—Damián, ¿me escuchaste?
El profesor de lengua lo miraba desde el frente del aula. Damián tardó unos segundos en reaccionar. Sentía las palabras como si vinieran de un lugar lejano, arrastradas por el eco de lo que acababa de leer en el cuaderno durante el recreo.
—Perdón —dijo al fin—. ¿Qué preguntó?
Algunas risas. Murmullos. El profesor no insistió. Solo asintió con cansancio y siguió la clase.
Damián bajó la mirada. En su cuaderno de clase había anotado una sola palabra antes de desconectarse por completo: “Silencio”. No sabía si lo había escrito como título o como descripción de lo que sentía.
**
La hora del almuerzo lo encontró solo, como otras veces. Pero esta vez no era por elección.
El cuaderno estaba con él. No podía dejarlo en casa. Lo sentía vibrar en la mochila. Y aunque no lo abría, sabía que había algo nuevo adentro. Lo sabía como se sabe que uno tiene fiebre, aun sin termómetro. Algo lo quemaba por dentro.
Mientras comía una empanada tibia en la sombra del patio, un compañero se le acercó con cautela.
—Che, ¿vos sabés algo de lo que pasó en la casa abandonada del barrio norte?
Damián parpadeó.
—¿Qué cosa?
—Dicen que explotaron unos vidrios sin explicación. Que una chica vio una figura hecha de humo adentro. Una señora se desmayó. Re locos.
Damián tragó saliva. Había leído sobre eso… en el cuaderno. Esa misma mañana.
“El eco del humo. Comienza en el barrio norte.”
Su cuerpo se tensó. Su respiración se volvió irregular. Pero sonrió. O algo parecido a eso.
—No, no sé nada.
El compañero se encogió de hombros y se fue. Damián lo observó alejarse con el estómago hecho un nudo.
**
Esa noche no quiso ver a Tomás ni a Emilia. Fingió estar enfermo. Se encerró en su cuarto, se tapó con la frazada hasta el cuello… y finalmente abrió el cuaderno.
Una página nueva. Un mensaje simple.
“Fingir calma no la crea.”
Las palabras parecían moverse apenas, como si tuvieran vida.
Como si el cuaderno supiera que le dolían.
Como si esa tinta supiera demasiado.
Damián cerró los ojos.
Sabía que no podía seguir ocultándolo por mucho más tiempo.
Pero tampoco sabía cómo decirlo sin que todo cambiara.
Y lo peor era que sentía, muy dentro suyo, que lo peor aún no había empezado.
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Editado: 23.08.2026