Esa noche, el silencio era distinto.
No era un silencio real. Era uno… contenido. Como si algo respirara muy despacio al otro lado de las paredes. Como si el mundo esperara a que yo cerrara los ojos para decirme lo que no podía decir despierto.
Dormí con los auriculares puestos, sin música. El ruido blanco me ayudaba a calmarme. Pero esta vez no funcionó.
Apenas me dormí, el sueño llegó como una imagen congelada.
Yo estaba en el medio de un bosque.
No había viento, ni animales, ni pasos. Solo árboles altos y delgados, como lápices de sombra.
Al fondo, una puerta.
De hierro, oxidada, encajada entre las raíces de un árbol seco.
No debería estar ahí. Pero ahí estaba.
Fui hacia ella.
Cada paso que daba, el suelo crujía como huesos bajo la tierra. El aire olía a polvo antiguo. Y cuando estuve a punto de tocar el picaporte, una voz habló desde adentro.
—No estás roto, Damián.
Me desperté de golpe.
El pecho me ardía. No por miedo. Por verdad.
Porque esa voz no era ajena. Era… mía. Una parte de mí que no sabía hablar con palabras.
—¿Tuviste una pesadilla? —preguntó Sofi desde la puerta.
No la había escuchado entrar. Estaba con su peluche en la mano, como cuando era más chiquita.
—¿Puedo quedarme un rato?
Asentí. Ella se sentó a los pies de la cama, sin hablar. Con ella no necesitaba explicarme tanto. Solo estar. A veces eso alcanzaba.
—¿Vos creés que los sueños dicen algo? —le pregunté, después de un rato.
Ella me miró raro.
—No sé… A veces me acuerdo de los míos. Pero los tuyos seguro son más interesantes. Vos ves cosas que los demás no ven, ¿no?
Me quedé pensando.
¿Era eso lo que pasaba?
¿Veía cosas que los demás no veían?
¿O simplemente sentía distinto?
Cuando Sofi se durmió en mi cama, volví a cerrar los ojos. Pero esta vez, no soñé.
Esta vez… sentí.
Un escalofrío me recorrió desde la nuca hasta los dedos. Algo se había movido dentro de la casa. No un ladrón. No un ruido físico. Algo más profundo. Como una vibración. Un cambio en el aire.
Me levanté. Caminé por el pasillo descalzo. Todo estaba en penumbra.
La lámpara del comedor parpadeaba, aunque nadie la había encendido.
Y en el espejo del pasillo…
…el símbolo.
Otra vez.
Marcado con vaho. Como si una mano invisible lo hubiera dibujado desde el otro lado del cristal.
Un círculo. Un triángulo. Las tres líneas cruzando.
Me acerqué. El símbolo desapareció.
Pero el frío… no.
Porque esa noche entendí algo que no podía explicar.
Algo que se sentía como un recuerdo que no era mío.
Algo me estaba buscando.
Y no estaba solo.
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Editado: 16.01.2026