a alguien con la mirada. Tomás dejó de reír por un segundo.

—Sí —respondió Damián, bajito—. Estoy… cansado, eso es todo.

Tomás y Emilia intercambiaron una mirada. No era la primera vez que escuchaban esa excusa. Pero algo en el tono de Damián era distinto. Más tenso. Más… lejos.

—No te estás alejando otra vez, ¿no? —preguntó Tomás, con esa mezcla de preocupación y torpeza que solo él sabía usar.

Damián negó con la cabeza. Rápido. Casi demasiado rápido.

—No. En serio. Está todo bien.

Silencio. Emilia giró la cuchara en su taza de té sin decir nada más. No iba a presionar. Todavía no.

**

Al día siguiente, Emilia fue la primera en llegar al lugar donde solían entrenar. Era un viejo galpón, semioculto entre árboles, que alguna vez había sido un taller mecánico. Desde que todo terminó, lo habían transformado en su refugio.

Tomás llegó cinco minutos después, con una mochila al hombro y un termo con mate.

—¿Y Damián?

—No contestó el mensaje.

Tomás suspiró. Se sentó en el borde de un banco de trabajo, abrió el termo y empezó a cebar.

—Está raro. Desde hace unos días. Lo noto callado, como… atrapado en algo.

Emilia se cruzó de brazos.

—Yo también lo siento. Y lo peor es que no sé si es algo externo, como una amenaza… o algo que lleva adentro.

—Con Damián nunca sabés.

El mate humeaba entre ellos. No era la primera vez que Damián se replegaba sobre sí mismo. Pero esta vez era diferente. Había una tensión nueva. Como si supiera algo que ellos no.

—¿Y si el cuaderno volvió a activarse? —sugirió Emilia, en voz baja.

Tomás la miró.

—¿Y por qué no nos diría nada?

Ella no respondió. Pero ambos sabían la respuesta.

Damián aún tenía miedo de ser una carga. A pesar de todo lo vivido. A pesar de todo lo que habían superado juntos.

**

Esa noche, Emilia se quedó mirando la ventana de su cuarto durante horas.

No por miedo.

Sino por la certeza de que algo venía en camino.

Y de que, esta vez, su amigo más cercano estaba decidiendo enfrentarlo solo.




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