El lugar al que Selar llevó a Tomás no era un refugio, ni una base secreta.
Era un bosque antiguo.
Silencioso.
El tipo de bosque donde los pensamientos no podían esconderse detrás del ruido.
—¿Por qué acá? —preguntó Tomás.
—Porque este lugar no miente —dijo Selar, quitándose la capa—. Aquí todo lo que llevás dentro… se oye.
**
El primer día fue solo silencio.
El segundo, entrenamiento físico.
El tercero, Selar lo miró fijo y dijo:
—Te vi antes de que te rompieras.
Te vi incluso antes de que supieras lo que eras.
Tomás se tensó.
—No estoy roto.
—¿No? —Selar lanzó una piedra al lago—. ¿Entonces por qué tus recuerdos no son todos tuyos?
Tomás se congeló.
—¿Cómo sabés eso?
—Porque yo también los tengo. Porque en cada Fragmentado fuerte, hay otra versión que no fue. Y a veces, la que no fue… grita más fuerte que la real.
**
Esa noche, junto al fuego, Selar habló del pasado.
—Antes, los Fragmentados éramos soldados. Algunos no lo sabían, pero lo eran. Las grietas eran guerras, no heridas.
Y vos, Tomás… en otra vida, también fuiste un líder. Pero tomaste decisiones que te rompieron.
Y ahora… llevás eso encima, sin saberlo.
Tomás bajó la mirada.
Las voces, las dudas, los impulsos violentos… no eran nuevos.
Solo que ahora sabían su nombre.
—¿Y qué querés de mí? —preguntó.
—Que entiendas que no sos solo un escudo.
Sos un eco de muchos.
Y que podés elegir: ser el que obedece, o ser el que rompe el ciclo.
**
Al cuarto día, Selar lo llevó a una grieta oculta en la piedra.
No era una grieta física. Era una grieta de esencia.
—Entrá —le dijo—. Y hablá con tus otros “yo”.
Ellos tienen algo que mostrarte.
**
Tomás entró.
Y vio.
Una versión suya empuñando una lanza, cubierto de cicatrices, gritando en un campo de batalla.
Otra, solo, en una cueva, temblando por no haber salvado a nadie.
Otra más, de rodillas, rompiendo su propia espada por haber seguido órdenes que no comprendía.
Y en medio de todos… uno que lo miraba directo.
Él mismo, pero con los ojos llenos de paz.
—¿Quién sos? —preguntó.
—El que decidió perdonarse.
Tomás lloró por dentro. Porque ese “él”… no le exigía nada.
Solo le extendía la mano.
**
Cuando salió, Selar lo estaba esperando.
—¿Y ahora?
—Ahora sé que no necesito proteger a todos —dijo Tomás—. Solo estar donde tengo que estar.
Y que mi poder… no viene del enojo.
Selar asintió.
—Entonces estás listo.
—¿Listo para qué?
Selar lo miró. Y, por primera vez, sonrió.
—Para volver. Si es lo que querés.
Tomás lo miró largo rato.
Y por primera vez desde que se fue…
No sintió rabia.
Solo claridad.
—
Muy lejos, el cuaderno de Damián se activó.
Ø “El fragmento recuerda.
Pero no como antes.
Esta vez… recuerda para elegir.”
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Editado: 27.08.2026