Al llegar a la escuela, el mundo volvió a ser el mismo rompecabezas de siempre.
Pasillos largos, voces demasiado fuertes, luces frías que me pinchaban los ojos. La rutina era mi escudo. Sabía qué hacer, cómo caminar, qué no mirar. En el aula, me sentaba en el rincón de siempre. Tercer banco, junto a la ventana. Ahí podía respirar.
Los demás hablaban de cosas que no me importaban: fútbol, videojuegos, algún chisme sobre la seño de inglés. Yo solo escuchaba para saber cuándo era seguro desconectar.
La profesora de Matemática explicó algo sobre ecuaciones cuadráticas. Yo ya lo había entendido la primera vez que lo explicó. Y la segunda. Y también ahora. Pero lo que me llamó la atención fue otra cosa.
El reloj.
No era digital, era uno de esos antiguos, con agujas.
Estaba… mal.
No era que marcara mal la hora. Es que las agujas se movían como si el tiempo se estirara y encogiera. Iban lento. Luego se aceleraban. Y en un momento, por un segundo apenas, se detuvieron.
Clic.
Un sonido seco, claro, aunque nadie pareció oírlo. Fue como el cierre de una caja. O la apertura de otra.
Giré la cabeza hacia la ventana.
Una paloma me miraba fijo. Muy quieta, como si también hubiera escuchado el clic. Tenía una pluma negra en medio del pecho blanco. Extraño. Como una mancha. Como una grieta.
Y entonces sucedió algo que no pude explicar.
Sentí su emoción.
No su pensamiento. Ni una voz. No. Fue como si un hilo invisible se tendiera entre su pecho y el mío. Un impulso eléctrico. Un relámpago suave.
Era miedo. No el mío. El de ella.
Y no estaba sola.
Había… algo más allá del patio. Algo que la paloma miraba. Algo que no quería nombrarse.
—Damián, ¿querés pasar al pizarrón? —dijo la profesora.
Volví a la clase de golpe. Mis compañeros me miraban. Algunos reían. Yo solo me paré y caminé, lento, sintiendo aún ese hilo invisible latiendo en mi espalda.
Frente a la pizarra, tomé la tiza.
La ecuación estaba escrita:
2x² – 5x + 3 = 0
Y sin pensar, sin calcular, escribí la solución completa. Paso por paso, como si alguien guiara mi mano. Cuando terminé, el silencio fue más fuerte que los aplausos.
—Muy bien… —dijo la profesora, extrañada—. No sabía que podías resolverla tan rápido.
Yo tampoco lo sabía.
Hasta hoy.
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Editado: 16.01.2026