El primer temblor fue tan leve que pasó desapercibido.
Fue a las 9:17 de la mañana, en el centro de la ciudad. Una vibración sutil, como si el suelo contuviera un suspiro demasiado largo. Luego, las luces de varios semáforos parpadearon al unísono, antes de apagarse por completo. Y las palomas de la plaza volaron todas al mismo tiempo, como si algo invisible hubiese cruzado el aire.
Pero nadie supo explicarlo.
Hasta que, media hora después, comenzó el caos.
**
Damián sintió la presión en el pecho antes de que sonara el primer grito. Estaba con Emilia y Tomás, reunidos frente al galpón, cuando una oleada de energía densa los alcanzó como un golpe de viento desde el sur.
—¿Lo sintieron? —preguntó Tomás, mirando al cielo.
Emilia ya estaba sacando el cuaderno de la mochila. Pero antes de que pudiera abrirlo, un sonido hueco —como un estallido contenido dentro de una caverna— los sacudió.
—¡Es en el centro! —gritó Damián, y echó a correr.
**
Las calles eran un nudo de autos detenidos y personas gritando. El caos era palpable, pero aún no sabían de qué huían. Hasta que lo vieron.
En el medio de la avenida, levitando apenas unos centímetros sobre el asfalto, había un adolescente. Catorce años, a lo sumo. Descalzo. Con el pelo parado en todas direcciones como si un campo eléctrico lo atravesara. Sus ojos brillaban con un resplandor azul tan intenso que lastimaba la vista.
A su alrededor, los carteles se doblaban. Los autos se encendían y apagaban solos. Vidrios estallaban sin tocarse.
—¡Es un Fragmentado! —exclamó Emilia.
—Y está fuera de control —añadió Tomás, corriendo hacia él sin dudar.
El chico gritó, y una onda expansiva empujó a todos hacia atrás. Damián fue el único que no cayó. Sus ojos brillaban también. Su respiración era estable. Dio un paso al frente.
—¡Mi nombre es Damián! —gritó—. ¡Te entiendo! ¡No estás solo!
El chico se volvió hacia él. Por un segundo, sus ojos dejaron de brillar. Vaciló.
Entonces Damián levantó una mano… y extendió el campo.
La energía del adolescente chocó contra el escudo invisible y se disipó. Como humo atrapado en una campana de cristal.
Emilia se acercó y posó una mano en el hombro del joven. Él cayó de rodillas. Lloraba.
—¿Cómo… cómo se detiene esto? —balbuceó—. Todo está… rompiéndose.
Damián se agachó frente a él. Su voz fue baja, firme.
—¿Quién sos? ¿Cuándo despertaste?
—No lo sé. Hace días… semanas. Veo cosas. Siento grietas. Voces desde las paredes. Y un nombre… que no me puedo sacar de la cabeza.
—¿Qué nombre?
El chico lo miró.
Y dijo:
—Umbra.
**
Mientras lo ayudaban a incorporarse, Emilia abrió el cuaderno. Una nueva frase se había escrito sola, aunque nadie lo había tocado:
“Ya no son los únicos.”
**
En lo alto de un edificio cercano, una figura con una bufanda negra observaba en silencio.
Tenía una libreta similar en la mano.
Y una sonrisa torcida en el rostro.
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Editado: 23.08.2026