En la escuela, el ruido era peor que nunca.
No el de las mochilas cayendo o las carpetas abriéndose. Era el otro ruido. Ese que nadie más escuchaba. El de los pensamientos flotando sin permiso, las emociones mal escondidas, los secretos pequeños que se escapan como vapor entre las palabras.
Damián intentaba ignorarlo, como siempre.
Pero algo había cambiado.
Era como si los bordes del mundo ya no fueran tan firmes. Como si todo se hubiera aflojado apenas, y los pensamientos de los demás se filtraran por las grietas. No como frases, sino como impulsos. Como colores. Como olores sin forma.
Durante la clase de Biología, lo sintió con claridad.
Una compañera —Lucía, la que siempre se sentaba al medio y masticaba el lápiz— tenía la mirada fija en el libro. Pero su mente era un torbellino. Damián no la escuchó exactamente, pero supo lo que sentía: miedo. Culpa. Una pelea esa mañana con su madre. Una frase dicha con rabia. Una que no podía borrar.
Y luego vino Tomás.
Tomás era distinto.
Alto, molesto, siempre con la risa lista para burlarse de cualquiera que pareciera más frágil.
Ese día, Tomás se sentó cerca. Demasiado cerca.
—¿Qué te pasa a vos últimamente? —le dijo, sin bajar la voz—. ¿Te tomaste algo raro?
Damián no contestó. Pero por dentro, algo se encendió.
Una llama. Una chispa.
Por un segundo, sintió a Tomás. No solo su presencia. Sintió una presión detrás de los ojos, un nudo en el estómago que no era suyo. Inseguridad. Eso era. Detrás de toda su actitud, Tomás era un chico que no soportaba el silencio, porque en el silencio, escuchaba cosas que no quería oír de sí mismo.
Y entonces, sin pensarlo, Damián habló.
—¿Tu papá volvió a tomar?
Tomás se quedó helado.
—¿Qué dijiste?
Damián bajó la mirada, asustado de sí mismo. No entendía por qué lo había dicho. Solo… lo sabía. Como si la verdad hubiera pasado a través de él sin pedir permiso.
—Nada. Perdón —susurró, retrocediendo.
Pero ya era tarde.
Tomás lo miró como si fuera un monstruo. O algo peor: alguien que lo había visto de verdad.
Esa tarde, Damián se encerró en el baño del colegio durante el recreo. Se lavó la cara, temblando. No por miedo a Tomás. Sino porque algo dentro suyo ya no podía negarse.
No solo sentía cosas. Podía leerlas. A veces, incluso decirlas.
Pero ¿por qué?
Y más importante: ¿para qué?
En el espejo empañado por el vapor del lavamanos, volvió a ver el símbolo.
Como una huella apenas visible, detrás de su reflejo.
Un círculo. Un triángulo.
Y esta vez, una palabra dentro de su mente: Vínculo.
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Editado: 16.01.2026