Todo comenzó con una mancha.
Damián despertó a las tres de la madrugada, bañado en un sudor frío. Su corazón latía desbocado, como si hubiese corrido una maratón en sueños. Pero no recordaba nada.
Se sentó en la cama. El cuaderno estaba sobre el escritorio, donde lo había dejado la noche anterior. Pero algo no estaba bien.
La tapa estaba húmeda.
Y no con agua.
Caminó descalzo hasta el escritorio. Lo tocó. Era tinta. Tinta azul, espesa, caliente. Como si el cuaderno hubiese sangrado.
Lo abrió, con las manos temblorosas.
La página central palpitaba. Literalmente. Como un corazón.
Cada latido hacía que la tinta dibujara algo distinto: primero una ciudad, luego una grieta, luego una figura en sombra con ojos vacíos. Las imágenes no eran estáticas. Cambiaban. Como si fueran recuerdos… que aún no habían ocurrido.
Damián quiso cerrarlo. Pero no pudo.
El cuaderno lo mantenía sujeto, como si lo tuviera atrapado desde adentro.
Entonces, escuchó una voz.
No era externa. Era la suya.
Pero distorsionada. Más grave. Más cansada. Más… rota.
—Todavía tenés tiempo. Pero cada noche que pasa… lo perdemos más. A todos.
El cuaderno tembló. La tinta comenzó a evaporarse, dejando una sola frase en letras gruesas, como talladas a fuego:
“Umbra despierta. La grieta se abre.”
Y luego, silencio.
El cuaderno se cerró por sí solo. Como si hubiese dicho todo lo que necesitaba decir… por ahora.
**
Al día siguiente, Damián no fue al colegio. Fingió fiebre, pero su madre no insistió demasiado. Él pasó el día encerrado, con la luz apagada, observando el cuaderno desde la cama.
No se atrevía a tocarlo.
No quería volver a escucharse a sí mismo… decir esas palabras.
No quería imaginar qué era Umbra, ni por qué la grieta tenía algo que ver con ellos.
Pero muy dentro suyo, ya sabía una cosa:
Esto ya no era solo un mensaje.
Era una advertencia.
Y estaba dirigida a él.
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Editado: 23.08.2026