Los Elegidos: ecos del cuaderno perdido

Capítulo 8 “Despertares sin control”

La biblioteca municipal siempre había sido silenciosa.

Pero esa mañana, ese silencio pesaba distinto.

Como si cada estantería ocultara secretos a punto de derramarse.

—La mayoría de los registros están dispersos —dijo Emilia, hojeando los informes escolares, fichas de atención psicológica y recortes de diarios locales—. Pero si conectamos los patrones, hay al menos cuatro casos como el del chico del centro en los últimos dos meses.

—¿Qué tipo de patrones? —preguntó Tomás.

—Desórdenes de comportamiento súbito, fenómenos eléctricos inexplicables, colapsos nerviosos, episodios de visión compartida. Uno incluso escribió la palabra “Umbra” en las paredes de su habitación con pintura azul… días antes de desaparecer.

Damián se apartó del cuaderno que había estado hojeando. Sentía la vibración. Una pulsación sorda, intermitente. El cuaderno aún no se escribía, pero sabía que algo se avecinaba.

—No es coincidencia —dijo—. Y si lo de hoy fue un aviso… los demás podrían estar cerca del límite.

**

Decidieron dividirse.

Emilia iría a buscar a la familia del chico desaparecido; Tomás hablaría con un profesor que mencionaba haber visto un aura alrededor de una alumna; Damián seguiría los rastros psíquicos que sentía, esas pequeñas ondas que el cuaderno parecía amplificar.

A media tarde, se reunieron en el galpón. Emilia traía una carpeta con fotos. Tomás un testimonio grabado en su celular. Damián, una página nueva escrita en el cuaderno.

—Escuchen esto —dijo, y leyó en voz alta:

“No todos los Fragmentados despiertan con guía.

Algunos nacen de la fisura.

Otros son absorbidos por ella.”

—¿Qué significa eso? —preguntó Tomás, inquieto.

—Que no todos los que despiertan están destinados a luchar con nosotros —murmuró Emilia—. Algunos pueden ser… parte de lo que está viniendo.

Damián asintió, con la mirada fija en una palabra que brillaba tenue en la esquina inferior de la página.

“Convocación.”

**

Esa noche, en tres puntos distintos de la ciudad, luces se apagaron al mismo tiempo.

Puertas se cerraron solas.

Y tres adolescentes, cada uno en soledad, gritaron el mismo nombre en sueños:

—Umbra…

Mientras en lo alto del cielo, donde antes no había nada,

Un pequeño resquicio oscuro comenzó a parpadear.

Como si el mundo estuviera esperando su señal.




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