Era poco más de medianoche cuando el mensaje llegó al cuaderno de Damián:
“Grieta activa. Coordenadas: 32°53’04”S 60°42’09”O. Tiempo estimado de apertura total: 3 horas.”
—Cementerio viejo —murmuró Emilia, marcando el punto en el mapa—. Justo donde Abril sintió la distorsión.
Tomás apretó los puños.
—Entonces no es solo una grieta pasiva. Se está abriendo.
—Y si se abre del todo… —completó Damián— Umbra podría filtrarse físicamente en nuestra realidad.
**
El grupo no dudó.
Esa misma noche, se reunieron en las cercanías del cementerio: Damián, Emilia, Tomás, Mara, Lautaro y Abril. Cada uno había comenzado a dominar su don, aunque seguían descubriendo sus límites. Lo que no sabían era que esta vez, el enemigo no tendría forma humana… ni siquiera física.
Cruzaron el portón oxidado y avanzaron entre lápidas torcidas y árboles cuyas raíces parecían buscar algo más que agua.
—¿Lo sienten? —preguntó Abril—. La tristeza… no es humana. Es como una niebla que piensa.
Damián asintió. El cuaderno vibraba débilmente en su mochila.
—Está justo debajo de nosotros.
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La grieta se manifestaba como un pozo seco en el suelo. Tenía apenas dos metros de ancho, pero una profundidad que parecía no tener fin. Alrededor del borde, el aire se ondulaba como si el calor saliera de la nada. Y desde lo más profundo, se oían susurros en un idioma que ninguno reconocía… pero todos entendían.
—Nos llama por nuestros nombres —susurró Mara, con el rostro pálido.
—Es la grieta probándonos —dijo Tomás, adelantándose—. ¡Vamos a cerrarla!
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El procedimiento era arriesgado. El cuaderno solo les había dado instrucciones vagas:
“Unir los ecos.
Sellar con fuego.
Anclar con verdad.”
Los Fragmentados formaron un círculo. Emilia se concentró, liberando una onda de sanación para mantener el equilibrio. Lautaro ajustó su frecuencia mental para interceptar la vibración de la grieta. Abril levantó las manos, buscando el “color emocional” correcto para neutralizarla.
Damián se arrodilló frente al cuaderno.
—Danos la palabra —susurró.
Y la página brilló:
“Aequor.”
—¡Es ahora!
Los seis gritaron la palabra a la vez. Un haz de luz azul emergió del centro del círculo y descendió al pozo. Al impactar con el núcleo de la grieta, una explosión de energía oscura ascendió como humo… que comenzó a retorcerse y replegarse. Chillaba. Como si Umbra sintiera dolor.
Pero no se rendía.
La grieta respondió con una sacudida. Mara cayó de espaldas. Emilia se aferró a Tomás. Abril gritó.
Fue entonces cuando Damián dio un paso hacia el borde.
Y saltó.
—¡Damián!
Pero no cayó. Su cuerpo quedó suspendido, flotando sobre el abismo, rodeado de energía. Y desde allí, pronunció una segunda palabra que el cuaderno no había escrito.
Una que nadie más conocía:
“Yo.”
La grieta chilló… y se cerró.
**
Damián cayó de rodillas. Respiraba agitadamente.
—¿Qué fue eso? —preguntó Mara, atónita.
—No lo sé —dijo él—. Pero creo que… Umbra nos está escuchando más de lo que creemos. Y ahora sabe que sabemos responderle.
**
Esa noche, en el cuaderno apareció una frase más:
“Una cerrada.
Seis por venir.”
Y muy lejos, en la otra orilla del mundo, una figura de ojos negros abrió los suyos… por primera vez.
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Editado: 23.08.2026