Los Elegidos: ecos del cuaderno perdido

Capítulo 5 “Lo que no podía seguir oculto”

—Ya no contesta ni los mensajes —dijo Emilia, cruzada de brazos frente al portón.

—Ni siquiera dejó de clavarme el visto. Directamente no los abre —agregó Tomás, mientras tocaba timbre por tercera vez.

Era sábado por la tarde. La casa de los López parecía dormida. Ventanas cerradas, persianas bajas, silencio total. Tomás golpeó más fuerte esta vez. Nada.

—¿Y si le pasó algo?

—¿Y si solo está encerrado en su cuarto como cuando se siente atrapado?

Emilia miró a Tomás. Sus dudas eran distintas. No creía que Damián estuviera en peligro físico. Sabía leer sus ausencias. Lo conocía desde hacía más tiempo del que él mismo era consciente. El problema no era lo que le había pasado. Era lo que estaba evitando decir.

Finalmente, una figura apareció detrás de la puerta. El padre de Damián. Les abrió con una sonrisa forzada.

—Está en su habitación. Algo decaído. Si quieren pasar…

Ni Tomás ni Emilia dudaron. Subieron las escaleras de dos en dos, cruzaron el pasillo y golpearon la puerta del cuarto.

Nada.

—Damián —llamó Emilia—. Sabemos que estás ahí.

Silencio.

—Si no abrís, voy a entrar igual —dijo Tomás, ya empujando la manija.

Del otro lado, se oyó un suspiro. La puerta se abrió lentamente. Damián estaba descalzo, con los ojos rojos y una expresión que no sabían si era de miedo o de agotamiento.

—Pasen.

**

El cuarto estaba en penumbras. En el escritorio, el cuaderno descansaba, cerrado, como si nunca hubiese hecho nada extraño.

—¿Qué está pasando, Damián? —preguntó Emilia, sin rodeos.

Damián se sentó al borde de la cama. Tomás se apoyó contra el armario.

Hubo un largo silencio. Hasta que él habló.

—El cuaderno volvió a escribirse solo.

No hubo sorpresa. Solo confirmación.

—¿Qué dice?

Damián respiró hondo. Sus ojos bajaron hacia el cuaderno.

—Me habla… con mi letra. Me muestra cosas que no pasaron. Pero parecen reales. Hay mensajes… como si vinieran de mí… desde un futuro donde todo salió mal.

Tomás apretó los puños. Emilia se acercó y se sentó a su lado.

—¿Por qué no nos lo dijiste antes?

—Porque no sé qué significa. Porque me da miedo tener razón. Porque siento que esto es solo el principio… y no quiero arrastrarlos si todo se va al carajo.

Emilia tomó su mano. La sostuvo.

—Ya estamos con vos, Damián. No hace falta que nos arrastres. Vamos juntos.

Tomás se acercó, y por un instante, los tres volvieron a ser eso que la llama azul había unido: una sola voluntad, un solo lazo.

**

Damián estiró el brazo. Tomó el cuaderno. Lo abrió.

La página estaba en blanco.

Hasta que las letras aparecieron.

“Ahora sí. Todos juntos. El camino comienza de nuevo.”

Emilia lo leyó en voz alta. Tomás miró a ambos.

—¿Qué camino?

Damián cerró el cuaderno. Lo sostuvo con firmeza.

—Uno que empieza con una palabra.

—¿Cuál?

Él los miró. Y dijo:

—Umbra.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.