La misión había comenzado como tantas otras: detectar y sellar una grieta que se había abierto en los pasillos subterráneos de una antigua central hidroeléctrica abandonada.
Pero esta no era una grieta común.
—Está viva —dijo Lía mientras se acercaban—. Siente miedo. Hambre. Y se está moviendo.
—¿Cómo se supone que sellamos algo que se desplaza? —preguntó Emilia mientras el sudor le corría por la frente.
Damián no respondió.
El cuaderno no decía nada.
Y algo dentro de él palpitaba con desconfianza.
**
No tardaron en verse rodeados.
Sombras líquidas salían de las paredes.
El concreto se ondulaba.
Las luces explotaban en secuencias.
—¡Nos encerró! —gritó un Fragmentado nuevo—. ¡No tenemos salida!
—¡Formación de defensa! —ordenó Emilia, pero su voz tembló un segundo.
Y Damián lo notó.
Faltaba él.
El ancla.
El muro.
**
El ataque comenzó.
Damián intentaba mantener un campo de fuerza, pero las sombras mutaban con cada segundo.
Emilia defendía a los más jóvenes, canalizando su energía en ráfagas curativas que la dejaban sin aliento.
El techo crujió.
La grieta rugió.
Un Fragmentado cayó.
Y justo cuando todo parecía romperse…
…la pared explotó hacia adentro.
—¿Alguien pidió un portazo? —dijo una voz entre el humo.
**
Tomás apareció envuelto en energía.
No enardecido.
No furioso.
En calma.
Como si todo su cuerpo supiera exactamente qué hacer.
Golpeó una sombra en el aire con una fuerza precisa.
Levantó a un Fragmentado caído con suavidad.
Le guiñó un ojo a Emilia mientras absorbía parte del veneno con un toque de su mano.
Y se paró junto a Damián como si nunca se hubiera ido.
—¿Te tardaste a propósito o venías caminando desde otro plano? —le dijo Damián, apenas sonriendo.
Tomás solo dijo:
—Estoy donde tengo que estar.
**
Cuando sellaron la grieta entre los tres, con una sincronía que no necesitó palabras, supieron que el círculo se había cerrado.
Ya afuera, mientras otros se encargaban de los heridos y la contención, Emilia se le acercó.
—Ey, grandote.
Tomás la miró.
¡PUM!
Trompada directa al brazo.
—¡Eso es por gritarme!
—¡Auch! —dijo él, sobándose con una mueca exagerada—. Me lo merezco.
—Y otra si volvés a hacerlo.
—Prometo que no. —Y bajó la cabeza—. Perdón, Emilia. De verdad.
Ella lo miró un segundo más. Luego sonrió.
—Bienvenido a casa.
**
Damián los observó.
Con el cuaderno cerrado por primera vez en horas.
Y con algo nuevo en la voz.
—Estamos completos.
Los tres se miraron.
Y como si el mundo respirara más claro, supieron que el trío había vuelto.
Justo a tiempo.
Porque el fuego azul en el cielo… había comenzado a agrietarse.
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Editado: 27.08.2026