.
A la mañana siguiente, todo parecía normal. Esa clase de “normalidad” frágil que uno teme tocar, como si fuera de vidrio.
Mamá preparaba el desayuno. Sofi miraba dibujitos en la tele. Papá ya se había ido al trabajo.
Pero algo en el aire estaba distinto. No era un olor. Era… la tensión.
—Dormiste mal —dijo mamá, sin mirarme.
No era una pregunta. Era una afirmación. Una especie de radar invisible que las madres tienen, aunque no siempre acierten.
—Sí —respondí, bajito.
Ella se quedó en silencio un segundo más de lo necesario. Después dejó la taza sobre la mesa con un leve golpe.
—Damián… yo sé que todo esto es difícil para vos. Que a veces te cuesta… adaptarte. Pero necesitás intentar. Hacer un esfuerzo.
La palabra esfuerzo me atravesó como una aguja.
Siempre era yo el que debía hacer el esfuerzo.
Nunca el mundo.
Me tragué las palabras. No por miedo, sino porque ya las había dicho tantas veces en mi cabeza que se habían gastado.
Entonces pasó algo curioso.
Miré sus manos. Estaban quietas, pero sentí un temblor.
No físico. Interno. Como si algo dentro de ella vibrara con angustia.
Y sin quererlo, supe lo que iba a decir antes de que lo dijera.
—Anoche… te escuché hablar dormido —dijo.
Levanté la vista.
—¿Qué decía?
Ella bajó la mirada. Se frotó las manos como si quisiera sacarse un polvo invisible.
—No sé. No entendí. Eran palabras raras. Como otro idioma. Te sentías… lejos.
Lejos.
Esa palabra sí la entendí.
No supe qué contestar. Solo me quedé ahí, con la cuchara en el aire, sintiendo que algo dentro mío se había despegado del suelo. Como si mi cuerpo fuera un globo apenas atado al mundo.
Después del desayuno, Sofi me tomó del brazo antes de irse a la escuela.
Me miró a los ojos como pocas veces lo hacía.
—Yo te creo, ¿sabés?
—¿Creés qué?
—Lo que sea que te esté pasando. Yo te creo.
Fue la primera vez en días que sentí algo parecido a calma.
Y esa calma… me permitió notar algo más.
Cuando Sofi me tocó el brazo, una imagen cruzó mi mente, fugaz como un destello:
ella caminando sola por una calle vacía, una sombra siguiéndola desde lejos.
No era un recuerdo. No era imaginación. Era… una advertencia.
Una visión.
Y aunque duró menos de un segundo, algo dentro de mí se tensó como un hilo de cobre.
Porque por primera vez, lo que sentía no era solo mío.
Y eso significaba que el cambio… ya había empezado.
#662 en Fantasía
#118 en Magia
magia aventuras accion viajes fantacia, autismo amor familia amistad, fantasía épica mágica
Editado: 16.01.2026