Su nombre era Mara Díaz.
Dieciséis años. Alumna destacada en Ciencias, expediente limpio, pero algo había cambiado.
Desde hace semanas, se ausentaba de clases sin justificación. Su madre, enfermera, había comenzado a faltar al trabajo también. Los vecinos hablaban de gritos durante la noche y vidrios rotos sin explicación. Emilia fue quien encontró el hilo que los condujo hasta ella.
—Una amiga suya publicó una historia con una frase rara —dijo Emilia, mostrando su celular. En la pantalla, una imagen de una pared pintada con spray azul:
“Si la sombra soy yo… ¿qué queda de mí?”
Damián sintió cómo el cuaderno vibraba en su mochila.
—Esa es una señal.
**
La dirección era un edificio antiguo, de balcones descascarados. Tuvieron que insistir tres veces antes de que alguien respondiera al portero eléctrico. Una voz nerviosa, entrecortada, les dijo que Mara no estaba. Pero Emilia notó algo.
—¿Podemos hablar con su mamá?
—No… está descansando —respondió la voz, bajísima, apenas audible—. Por favor, váyanse.
Y luego, un clic.
Damián dio un paso atrás.
—No es miedo —dijo, cerrando los ojos—. Es otra cosa… es como si alguien… o algo… estuviera mirando desde dentro de ella.
—¿Está poseída? —preguntó Tomás, medio en broma.
Pero nadie se rió.
**
Esa noche, volvieron. Escalaron por la escalera de incendios hasta el segundo piso. No fue difícil: la ciudad entera parecía dormida más de lo normal.
La ventana del cuarto de Mara estaba abierta. Damián fue el primero en entrar.
La habitación estaba completamente cubierta de espejos. En las paredes, el techo, el piso… algunos rotos, otros cubiertos con telas. Y en el centro, de pie y con los ojos cerrados, Mara.
—No… quiero… verlos —dijo ella, sin abrir los ojos—. Si los miro… algo despierta.
Damián se acercó con cautela.
—No vinimos a obligarte a nada. Vinimos a ayudarte.
Mara abrió los ojos. Eran completamente negros. Pero no vacíos. Reflejaban algo detrás de ellos… como una grieta.
—Ya estoy despierta. Y escucho a la grieta hablarme. Me dice que ustedes… mienten.
Emilia dio un paso adelante.
—¿Qué te dice exactamente?
—Que quieren contenernos. Que temen nuestro poder. Que cuando la sombra se vuelva carne, los primeros caerán.
Mara alzó una mano, y un espejo estalló detrás de ellos. Tomás protegió a Damián con el brazo. Una energía oscura se arremolinó alrededor de Mara, como si su reflejo tratara de escapar del cuerpo.
Pero Damián lo sintió.
Esa oscuridad… no venía de ella.
Venía de fuera. Desde el otro lado de la fisura.
—¡Está poseída por la grieta! —gritó.
Tomás se lanzó hacia ella con rapidez. Emilia canalizó su energía en una onda curativa, pero la sombra se resistía. Finalmente, Damián alzó el cuaderno, que comenzó a brillar con intensidad. Una palabra apareció en su tapa:
“Reversión.”
La pronunció en voz alta.
Y el cuarto se llenó de luz.
Cuando terminó, Mara cayó al suelo, temblando. Su mirada había vuelto a la normalidad. Lloraba.
—¿Qué… qué me estaba pasando?
Emilia la abrazó. Tomás cerró la ventana. Damián guardó el cuaderno.
**
Esa noche, de vuelta en el galpón, los tres se sentaron en silencio.
—No todos los Fragmentados quieren ser salvados —dijo Tomás.
—Pero algunos lo necesitan —agregó Emilia.
Damián miró el cuaderno. Otra frase nueva acababa de aparecer:
“Por cada uno que recupere su reflejo, Umbra pierde fuerza.”
**
Y, muy lejos de allí, en un lugar donde la luz no llega,
Una figura encapuchada observaba una pared cubierta de espejos.
En cada uno, un rostro diferente.
Y uno de ellos… era Damián.
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Editado: 23.08.2026